CUBA-CHINA
Estocolmo. PLC / Mientras los apagones siguen marcando el pulso de la vida cotidiana en Cuba, China ha encontrado en la peor crisis energética de la isla en décadas una oportunidad para afianzar una influencia tecnológica y geopolítica sin precedentes. El desplome del sistema eléctrico cubano, incapaz de sostener la demanda y golpeado por sanciones, falta de combustible y plantas térmicas obsoletas, ha abierto un vacío que Pekín está llenando con paneles fotovoltaicos, inversores, parques solares y asistencia técnica.
En los últimos cinco años, las importaciones cubanas de paneles solares chinos han aumentado más de un 1800 por ciento, un salto que refleja tanto la urgencia de La Habana como la estrategia de Pekín de expandir su presencia en sectores críticos del Caribe. China controla cerca del 80 por ciento de la cadena global de suministro solar y ha encontrado en Cuba un destino ideal para absorber parte de su sobrecapacidad industrial, al tiempo que consolida un modelo de dependencia tecnológica que sustituye la vieja dependencia petrolera.
El despliegue es masivo. Según datos recientes, al menos 34 parques solares construidos con tecnología china ya operan en la isla, con una capacidad combinada cercana a 1,2 gigavatios, un aumento del 350 por ciento respecto a 2024. En paralelo, China ha donado miles de sistemas fotovoltaicos para comunidades aisladas y ha suministrado equipos especializados para reforzar la generación. Sin embargo, la integración de esta nueva capacidad enfrenta un obstáculo estructural: la red eléctrica cubana, envejecida y frágil, no está preparada para gestionar eficientemente el volumen creciente de energía solar.
La velocidad de expansión ha sido extraordinaria. Entre 2025 y 2026, Cuba conectó 49 nuevos parques solares con más de 1000 megavatios de capacidad, todos construidos con equipos y financiamiento chinos. En febrero de 2026, la isla superó por primera vez los 900 megavatios de generación solar en un solo día, un hito impensable apenas un año antes. Pekín se ha comprometido a construir 92 parques solares para 2028, equivalentes a unos 2000 megavatios, casi la totalidad de la capacidad fósil actual del país. Cada instalación cuesta alrededor de 16 millones de dólares en equipos importados, mientras Cuba aporta la infraestructura local.
El impacto social es inmediato: en un país donde los apagones pueden durar hasta 20 horas, la energía solar se ha convertido en un salvavidas diurno. Pero la noche sigue siendo el talón de Aquiles. La ausencia de sistemas de almacenamiento energético (BESS) limita la capacidad de la energía solar para aliviar los picos nocturnos, y China aún no ha desplegado en Cuba una infraestructura de baterías equivalente a la de los paneles. Esto mantiene a la isla atrapada en una paradoja: más generación renovable, pero sin la resiliencia necesaria para estabilizar el sistema.
La dimensión geopolítica es igualmente decisiva. El Caribe es un espacio estratégico para China: un corredor marítimo vital, un conjunto de países con peso en la ONU y una región donde Pekín compite silenciosamente por influencia frente a Estados Unidos. Cuba, históricamente aliada política pero socio económico frágil, se convierte así en un laboratorio donde China ensaya su capacidad para proyectar poder mediante infraestructura energética. La expansión solar no solo mitiga la crisis cubana: también instala estándares tecnológicos chinos, crea dependencia de repuestos, financiamiento y know-how, y fortalece la presencia de Pekín en un entorno regional clave.
La Habana, acorralada por sanciones y sin acceso a fuentes tradicionales de financiamiento, ha aceptado esta dependencia como una necesidad. Pero el riesgo es evidente: si China termina dominando paneles, inversores, piezas de repuesto, financiamiento y eventualmente almacenamiento, Cuba podría sustituir su dependencia del petróleo por una dependencia tecnológica y financiera aún más profunda. Como advierte el economista cubano Ricardo Torres, el país podría quedar atrapado en un nuevo ciclo de vulnerabilidad, esta vez ligado a un único proveedor con intereses estratégicos globales.
La crisis energética cubana ha convertido la luz solar en un recurso político. Y China, con su capacidad industrial, su músculo financiero y su ambición geopolítica, está moldeando el futuro energético de la isla a su imagen. Lo que hoy se presenta como cooperación técnica podría convertirse mañana en una de las dependencias más determinantes del siglo XXI para Cuba.
Descubre más desde Prensa Libre Cuba
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.














Sé el primero en comentar