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PLC inaugura un nuevo espacio literario dedicado a Cuba

Prensa Libre Cuba abre en su sección de Cultura un nuevo espacio dedicado a la literatura cubana, un lugar donde publicaremos relatos, crónicas, poemas y fragmentos narrativos que reflejan la vida, la memoria y la imaginación de la isla. Será un punto de encuentro para voces diversas —del exilio y de dentro de Cuba— que aportan miradas propias sobre un país marcado por su historia y por su extraordinaria riqueza cultural. Con esta iniciativa, PLC reafirma su compromiso de ofrecer contenidos que amplíen la comprensión de Cuba más allá de la actualidad política, acercando a nuestros lectores a su universo literario.

El primer trabajo de este nuevo espacio literario llega de la mano de Jacobo Machover, una de las voces más sólidas del exilio cubano. Su mirada crítica y su escritura precisa inauguran esta sección dedicada a la literatura de la isla, donde PLC ofrecerá textos que exploran la memoria, la identidad y las múltiples narrativas de Cuba.

POLVO Y CENIZAS. ARENA

Jacobo Machover

     El Prado es el centro de un recuerdo muerto, de La Habana desaparecida. Es sólo nombre, imagen. No lugar de encuentro ni de vida. Un templo vacío, desertado por la palabra, por los hombres y mujeres que alguna vez lo poblaron. No queda nadie allí, apenas la huella del sol, del día, de la noche y de un pasado sepultado. Poco a poco, sin uno darse cuenta, la vida se fue desplazando, hacia otra parte. Los edificios se derrumbaban, abandonados, soltando sus tejas a los pies de algún paseante extraviado en medio de miles de sombras invisibles. Los cantos morían, a fuego lento, al igual que la palabra. Nada quedaba, apenas un eco, un artificio, una broma pesada que no se atrevía a desaparecer por completo. Una ilusión.

     En medio de las ruinas está sentado un viejo que mira hacia otro lado. No ve lo que sus ojos vislumbran. Sus visiones borrosas lo llevan del otro lado del mar, allá donde la isla adquiere una configuración misteriosa, que nada tiene que ver con su auténtica realidad. En sus ojos no se reflejan ni la nostalgia ni la tristeza. ¿Nostalgia de qué? Su vida se detuvo el día en que todos se murieron, o se fueron, lo mismo da. Las hojas de su calendario dejaron de ser arrancadas por manos compasivas. La última fecha indica: Noviembre 8, 1963. El día en que yo cumplí nueve años. El día en que yo me fui.

     El viejo siguió muriendo mientras yo vivía. En otro lugar del mundo, en algún continente lejano. Su boca tiene los rasgos que tuvo la mía, sus ojos miran con desconfianza detrás de los espejuelos, su rostro es mi rostro, ahora ajeno. Mi vida se va fundiendo con la suya, sin importarme la distancia. Su respiración, entrecortada, sigue el ritmo lento de mis pasos, demasiado lento para todas mis andanzas. El viejo nunca más se movió. Asistió al espectáculo del derrumbe, sin pronunciar una sola sentencia, como testigo mudo de su propio fin.

     Durante todos estos años, lo anduve buscando sin saber de su existencia. Hasta que lo vi, siempre en medio del Prado, por pura casualidad, en una vieja foto rescatada de las manos de un amigo muerto. Desde entonces, a cada instante, aparece en mis visiones, con infinita tristeza, esperando en vano mi llegada desde el lado de allá. Mira los barcos, el mismo barco siempre, el barco eterno que no acaba de desaparecer. Mira las costas, las suyas y las mías, interrogando a los vientos para saber si ellos saben algo más de lo que yo sé. Habla con la espuma de las olas, con nadie, transmitiendo un mensaje incomprensible, que nadie nunca va a querer descifrar. Conversa conmigo, a través del tiempo y del espacio, infranqueables. Sueña conmigo, con el niño que él fue y que sigo siendo yo.

     La furia se desató por encima de su frente. De todas partes empezaron a caer lluvias de estrellas, los gritos se volvieron más feroces, el silencio siguió. El viejo se cerró a lo que sus oídos oían. No quiso saber nada más de lo que el destino le tenía resevado. Lo único que permaneció fue un diálogo incomprensible en sus labios, conmigo, a distancia.

     – No más palabras – dijo.

     Fui su voz y su alma mientras el Prado se hundía bajo los martillazos del tiempo. Grité con todas mis fuerzas por encima del rumor de las olas, desde el otro continente. Demasiado lejos. Mi vida era otra. La suya se iba desvaneciendo. Era polvo y cenizas. Arena. Pero no arena de mar, límpida, granujienta. Arena negra, roja, color sangre de La Habana transformada en campo de batalla, agujereada de túneles, de refugios, con una amenaza permanente. El viejo vivía con el miedo atracado en el pecho.

     El miedo acabó con él. Hablaba con las palaomas, con los peces, con el aire viciado, con otros hombres invisibles. Sus palabras inaudibles se referían a otros mundos lejanos, que jamás había visitado. Por lo menos, nadie era capaz de oir lo que decía, de adivinar sus pensamientos. Así podía seguir especulando sobre la caída de los imperios eternos, sobre la escritura como punto de partida hacia la exploración de lo oculto, sobre la muerte, última solución. No quiso morir, prefirió seguir sobreviviendo en un estado casi vegetal, dándole la vuelta al mundo desde su puesto estratégico situado en algún lugar del Prado que conserva sus huellas como reliquias de otros tiempos, ya olvidados. El miedo lo mantuvo callado.

     El día en que yo llegué, después de la inevitable tormenta que arrasó con la isla, me lo encontré en el mismo lugar, siempre sentado, recibiendo la lluvia que lo empapaba todo. El diluvio había hundido La Habana en una tristeza sin fin. El sol era ya como un recuerdo. Las nubes ocupaban el espacio, el tiempo y las palabras de los vivos. Los muertos cobraban una presencia insospechada. Poco a poquito, del otro lado del mar, fueron regresando los que, desde hacía tantos años, habían desaparecido. Regresaban uno a uno, discretamente, como avergonzados de tanta ausencia. Pero yo sabía que a mí el viejo me esperaba sin sorpresa, seguro de que, un día u otro, le vendría a tocar el brazo, a pronunciarle al oído unas palabras dulces, a proyectarle en los ojos el recuerdo perdido. Cuando por fin llegué, cuando me fui, paso a paso, acercando a él, cuidando de no despertarlo, de no herirlo con una incontrolable presencia, el viejo se fue desmoronando poco a poco con una indescriptible sonrisa, convertido en pura estaua de sal. En polvo y cenizas. Arena.

Jacobo Machover (La Habana, 1954) es escritor, periodista y profesor universitario radicado en Francia desde 1963. Figura central del exilio cubano, se ha dedicado a documentar la represión del castrismo, desmontar mitologías oficiales y preservar la memoria de las víctimas. Autor de obras clave como La cara oculta del Che y El libro negro del castrismo, es una de las voces más respetadas en Europa sobre Cuba y el totalitarismo en la isla.


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