La salud de Jonathan David Muir, el preso político más joven del castrismo, se ha convertido en una de las mayores alarmas humanitarias de las últimas semanas. El adolescente de 16 años, detenido tras participar en una protesta en Morón el 13 de marzo, presenta un deterioro físico y emocional documentado por su familia y organizaciones de derechos humanos. Las denuncias coinciden en un punto: su vida corre peligro.
Muir permanece recluido en la prisión provincial de Canaleta, en Ciego de Ávila, un penal de máxima seguridad para adultos. Durante una visita reciente, sus padres lo encontraron llorando, muy débil y sin recibir medicación, según relató el pastor Mario Félix Lleonart, quien transmitió el testimonio familiar a medios independientes. El padre del menor, el pastor Elier Muir, aseguró que su hijo “no está bien, se siente muy débil y no lo están medicando”, y describió la despedida como “desgarradora”, con el adolescente detrás de unas rejas, llorando y pidiendo ayuda.
El deterioro de Jonathan no es nuevo, pero se ha agravado desde su encarcelamiento. Padece deshidrosis severa, infecciones por estreptococo y estafilococo, dos parásitos intestinales sin tratamiento, episodios de desorientación y desnutrición. Recibe una sola ración de comida al día en un vasito desechable, insuficiente para su condición. En la madrugada del 23 de abril llamó a su padre para decirle: “Papá, ya no resisto más”.
El caso ha generado indignación dentro y fuera de Cuba. Según El País, Jonathan es un adolescente tímido, amante de los videojuegos y del piano, criado en una familia religiosa. Fue detenido tras sumarse a una protesta vecinal por apagones de más de dos días consecutivos en Morón. Desde su celda, se le ha escuchado suplicar: “Mamá, papá, sáquenme de aquí, por favor”.
La Fiscalía lo acusa de sabotaje, un delito que podría acarrear entre siete y quince años de prisión. Su familia denuncia que, a casi dos meses de su detención, no existe un solo documento oficial que certifique su encarcelamiento, lo que agrava la indefensión jurídica del menor. Activistas señalan que el régimen intenta contrarrestar las denuncias difundiendo imágenes propagandísticas del adolescente en actividades culturales dentro de la prisión, algo que la familia considera una manipulación.
El caso de Jonathan Muir se ha convertido en un símbolo del costo humano de la crisis cubana: un menor enfermo, recluido entre adultos, sin atención médica adecuada y sin garantías procesales. Su historia expone, con crudeza, la distancia entre el discurso oficial y la realidad de los presos políticos en la isla. Su familia insiste en un mensaje urgente: Jonathan no puede esperar más.
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