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Resumen de la semana: El Gobierno se atrinchera y la isla se apaga: Cuba cruza un nuevo umbral de crisis

Reaparición pública de Raúl Castro durante un acto en conmemoración de su 95 cumpleaños. Foto Facebook

Foto: Facebook

La Habana. PLC. La crisis cubana entró en una nueva fase de tensión política y descomposición económica en las últimas 24 horas, marcada por la reaparición pública de Raúl Castro, el avance de las sanciones estadounidenses y el repliegue acelerado de empresas extranjeras que durante décadas sostuvieron parte del andamiaje económico del régimen. La escena, cuidadosamente coreografiada por el Gobierno, mostró al general de 95 años en un acto de homenaje, apenas dos semanas después de haber sido imputado por Estados Unidos por el derribo de dos avionetas en 1996. “Raúl es Cuba y a Cuba no se toca”, proclamó Miguel Díaz‑Canel, en un mensaje dirigido tanto al interior de la isla como a Washington.

La reaparición coincidió con un endurecimiento sin precedentes de la presión estadounidense. El Departamento del Tesoro anunció nuevas sanciones contra Díaz‑Canel y contra familiares de Raúl Castro, ampliando el cerco financiero sobre la cúpula política y militar. Washington acusa a GAESA, el conglomerado controlado por las Fuerzas Armadas, de manejar gran parte de la economía nacional con prácticas opacas y de beneficiarse de un sistema que mantiene a la población en la precariedad. El objetivo declarado es forzar un cambio de comportamiento; el no declarado, según analistas, es acelerar un cambio de régimen.

El impacto de estas medidas ya se siente en el terreno. Visa y Mastercard dejaron de operar en Cuba tras la ruptura de relaciones entre el banco extranjero que procesaba las operaciones y Fincimex, una entidad vinculada a los militares. La decisión, motivada por el temor a sanciones, supone un golpe directo al turismo, a las remesas y a cualquier intento de normalización financiera. El Banco Central de Cuba confirmó la suspensión, que añade otra capa de aislamiento a una economía ya exhausta.

La retirada empresarial continúa ampliándose. Meliá e Iberostar, dos de los principales operadores hoteleros españoles en la isla, enfrentan ahora amenazas de demandas por parte del Gobierno cubano tras abandonar la gestión de varios hoteles. Sus asesores legales alegan causas de fuerza mayor, evitando mencionar explícitamente la presión de las sanciones estadounidenses. La salida de estas compañías, unida al desplome de la inversión española —que cayó a mínimos históricos—, confirma un repliegue que El País describe como síntoma del “colapso de la isla” y de la urgencia del régimen por romper su propio atrincheramiento.

Mientras la élite política intenta proyectar normalidad, la situación social se deteriora. En barrios de La Habana como Guanabacoa, los apagones ya se prolongan por una semana, según denuncias recogidas por Martí Noticias. Las protestas, aunque dispersas, se multiplican: vecinos golpean cazuelas en plena luz del día pese al despliegue policial, y se reportan detenciones de menores. La represión sigue su curso habitual: familiares denuncian torturas y malos tratos en centros como Villa Marista y la cárcel de Valle Grande.

La comunidad internacional empieza a reaccionar. Alemania elevó su alerta de viaje y desaconsejó “encarecidamente” viajar a Cuba debido a la inestabilidad política, los apagones y el deterioro de los servicios básicos. La advertencia, inusual en su severidad, refleja la percepción creciente de que la crisis cubana ha entrado en una fase imprevisible.

En paralelo, la narrativa oficial intenta contrarrestar la sensación de aislamiento. La celebración del 250 aniversario de la independencia estadounidense en la embajada de Washington en La Habana —un acto simbólico pero significativo— contrastó con la retórica del Gobierno cubano, que insiste en presentar las sanciones como una agresión externa y no como consecuencia de su propio inmovilismo.

La combinación de sanciones, colapso energético, retirada empresarial y creciente malestar social dibuja un escenario en el que el régimen parece cada vez más acorralado. La reaparición de Raúl Castro, lejos de transmitir fortaleza, subraya la fragilidad de un sistema que depende de símbolos del pasado para sostener un presente cada vez más incierto. La pregunta que sobrevuela tanto en La Habana como en las capitales occidentales es si esta vez la crisis ha alcanzado un punto de no retorno.


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