CHINA-CUBA
La Habana. PLC Análisis | El segundo envío de 5.000 sistemas fotovoltaicos que China entregó este viernes en La Habana no es un gesto aislado de solidaridad, sino otro movimiento calculado dentro de una estrategia de influencia que avanza sin resistencia en el corazón del sistema energético cubano. Según medios oficiales, los equipos —gestionados por la Agencia de Cooperación Internacional para el Desarrollo de China— están destinados a electrificar viviendas rurales y sostener servicios esenciales como centros de salud, urgencias médicas, círculos infantiles y sucursales bancarias. Los nuevos sistemas duplican la capacidad de almacenamiento respecto al primer lote entregado en 2025, alcanzando 14,3 kWh y una potencia de 3,6 kWh, lo que supone una mejora técnica significativa.
Pero más allá de la narrativa de “cooperación”, el contexto revela una dinámica mucho más compleja. La entrega llega apenas días después de dos colapsos totales del sistema eléctrico nacional, el sexto y séptimo apagón general del año, un recordatorio brutal de la incapacidad del régimen para sostener la infraestructura básica del país. En ese vacío estructural, China aparece como salvador, pero también como arquitecto de una dependencia tecnológica que se profundiza a cada paso.
El embajador Hua Xin presentó el cargamento como un “regalo del pueblo chino” en vísperas del centenario de Fidel Castro, un gesto simbólico que subraya la dimensión política del donativo. No es casual: Pekín no solo provee tecnología, sino que refuerza su presencia en un aliado estratégico del Caribe, un espacio donde compite silenciosamente con Estados Unidos por influencia. La Habana, debilitada y sin acceso a financiamiento internacional, acepta esta dependencia como única tabla de salvación.
La aceleración de la cooperación energética es evidente. Las importaciones cubanas de paneles solares chinos pasaron de 16,6 millones de dólares en 2019 a 117 millones en 2025, mientras la isla ya opera más de 30 parques solares con tecnología china y una capacidad cercana a 1,2 GW, un aumento del 350% respecto a 2024. Sin embargo, las renovables apenas representan el 9% de la generación total, muy lejos del objetivo oficial del 15%.
El modelo chino combina donaciones con negocios: la empresa mixta SUMAI S.A., creada con capital cubano y la firma china Hangzhou Iunke, abrirá una tienda en El Vedado para vender paneles solares exclusivamente en dólares. Es decir, mientras el régimen recibe donativos para zonas rurales, se prepara para comercializar tecnología china en un mercado dolarizado que excluye a la mayoría de los cubanos.
Además, el primer lote de 5.000 sistemas entregado en 2025 —valorado en más de 114 millones de dólares— terminó parcialmente reasignado a Etecsa para sostener servicios de telecomunicaciones, un uso que contradice la narrativa oficial de “aliviar los apagones en los hogares”. Ese precedente alimenta dudas sobre el destino real del nuevo donativo y sobre la opacidad con la que el régimen gestiona la cooperación internacional.
China no está simplemente ayudando a Cuba: está ocupando un espacio estratégico que el régimen, debilitado y aislado, no puede llenar por sí mismo. Cada panel, cada inversor, cada sistema fotovoltaico refuerza una relación asimétrica donde Pekín provee tecnología, financiamiento y narrativa, mientras La Habana entrega acceso, alineamiento político y dependencia estructural.
La crisis energética cubana no se resolverá con donativos, sino con reformas profundas que el régimen se niega a emprender. En su ausencia, China seguirá avanzando, consolidando un poder silencioso que ya ilumina —y condiciona— el futuro energético de la isla.
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