Resumen semanal PLC –La crisis cubana ha entrado en una fase en la que cada día parece un síntoma nuevo de un mismo derrumbe. La semana deja una estampa clara: un país exhausto, un Gobierno que anuncia reformas que no cambian nada y una sociedad que vive entre apagones, colas y un silencio cada vez más tenso. La sensación dominante, dentro y fuera de la isla, es que el modelo ya no da más de sí.
Díaz‑Canel volvió a prometer ajustes “profundos” para corregir las distorsiones del sistema, pero la prensa internacional coincide en que el paquete no altera el control absoluto del Estado‑Partido ni la opacidad de GAESA, el conglomerado militar que maneja la economía real. Las medidas nacen sin credibilidad y sin capacidad para frenar la inflación, estabilizar la moneda o reactivar la producción. En la calle, el anuncio se recibió con una mezcla de indiferencia y cansancio: demasiadas promesas, demasiados años sin resultados.
Mientras tanto, la crisis energética se agravó. Los apagones superaron las diez horas en varias provincias y provocaron protestas nocturnas que fueron rápidamente contenidas por la policía. El Gobierno insiste en que se trata de “incidencias técnicas”, pero los expertos hablan de un sistema eléctrico al borde del colapso. La falta de combustible, las averías y la incapacidad de inversión mantienen al país en una oscuridad que ya es parte de la rutina.
En el frente internacional, Estados Unidos endureció su presión con nuevas sanciones vinculadas al sector energético, mientras Visa y Mastercard confirmaron la suspensión de operaciones en la isla. El impacto es inmediato: más trabas para las transacciones, menos acceso a divisas y un aislamiento financiero que complica aún más la vida cotidiana. La Habana respondió con el discurso habitual, pero sin ofrecer alternativas reales.
La semana también dejó movimientos políticos. Raúl Castro reapareció en un acto público en medio de rumores sobre su salud y tensiones internas en la cúpula. Díaz‑Canel lo presentó como “garantía de continuidad”, un mensaje dirigido tanto a la militancia como a los sectores que temen un vacío de poder. Pero la reaparición no disipó la sensación de fragilidad que rodea al castrismo en este momento crítico.
En paralelo, el éxodo continúa. Miles de cubanos siguen abandonando el país por cualquier vía posible, empujados por la escasez, los salarios simbólicos y la falta de horizonte. La diáspora observa con preocupación un deterioro que parece acelerarse, mientras las remesas —uno de los pocos salvavidas económicos— se vuelven más difíciles de enviar.
La semana termina con la misma pregunta que se repite desde hace meses: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un país en este estado de agotamiento permanente? Las señales no apuntan a un cambio inmediato. Las reformas no reforman, la economía no arranca y la población vive atrapada entre la resignación y el miedo. Cuba avanza, una vez más, hacia otra semana sin certezas y con la sensación de que el futuro se estrecha.
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