Estocolmo. PLC / Durante más de seis décadas, el régimen cubano ha repetido una idea que forma parte del imaginario oficial: las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) serían capaces de resistir —e incluso derrotar— una invasión de Estados Unidos. La narrativa se ha alimentado de consignas, desfiles militares y una épica heredada de la Guerra Fría. Pero la realidad de 2026 es muy distinta. Las FAR ya no son el ejército que fueron en los años ochenta, cuando la Unión Soviética las financiaba con miles de millones de dólares anuales. Hoy son una institución envejecida, tecnológicamente obsoleta y profundamente afectada por la crisis económica que atraviesa el país.
La propaganda insiste en que Cuba posee una “guerra de todo el pueblo” capaz de convertir cualquier invasión en un infierno. Pero los expertos coinciden en que ese concepto, diseñado en los años setenta, pertenece a otra época. La doctrina se basa en una movilización masiva de la población, en armamento ligero y en una red de milicias territoriales. Sin embargo, la capacidad real de movilización es mínima: la emigración masiva ha vaciado los rangos de edad militar, la moral está por el suelo y el Estado carece de recursos para sostener un conflicto prolongado. La idea de un país entero convertido en un ejército popular es hoy una ficción.
El equipamiento militar de Cuba es otro indicador del deterioro. La mayor parte del arsenal procede de la Unión Soviética y tiene entre 40 y 60 años de antigüedad. Los tanques T‑55 y T‑62, los cazas MiG‑21 y MiG‑23, los sistemas antiaéreos SA‑2 y SA‑3 y la artillería pesada son reliquias de la Guerra Fría. Muchos están fuera de servicio por falta de repuestos. La industria militar cubana, que alguna vez ensambló armamento ligero, hoy apenas puede mantener operativos unos pocos sistemas. La capacidad aérea es simbólica; la naval, prácticamente inexistente. La defensa antiaérea, que en los años ochenta era respetable, está hoy muy por debajo de los estándares modernos.
La comparación con Estados Unidos no resiste análisis. El ejército estadounidense es la fuerza militar más poderosa del planeta, con tecnología de última generación, capacidad de ataque global y un presupuesto que supera los 800.000 millones de dólares anuales. Las FAR, en cambio, operan con recursos mínimos, combustible racionado y entrenamiento limitado. La idea de que Cuba podría resistir una invasión convencional es insostenible. Ningún informe militar serio lo contempla como un escenario realista.
Pero el problema no es solo material. Es político. Las FAR han dejado de ser un ejército profesional para convertirse en un pilar económico del régimen. A través de GAESA, controlan hoteles, puertos, aeropuertos, zonas francas, cadenas de tiendas y buena parte de la economía dolarizada. Su función principal ya no es la defensa del país, sino la administración del poder económico. La élite militar vive desconectada de la realidad del soldado raso, que enfrenta salarios miserables, falta de equipamiento y condiciones de vida precarias. La moral interna es baja y la deserción, especialmente entre jóvenes reclutas, es un problema creciente.
La propaganda insiste en que Cuba está preparada para “cualquier agresión”. Pero la verdad es que el país no tiene capacidad para sostener un conflicto moderno. La infraestructura energética está colapsada, el transporte militar depende de combustible que no existe, y la población —agotada por la crisis— no está en condiciones de convertirse en un ejército improvisado. La “guerra de todo el pueblo” es un concepto vacío en un país donde la gente lucha cada día por conseguir comida, electricidad y medicinas.
La única defensa real del régimen no es militar, sino política: la certeza de que Estados Unidos no tiene interés en invadir Cuba. Washington sabe que una intervención sería costosa, impopular y estratégicamente innecesaria. La amenaza de invasión es útil para La Habana, no para Washington. Es un recurso retórico que permite justificar la represión interna, el control social y el fracaso económico. Sin ese enemigo externo, el discurso oficial se derrumbaría. Las FAR fueron, en otro tiempo, una fuerza respetada en África y en el Caribe. Hoy son una institución envejecida, debilitada y atrapada en un país que se desmorona. El mito de un ejército invencible se sostiene solo en la propaganda. La realidad es que Cuba no está preparada para enfrentar una invasión de Estados Unidos, ni ahora ni en ningún escenario imaginable. Y lo más revelador es que el régimen lo sabe. Lo que defiende al poder en Cuba no son los tanques ni los misiles, sino el miedo, la propaganda y la ausencia de alternativas políticas.
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