Miami. PLC. La música cubana vuelve a colarse en el mayor escaparate deportivo del planeta, esta vez de la mano de dos figuras que representan generaciones y trayectorias opuestas, pero complementarias: Emilio Estefan, arquitecto del sonido latino en Estados Unidos durante cuatro décadas, y Cimafunk, uno de los artistas más singulares surgidos de la Isla en los últimos años. Ambos participan en el álbum oficial de la Copa Mundial de Fútbol 2026, un proyecto que la FIFA ha convertido en un ejercicio de diplomacia cultural global y que, en esta edición, mira hacia el Caribe para incorporar ritmos afrolatinos en su narrativa sonora.
Estefan, ganador de 26 premios Grammy y figura central en la expansión internacional de la música latina, compuso y produjo “Love Always Wins”, uno de los temas del álbum. La canción, interpretada por la estadounidense Zema con la participación del jamaicano-estadounidense Shaggy y del propio Cimafunk, fue presentada en Miami en un acto que contó con la presencia del presidente de la FIFA, Gianni Infantino. El mensaje es inequívoco: unidad, diversidad y celebración, una fórmula que la organización ha convertido en marca registrada para suavizar tensiones políticas y proyectar una imagen de armonía global en torno al fútbol.
La presencia de Cimafunk en el proyecto añade una capa de lectura más compleja. El artista, que en pocos años pasó de los escenarios habaneros a los festivales internacionales, encarna una Cuba contemporánea que se mueve entre la diáspora, la reinvención y la búsqueda de nuevos lenguajes musicales. Su participación en un proyecto de alcance planetario confirma su consolidación como figura global, pero también subraya la paradoja de un país cuya cultura sigue brillando en el exterior mientras su realidad interna se hunde en una crisis sin precedentes.
El álbum oficial del Mundial reúne a artistas de distintos continentes y géneros, desde superestrellas del pop hasta figuras emergentes. En ese mosaico, la contribución cubana destaca no solo por su calidad musical, sino por el peso simbólico de ver a dos creadores de la Isla —uno formado en el exilio, otro surgido del sistema cultural cubano— converger en un mismo proyecto. Estefan, que ha construido su carrera desde Miami como productor, empresario y figura política influyente, y Cimafunk, que representa una Cuba joven, híbrida y en constante fuga, aportan dos miradas distintas sobre lo que significa ser cubano en el escenario global.
La FIFA, por su parte, utiliza estos proyectos como herramientas de proyección cultural. En un momento en que el fútbol enfrenta críticas por su relación con gobiernos autoritarios, intereses económicos opacos y desigualdades estructurales, la música funciona como un bálsamo narrativo. Canciones como “Love Always Wins” buscan transmitir una idea de inclusión que contrasta con las tensiones geopolíticas que rodean al torneo. La elección de artistas latinos y caribeños responde también a la realidad demográfica del Mundial 2026, que se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá, tres países donde la presencia latina es decisiva tanto en lo cultural como en lo comercial.
Para Cuba, la noticia tiene un matiz particular. En un país donde la música es uno de los pocos elementos que aún generan consenso, la participación de Estefan y Cimafunk en el álbum del Mundial ofrece un raro punto de orgullo compartido. Pero también recuerda la distancia entre el brillo internacional de sus artistas y la precariedad cotidiana de la Isla. Mientras la música cubana suena en los estadios y transmisiones globales, el país vive apagones interminables, una crisis económica profunda y un éxodo que ha vaciado barrios enteros.
La Copa Mundial es, en última instancia, un escenario donde las naciones se representan a sí mismas más allá del terreno de juego. Que dos cubanos —uno desde la diáspora, otro desde la reinvención global— formen parte del relato musical del torneo es un recordatorio de la fuerza cultural de la Isla, pero también de su fractura. En un momento en que Cuba atraviesa una de las crisis más severas de su historia reciente, la música vuelve a ocupar un lugar que la política no puede llenar: el de un país que, pese a todo, sigue sonando en el mundo.
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