CUBA
La Habana. PLC / Cuba sufrió este viernes su segundo apagón total en apenas una semana, un nuevo colapso del Sistema Electroenergético Nacional que dejó a la isla completamente a oscuras durante horas y confirmó la fragilidad extrema de una infraestructura al borde del derrumbe. Es el cuarto apagón nacional en lo que va de añoy elnoveno desde octubre de 2024, una frecuencia inédita incluso para un país acostumbrado a vivir entre cortes, velas y generadores improvisados.
La desconexión ocurrió de madrugada, cuando la UNE informó de una “pérdida súbita de generación” que provocó la caída en cadena de las líneas de transmisión. El restablecimiento comenzó por el occidente, pero avanzó con lentitud y dejó a millones de personas sin electricidad en pleno verano, con temperaturas superiores a los 34 grados y una crisis alimentaria que convierte cada apagón en una amenaza directa para la conservación de los pocos alimentos disponibles.
El patrón se repite: cada colapso llega acompañado de explicaciones técnicas vagas, promesas de recuperación y un silencio político que contrasta con la magnitud del desastre. Las termoeléctricas —algunas con más de 40 años de explotación continua— operan con averías crónicas, sin piezas de repuesto y con un déficit de combustible que paraliza unidades completas. La generación disponible rara vez supera los 1.200 MW, frente a una demanda que en verano roza los 3.000 MW. El resultado es un sistema que funciona al límite y que cae con cualquier oscilación.
El impacto social es inmediato. En La Habana, Santiago y Camagüey se registraron cacerolazos y protestas espontáneas durante la noche, mientras barrios enteros permanecían sin luz ni agua. La población vive en un estado de agotamiento permanente: los apagones destruyen alimentos, paralizan el transporte, interrumpen las comunicaciones y agravan la inseguridad. Cada nuevo colapso alimenta la sensación de que el país se desliza hacia una crisis sin control.
La UNE insiste en que trabaja para “estabilizar el sistema”, pero la secuencia de apagones nacionales revela un deterioro estructural que ya no puede ocultarse. El Gobierno apuesta por proyectos de energía renovable y acuerdos con aliados externos, pero ninguno de esos planes ofrece soluciones inmediatas para un sistema que se apaga cada vez con mayor frecuencia y que deja a Cuba, literalmente, a oscuras.
El segundo apagón total en una misma semana confirma que la crisis energética ha entrado en una fase crítica. La pregunta que se repite en la isla —y que el Gobierno evita responder— es cuánto tiempo puede seguir funcionando un país cuyo sistema eléctrico colapsa una y otra vez, sin horizonte de recuperación y con una población que ya no tiene margen para resistir más.
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