Cuba fuerza el escenario en la ONU
El canciller cubano Bruno Rodríguez anunció que Cuba ha solicitado una sesión en la Asamblea General de la ONU para debatir el embargo estadounidense el próximo 7 de julio, denunciando presiones de Washington para impedir que la discusión se lleve a cabo. La declaración, realizada el martes, abre una nueva fase de tensión diplomática.
La Habana sostiene que Estados Unidos ha intensificado su presión para evitar que el debate avance, en particular mediante gestiones con países aliados para reducir apoyos y limitar el alcance político de la sesión. El gobierno cubano afirma que Washington busca “silenciar” el tema en un contexto en el que la crisis interna de la isla ha debilitado su capacidad de maniobra internacional. La convocatoria del 7 de julio es presentada por el régimen como un acto de resistencia diplomática y como una oportunidad para denunciar lo que considera una política de asfixia económica.
Washington sostiene que La Habana utiliza el discurso del “bloqueo” para ocultar la responsabilidad del gobierno en el colapso económico y social del país. En este clima, la sesión de la ONU se convierte en un escenario simbólico donde ambos gobiernos buscan proyectar su narrativa ante la comunidad internacional.
La Habana intenta compensar su aislamiento con gestos diplomáticos, reforzando vínculos con China, Rusia y países del Sur Global, y utilizando la ONU como plataforma para denunciar la política estadounidense. La sesión del 7 de julio es parte de esa estrategia: un intento de mostrar que Cuba aún tiene aliados y capacidad de interlocución internacional.
La Casa Blanca ha reiterado que no habrá alivio de sanciones mientras el régimen no avance en reformas políticas y en la liberación de presos de conciencia. En paralelo, ha reforzado la cooperación con países de la región para contener el flujo migratorio y ha insistido en que la crisis cubana es consecuencia de la gestión del propio gobierno. La disputa en la ONU se inscribe en este marco: un pulso diplomático que refleja la distancia creciente entre ambos países.
La sesión del 7 de julio no cambiará la política estadounidense, pero sí permitirá a Cuba exhibir apoyo internacional en un momento de extrema debilidad interna. Para La Habana, el debate es una herramienta política; para Washington, un escenario donde reafirmar su postura. En medio de esta confrontación, la población cubana continúa enfrentando apagones, escasez y un deterioro cotidiano que ninguna resolución de la ONU puede resolver. La crisis avanza y la diplomacia se convierte en otro frente de una disputa que parece lejos de encontrar una salida.
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