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Cuba pierde a la mitad de sus turistas y el régimen se queda sin su último argumento de estabilidad

El régimen enfrenta un dilema que no puede resolver con consignas. El turismo era una de las pocas fuentes de divisas relativamente estables. Foto © PLC

La Habana. PLC | Entre enero y mayo, Cuba recibió apenas 359.491 visitantes internacionales, menos de la mitad que el año anterior. En junio, el número fue tan bajo que muchos operadores lo comparan con los meses más duros de la pandemia. Canadá, el mercado que durante décadas sostuvo la temporada alta, redujo sus viajes a niveles que nadie imaginó. Rusia, que La Habana presentó como alternativa estratégica, también retrocedió. Incluso los cubanos residentes en el exterior, que suelen viajar por razones familiares, han disminuido sus visitas. El turismo se ha convertido en una sombra de lo que fue.

El impacto social es inmediato. Miles de trabajadores han perdido empleo o han sido reubicados en funciones que pagan menos y exigen más. En Varadero, Trinidad, Guardalavaca y Cayo Coco, empleados denuncian semanas sin asignaciones, hoteles que operan con una fracción de su personal y salarios que ya no alcanzan para cubrir necesidades básicas. El turismo no es solo una industria: es una red de vida que sostiene a familias, negocios informales, transportistas, artesanos y comunidades enteras. Cuando el flujo de visitantes se detiene, todo el ecosistema se resiente.

El régimen enfrenta un dilema que no puede resolver con consignas. El turismo era una de las pocas fuentes de divisas relativamente estables. Sin él, la economía pierde oxígeno. Las importaciones se reducen, la inflación se acelera y la escasez se profundiza. La caída del turismo no es un fenómeno aislado: es el síntoma más visible de un país que se queda sin herramientas para sostener su modelo económico. La Habana insiste en que nuevas alianzas y proyectos hoteleros permitirán recuperar el sector, pero la realidad contradice el discurso. No hay combustible, no hay conectividad, no hay estabilidad y no hay confianza internacional.

Lo que ocurre en el turismo revela algo más amplio: Cuba está entrando en una fase donde las viejas fórmulas ya no funcionan. La Isla apostó a un modelo que dependía de visitantes extranjeros, pero no logró construir las condiciones para mantenerlo. La infraestructura envejeció, la crisis energética se volvió crónica y la gestión estatal no pudo adaptarse a un mercado global cada vez más competitivo. El turismo cubano no está en crisis: está en retirada.

La pregunta que queda es qué hará el país cuando el turismo deje de ser la tabla de salvación que fue durante décadas. La economía cubana no tiene un sustituto inmediato. La exportación de servicios médicos enfrenta presiones internacionales, las remesas dependen de un éxodo que no puede sostenerse indefinidamente y la producción interna está paralizada. El turismo era el puente entre Cuba y el mundo. Hoy ese puente está vacío.


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