CUBA-EDUCACIÓN
Por Antonio Suárez Fonticiella – Prensa Libre Cuba
La Habana. PLC Análisis| El próximo 1 de septiembre comenzará oficialmente el curso escolar 2026-2027 en Cuba. Cerca de 1,4 millones de estudiantes regresarán a las aulas, pero lo harán en medio de una realidad que poco se parece a la imagen tradicional del inicio del año escolar: familias preocupadas, precios en ascenso, escasez de productos básicos, apagones, dificultades de transporte, falta de maestros y uniformes que no alcanzan para todos.
La primera pregunta que merece hacerse es sencilla y brutal: ¿qué significa realmente comenzar un curso escolar cuando buena parte de las familias cubanas lucha cada día por sobrevivir?
Para una familia cubana, el regreso a clases no consiste únicamente en llevar al niño a la escuela. Significa buscar zapatos, una mochila, libretas, lápices, ropa, merienda, dinero para el transporte y, sobre todo, garantizar que el niño pueda alimentarse adecuadamente durante la jornada escolar. El problema es que todos esos gastos compiten con otros mucho más elementales: arroz, frijoles, aceite, huevos, leche, medicamentos y productos indispensables para la vida cotidiana.
Por eso, para muchos padres el regreso a clases se convierte en una ecuación imposible: ¿compro el uniforme o compro comida?, ¿pago el transporte o compro los zapatos?, ¿adquiero los útiles escolares o guardo el dinero para enfrentar un apagón, el gas o cualquier otra urgencia? La educación puede ser gratuita en términos formales, pero educar a un hijo nunca ha sido completamente gratuito para una familia.
Uno de los datos más reveladores es el relacionado con los uniformes. La propia ministra de Educación reconoció que la industria apenas logró producir alrededor del 12 % de los uniformes requeridos para la enseñanza primaria, y que en secundaria la cobertura también resulta insuficiente. La respuesta oficial ha sido flexibilizar las exigencias: los estudiantes podrán asistir sin el uniforme completo y las escuelas deberán evitar que un niño deje de acudir por no disponer de las prendas reglamentarias.
La medida es necesaria y humana, pero también constituye un retrato de la situación. Lo extraordinario empieza a convertirse en normalidad. Hace unos años, discutir si habría suficientes uniformes podía parecer un problema administrativo; hoy forma parte de una crisis mucho más profunda: falta de electricidad para producir, dificultades para transportar materias primas, problemas para importar tejidos y limitaciones financieras. La crisis energética termina afectándolo todo.
Quizás uno de los problemas más serios sea menos visible que el uniforme: la falta de profesores. La cobertura docente anunciada para este curso ronda apenas el 73 %, según informó la ministra. Para cubrir las plazas restantes se recurrirá a estudiantes universitarios, jubilados y profesionales de otros sectores. En La Habana incluso se ha previsto trasladar alrededor de 3.000 profesores desde otras provincias para intentar aliviar el déficit.
Aquí conviene detenerse. Un sistema educativo no se sostiene únicamente con edificios, libros y pizarras. Se sostiene, ante todo, con maestros. Y cuando una sociedad pierde a sus profesores, no enfrenta solo un problema laboral: compromete la formación de las próximas generaciones. El maestro cubano también tiene que vivir en este país, comer, transportarse, vestirse, pagar sus necesidades y enfrentar los mismos apagones y carencias que el resto de la población. Por eso, el déficit docente no puede analizarse separado de la crisis económica general.
Otro elemento determinante será la electricidad. Las autoridades han reconocido que los horarios y modalidades de funcionamiento de las escuelas deberán adaptarse a las condiciones energéticas, de transporte y alimentación de cada territorio. Esto plantea una contradicción enorme: ¿cómo garantizar una educación moderna en un país donde las escuelas tienen que organizarse alrededor de los apagones? La electricidad no solo sirve para encender una lámpara; hace funcionar talleres, laboratorios, computadoras, sistemas de refrigeración, cocinas, bombas de agua y buena parte de la infraestructura necesaria para que una escuela funcione. Cuando falla la electricidad, también se resiente la educación.
Detrás de cada estudiante hay una familia agotada. Una madre buscando dónde comprar una libreta. Un padre intentando conseguir unos zapatos. Un abuelo que aporta lo que puede. Una familia que debe decidir qué necesidad puede esperar hasta el próximo salario. La inflación y la escasez han convertido muchas compras cotidianas en decisiones difíciles. Un artículo reciente de IPS Cuba señaló que el inicio del curso ejerce una presión adicional sobre las familias, obligadas a afrontar gastos de útiles, vestimenta y calzado en un contexto de inflación y escasez. Por eso, el problema del curso escolar no comienza en la puerta de la escuela: comienza en la cocina de cada hogar.
Hay una frase que debería acompañar cualquier análisis sobre este nuevo curso: abrir una escuela no es lo mismo que garantizar una educación de calidad. Por supuesto que es importante que los niños regresen a las aulas. Pero también importa cuántas horas podrán recibir clases, cuántos profesores estarán disponibles, qué condiciones tendrán las escuelas, qué alimentación recibirán quienes permanecen jornadas prolongadas, cómo llegarán los estudiantes a sus centros y qué recursos tendrán los maestros para enseñar. El propio Ministerio de Educación ha reconocido que las condiciones actuales tendrán efectos sobre la calidad integral de los servicios educativos y que será necesario aplicar respuestas diferentes según cada territorio.
Quizás ahí esté el verdadero desafío. En Cuba hemos aprendido a hablar de cifras: un millón de estudiantes, un porcentaje de profesores, un número de escuelas. Pero detrás de cada cifra existe una persona. Un niño que necesita aprender. Un adolescente que necesita prepararse para su futuro. Un maestro que necesita condiciones dignas para trabajar. Y una familia que necesita algo tan básico como la tranquilidad de que enviar a su hijo a la escuela no implique sacrificar otra necesidad esencial.
El nuevo curso escolar comenzará el 1 de septiembre. Pero el verdadero examen no será ese día. El verdadero examen será determinar si el país puede recuperar las condiciones que permitan que la educación vuelva a ser algo más que resistir, improvisar y adaptarse a la crisis. Porque una sociedad puede acostumbrarse a los apagones, a las colas, a la escasez, incluso a comprar cada vez menos con el mismo salario. Pero no debería acostumbrarse a que sus niños reciban cada vez menos oportunidades.
Ese es, quizás, el verdadero problema que Cuba debe mirar de frente cuando sus escuelas vuelvan a abrir las puertas.

La Habana. Periodista independiente, integrante del equipo editorial de Prensa Libre Cuba.
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