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La élite cubana vive en un país que ya no existe

Ilustración de la opulencia en la que vive la élite militar-comunista en Cuba. Imagen generada por PLC/IA

La distancia entre la élite del poder en Cuba y la vida cotidiana del país se ha vuelto un abismo. Mientras la población enfrenta apagones de 40, 60 y hasta 80 horas, bancos sin liquidez, inflación desbordada y una incertidumbre que erosiona la salud mental colectiva, los dirigentes continúan ofreciendo una narrativa que parece provenir de otro país, uno donde la crisis es “transitoria”, la economía “se recupera” y el socialismo “está más vivo que nunca”. Esa desconexión, cada vez más evidente, ha provocado indignación y un sentimiento creciente de abandono entre los ciudadanos.

En los últimos días, las declaraciones de altos funcionarios han reforzado esa percepción. Michel Torres Corona, uno de los voceros más visibles del oficialismo, aseguró que las nuevas medidas económicas representan “una victoria del socialismo” y que el país avanza hacia “una etapa superior”. Sus palabras contrastan con la realidad de miles de familias que pasan noches enteras sin electricidad, sin agua y sin alimentos refrigerados, obligadas a improvisar para sobrevivir. La frase, repetida en redes sociales con ironía amarga, se ha convertido en símbolo de un discurso oficial que ya no guarda relación con la experiencia diaria del cubano común.

La élite política, protegida por generadores, privilegios de movilidad y acceso a recursos que la mayoría no tiene, continúa hablando de “resistencia creativa” mientras la población enfrenta un deterioro acelerado de las condiciones de vida. En barrios de La Habana Vieja, Matanzas o Santiago, los apagones han provocado protestas espontáneas con gritos de “Libertad”, pero la respuesta oficial ha sido minimizar los hechos o atribuirlos a “manipulación mediática”. La narrativa del poder insiste en la estabilidad, incluso cuando el país registra el mayor déficit energético de su historia reciente.

El contraste se hizo aún más evidente con la crisis bancaria. Mientras ciudadanos denunciaban que sucursales en La Habana limitaban el retiro de efectivo a 3.000 pesos, el Banco Central guardó silencio y los medios oficiales evitaron mencionar la escasez de liquidez. Para la élite, la situación es “normal”; para la población, es una señal más de que el sistema financiero se desmorona. La falta de billetes, sumada a la inflación y al colapso del transporte, ha convertido la vida diaria en una carrera de obstáculos que el discurso oficial no reconoce.

En el plano internacional, la desconexión también es evidente. Tras los devastadores terremotos en Venezuela, el MINREX aseguró que “no hay reportes de cubanos afectados”, pese a que plataformas ciudadanas han documentado más de treinta desaparecidos. La respuesta oficial, fría y burocrática, contrasta con la angustia de las familias que buscan a sus seres queridos entre los escombros. La élite insiste en que mantiene “contacto permanente” con Caracas, pero evita reconocer la magnitud de la tragedia para la diáspora cubana.

La narrativa del poder se ha convertido en un ejercicio de negación. Mientras la población vive en un estado emocional que psicólogos comparan con la psicología de guerra —incertidumbre permanente, estrés sostenido, sensación de amenaza constante—, los dirigentes hablan de “victorias”, “resiliencia” y “continuidad”. La élite vive en un país donde los apagones son “afectaciones”, la inflación es “un desafío”, las protestas son “incidentes aislados” y la emigración masiva es “una decisión personal”. Ese país no existe.

La desconexión entre el discurso oficial y la realidad cotidiana no solo alimenta el malestar social: erosiona la legitimidad del propio sistema. En un país donde la vida se ha vuelto impredecible, donde cada día es más difícil conseguir comida, agua o transporte, la narrativa del poder suena cada vez más vacía. La élite cubana, aislada en su burbuja de privilegios, parece incapaz de comprender la magnitud del colapso que vive el país. Y esa ceguera, más que la crisis económica, es lo que muchos consideran el verdadero peligro para el futuro de Cuba.


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