CUBA-VIOLENCIA MACHISTA
La Habana. PLC / El asesinato de Adis Glennis Rodríguez Mulet, una joven de 34 años y embarazada de siete meses, ocurrido el 29 de julio en Bayamo, Granma, volvió a colocar a Cuba frente a una realidad que el Estado insiste en minimizar: la violencia machista es una emergencia nacional que avanza sin freno y sin mecanismos institucionales capaces de contenerla. El Observatorio de Género de Alas Tensas confirmó este fin de semana el feminicidio, junto al de Ana Luisa Baños González, ocurrido dos semanas antes en Pinar del Río. Dos mujeres asesinadas en menos de quince días, dos familias destruidas, dos comunidades marcadas por el miedo y un país que sigue sin ofrecer rutas de protección efectivas.
Adis Glennis murió a causa de las lesiones provocadas presuntamente por su pareja, un patrón que se repite en la mayoría de los feminicidios verificados en Cuba: agresores cercanos, violencia previa, ausencia de intervención estatal y un entorno donde denunciar puede convertirse en un riesgo. La víctima estaba embarazada de siete meses, un detalle que agrava la brutalidad del crimen y expone la vulnerabilidad extrema de las mujeres en contextos de dependencia económica, aislamiento y falta de apoyo institucional. Su muerte no solo arrebata una vida, sino dos, y deja a una familia enfrentando un duelo que podría haberse evitado con mecanismos de protección adecuados.
El caso de Ana Luisa Baños González, confirmado también por Alas Tensas, sigue la misma lógica de violencia íntima y desprotección. Ocurrió en Pinar del Río, una provincia donde los observatorios independientes han registrado un aumento sostenido de feminicidios en los últimos años. La información disponible apunta nuevamente a un agresor cercano y a un entorno donde las señales de alerta no fueron atendidas. En ambos casos, como en tantos otros, la violencia no surgió de la nada: fue el desenlace de un ciclo previo de agresiones normalizadas, invisibilizadas o desestimadas.
La repetición de estos patrones revela un problema estructural. Cuba sigue sin tipificar el feminicidio en su Código Penal, carece de refugios para mujeres en riesgo, no dispone de protocolos de actuación inmediata y mantiene un sistema policial y judicial que, lejos de proteger, suele revictimizar. Las organizaciones independientes, como Alas Tensas y Yo Sí Te Creo en Cuba, son las únicas que documentan estos crímenes, porque el Estado no publica estadísticas completas ni transparentes. Desde 2019, los observatorios han verificado más de 350 feminicidios, una cifra que por sí sola desmonta la narrativa oficial de “tolerancia cero”.
La violencia machista en Cuba se alimenta de factores que el Gobierno no reconoce: la crisis económica, la dependencia material, la precariedad habitacional, la falta de medicamentos, la migración masiva y la ausencia de redes de apoyo. En un país donde el salario estatal no cubre ni una semana de alimentos, donde la inflación pulveriza cualquier ingreso y donde la vida cotidiana se sostiene en la economía informal, las mujeres quedan atrapadas en relaciones de control que se vuelven letales. La pobreza no es solo un contexto: es un acelerador de la violencia.
La muerte de Adis Glennis y la de Ana Luisa no son hechos aislados. Son parte de una secuencia que se repite cada mes, cada semana, cada día. Son el reflejo de un país donde las mujeres no tienen a dónde acudir cuando están en peligro, donde las denuncias no garantizan protección y donde la violencia doméstica sigue siendo tratada como un asunto privado. Son también el resultado de un Estado que ha renunciado a su responsabilidad de proteger a las más vulnerables, mientras criminaliza a quienes intentan documentar la realidad.
Cuba enfrenta una crisis silenciosa que no se resuelve con consignas ni con declaraciones oficiales. La violencia machista exige políticas públicas, transparencia, refugios, educación, protocolos y voluntad política. Exige reconocer que el problema existe y que está creciendo. Exige asumir que cada feminicidio es un fracaso del Estado y una herida en la sociedad. Mientras eso no ocurra, mientras la protección siga siendo una palabra vacía, mientras las mujeres continúen denunciando sin ser escuchadas, el país seguirá sumando nombres a una lista que debería avergonzar a cualquier nación que se pretenda justa.
Adis Glennis Rodríguez Mulet y Ana Luisa Baños González no pueden ser reducidas a cifras. Sus muertes son un llamado urgente a mirar de frente una realidad que Cuba ya no puede seguir ocultando. Son el recordatorio de que la violencia machista no es un fenómeno marginal, sino un síntoma profundo de un país que ha dejado de proteger a sus mujeres. Y son, sobre todo, la evidencia de que la reconstrucción futura de Cuba deberá incluir también la reconstrucción de su tejido moral, institucional y social, porque sin protección para las mujeres no hay país posible.
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