La miseria del campo cubano ya no es solo una imagen de atraso rural, sino el síntoma visible de una crisis nacional que golpea al primer eslabón de la alimentación. Los campesinos trabajan con escasez de combustible, falta de insumos, bajos márgenes de rentabilidad y dificultades para llevar sus cosechas al mercado. La agricultura cubana atraviesa, según reportes recientes, una de sus etapas más complejas, marcada por robos rurales, carencia de alimento animal, falta de medicamentos veterinarios y precios oficiales que muchos productores consideran por debajo de sus costos reales.
El combustible se ha convertido en una frontera entre producir o abandonar la tierra. Informes citados por CiberCuba señalan que algunos agricultores han llegado a intercambiar alimentos por diésel para poder mover tractores, sistemas de riego, transporte de cosechas y preparación de tierras. Ese trueque revela la precariedad de un sector que no solo produce menos, sino que debe recurrir a mecanismos informales para sostener tareas básicas.
La crisis no se limita al productor. Cuando el campesino no puede sembrar, cosechar o transportar, el impacto llega a los mercados y a la mesa de los cubanos. La FAO ha advertido que los huracanes de 2024 dañaron producción agrícola, infraestructuras y servicios esenciales, y estimó afectaciones en cultivos como yuca, plátano, arroz y maíz. También señaló que la producción de maíz y arroz de 2024 se situó por debajo del promedio.
El Gobierno cubano ha reconocido la necesidad de reformas y ha anunciado medidas para facilitar el acceso a insumos, reducir tierras ociosas, simplificar trámites y permitir nuevas formas de gestión para productores estatales, cooperativos y privados. Pero el problema de fondo sigue siendo estructural: sin combustible, crédito, libertad comercial suficiente, tecnología y seguridad jurídica, el campo continúa atrapado entre la escasez y el control.
En muchas zonas rurales, la pobreza campesina no se expresa únicamente en bajos ingresos. Se manifiesta en animales sin alimento suficiente, cosechas perdidas, maquinaria detenida, tierras sin explotar y productores obligados a negociar en condiciones de vulnerabilidad. El campesino cubano, llamado durante décadas a sostener la soberanía alimentaria, trabaja hoy dentro de un sistema que le exige producir más mientras le ofrece cada vez menos medios para hacerlo.
La miseria del campo cubano es, en última instancia, una crisis de país. Sin recuperación agrícola no habrá alivio real para el desabastecimiento, ni estabilidad para los precios, ni mejora sostenible en la alimentación. El deterioro rural muestra que la crisis cubana no solo se mide en apagones urbanos o colas frente a las tiendas, sino también en la tierra que no se cultiva, en la cosecha que no llega y en el campesino que continúa resistiendo con recursos mínimos.
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