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China en La Habana: el centenario de Fidel entre la pompa oficial y la sombra de una crisis que no se puede ocultar

La seriedad de Liu Haixing en la foto oficial no es casual: Pekín sabe que Cuba atraviesa un punto crítico y que el modelo que Fidel Castro impuso —y que el Partido Comunista sigue defendiendo— ya no es sostenible. Foto Radio Rebelde

La Habana. PLC | La recepción de Miguel Díaz‑Canel a Liu Haixing, jefe del Departamento Internacional del Comité Central del Partido Comunista de China, marca el inicio simbólico de las celebraciones por el centenario de Fidel Castro. El acto, cuidadosamente escenificado en el Palacio de Convenciones, pretende proyectar continuidad histórica, respaldo internacional y una alianza estratégica que el régimen cubano considera vital para su supervivencia. Pero la imagen pública contrasta de manera brutal con la realidad del país y con la expresión del propio enviado chino, cuya seriedad en la foto oficial revela más inquietud que entusiasmo.

China llega a La Habana como el socio político más importante del régimen en este momento. Ha enviado donativos energéticos, ha respaldado proyectos de infraestructura y ha ofrecido apoyo diplomático en foros internacionales. Pero también observa con preocupación el deterioro acelerado del sistema cubano: apagones de 20 a 30 horas, seis colapsos eléctricos nacionales en lo que va de año, una economía paralizada y un éxodo que vacía ciudades enteras. La visita de Liu Haixing ocurre en un contexto donde China necesita estabilidad en sus aliados, no crisis prolongadas que comprometan su imagen global o su estrategia de influencia.

El discurso de Díaz‑Canel, transmitiendo saludos de Raúl Castro y agradeciendo el mensaje de Xi Jinping por el centenario de Fidel, intenta reforzar la narrativa de que Cuba sigue siendo un bastión ideológico del socialismo internacional. Pero el centenario de Fidel Castro no es solo una efeméride: es un recordatorio del origen de la crisis que hoy consume al país. La dinastía política que él inauguró hace casi siete décadas ha dejado un legado de centralización absoluta, destrucción del aparato productivo, dependencia crónica de aliados externos y una estructura estatal incapaz de sostener la vida cotidiana de la población.

Celebrar el centenario de Fidel con coloquios, homenajes y pompa oficial mientras el país vive su peor crisis en treinta años revela la desconexión entre la élite y la ciudadanía. El régimen organiza eventos internacionales, recibe delegaciones, despliega banderas y discursos, pero no puede garantizar electricidad, agua, transporte ni alimentos. La élite política mantiene privilegios, acceso a recursos y estabilidad personal, mientras la población enfrenta apagones interminables, colas, inflación y un deterioro social sin precedentes.

Para China, este contraste es evidente. La seriedad de Liu Haixing en la foto oficial no es casual: Pekín sabe que Cuba atraviesa un punto crítico y que el modelo que Fidel Castro impuso —y que el Partido Comunista sigue defendiendo— ya no es sostenible. China puede ofrecer apoyo simbólico, donativos y respaldo diplomático, pero no puede sustituir la falta de productividad, la ausencia de reformas profundas ni la pérdida de legitimidad interna del régimen.

El centenario de Fidel Castro se inaugura así en un país que vive entre la celebración oficial y la desesperación cotidiana. La presencia de China busca transmitir fortaleza, pero también evidencia la fragilidad de un sistema que depende cada vez más de aliados externos para sostener su narrativa. El verdadero legado de Fidel no es el que se discutirá en los coloquios del Palacio de Convenciones, sino el que se siente en las calles oscuras de Cuba: un país atrapado en un modelo que ha agotado todas sus promesas y que enfrenta una crisis que ni la propaganda ni los homenajes pueden ocultar.


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