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La represión selectiva se intensifica en Cuba: vigilancia, interrogatorios y silencio forzado contra quienes apoyan a los nuevos disidentes

Cuba vive hoy una fase de vigilancia política que combina tecnología, intimidación y control psicológico. La represión ya no necesita ser masiva para ser efectiva: basta con ser constante. Foto Facebook de Anthony Martínez junto a Anna Bensi y su madre Caridad Silvente y de Ariel Limias Leiva.

Redacción Central

3 minutos de tiempo de lectura.

La Habana. PLC | La maquinaria represiva del Estado cubano ha entrado en una fase de precisión quirúrgica. Ya no se trata solo de castigar a quienes protestan, sino de perseguir a quienes los apoyan, los acompañan o simplemente los mencionan. En los últimos días, dos casos han expuesto con claridad esta estrategia: la citación a interrogatorio del joven Anthony Martínez, que expresó públicamente su respaldo a Anna Bensi y su madre, y la incomunicación prolongada de Ariel Limias, el manifestante que se plantó solo frente al Capitolio con un cartel contra la dictadura. Ambos episodios revelan un patrón: el régimen no solo reprime la protesta, sino también la solidaridad.

Anthony Martínez fue citado por la Seguridad del Estado después de publicar mensajes de apoyo a Bensi y a su madre, condenadas recientemente por grabar a un agente del MININT. No es un activista conocido, no pertenece a ninguna organización opositora, no lidera campañas. Su único “delito” fue expresar empatía hacia dos mujeres procesadas por el régimen. La citación no busca información: busca intimidación. Es un aviso para toda una generación que ha encontrado en las redes sociales un espacio mínimo de expresión. El mensaje es claro: apoyar a un disidente te convierte en objetivo.

El caso de Ariel Limias es aún más grave. Tras su protesta solitaria frente al Capitolio, fue detenido sin resistencia y trasladado a Villa Marista, donde permanece incomunicado. Su familia denuncia que no ha podido verlo, que no sabe en qué condiciones se encuentra y que no ha recibido información oficial. La incomunicación es una forma de desaparición temporal, una herramienta que el Estado utiliza para quebrar la voluntad del detenido y sembrar miedo en su entorno. Limias no pertenece a ningún grupo político; es un cristiano, un pintor, un hombre que decidió sostener un cartel porque, según dijo antes de salir de su casa, “alguien tiene que hacerlo por nuestro país”.

Estos dos casos no son aislados. Forman parte de una ola de presiones contra quienes respaldan a activistas procesados, una estrategia que busca cortar las redes de apoyo, aislar a los disidentes y convertir cada acto de solidaridad en un riesgo personal. La represión ya no se limita a los líderes visibles: se extiende hacia los ciudadanos comunes que se atreven a mostrar empatía. Es una represión capilar, diseñada para que el miedo circule por toda la sociedad.

El Estado cubano ha perfeccionado esta técnica durante años, pero desde el 11J de 2021 la vigilancia política se ha intensificado. La Seguridad del Estado monitorea redes sociales, identifica patrones de apoyo, cita a interrogatorios a jóvenes sin historial político y utiliza la incomunicación como castigo preventivo. La represión se ha vuelto más selectiva, más silenciosa y más eficiente. No necesita grandes operativos: basta con un mensaje, una citación, una desaparición temporal.

La incomunicación de Limias y la citación de Martínez revelan la lógica del sistema: castigar la protesta, pero también castigar la empatía. El régimen sabe que la solidaridad es el combustible de cualquier movimiento social. Si logra destruirla, destruye la posibilidad de que la protesta se convierta en fuerza colectiva. Por eso persigue no solo a quienes levantan la voz, sino también a quienes escuchan, acompañan o comparten.

Cuba vive hoy una fase de vigilancia política que combina tecnología, intimidación y control psicológico. La represión ya no necesita ser masiva para ser efectiva: basta con ser constante. La citación de un joven y la incomunicación de un manifestante son señales de un sistema que se sostiene mediante el miedo y que castiga incluso los gestos más simples de humanidad.

La pregunta que queda en el aire es la misma que se repite en cada familia afectada: ¿quién será el próximo? En Cuba, apoyar a un activista se ha convertido en un acto de valentía. Y el régimen, consciente de ello, ha decidido perseguir la valentía como si fuera un crimen.


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