RUSIA-TECNOLOGÍA
París. PLC | La ambición rusa de construir un sistema satelital propio para sustituir a Starlink en el campo de batalla ha terminado en un fracaso que expone las limitaciones técnicas, industriales y estratégicas del Kremlin. La constelación Rassvet, presentada como la respuesta soberana de Moscú a la dependencia de tecnología occidental, no ha logrado alcanzar ni siquiera la altitud mínima necesaria para operar. Los datos orbitales muestran que los satélites rusos están cayendo, literalmente, hacia la Tierra.
Rusia invirtió 1.300 millones de dólares en Rassvet con la promesa de crear una red de comunicaciones militares capaz de sostener operaciones en Ucrania sin depender de Elon Musk. El proyecto se anunció como un salto tecnológico y un símbolo de autonomía estratégica. Sin embargo, los satélites lanzados en julio —dieciséis en total— nunca alcanzaron los 800 kilómetros previstos. La mayoría quedó atrapada entre los 300 y 400 kilómetros, una zona donde la resistencia atmosférica es tan intensa que obliga a consumir combustible a un ritmo que acorta drásticamente la vida útil de cada nave. Al menos dos satélites ya están descendiendo de forma acelerada, según los rastreadores N2YO y Russian Space Web.
Incluso los pocos satélites que lograron ascender lo hacen a un ritmo mucho más lento de lo esperado. Las naves que se encuentran cerca de los 500 kilómetros corren el riesgo de deteriorarse antes de tiempo, incapaces de mantener la altitud sin reservas de combustible suficientes. La constelación, que debía ser el pilar de las comunicaciones rusas en el frente, se ha convertido en un sistema defectuoso que no puede cumplir su función básica.
El desastre orbital se suma a un revés igualmente grave en tierra. Para desplegar Rassvet se necesitan al menos 18 lanzamientos con cohetes Soyuz pesados, pero Rusia solo puede realizar entre seis y ocho al año. La situación empeoró cuando las fuerzas ucranianas atacaron en agosto la planta de Samara, la única instalación capaz de fabricar estos cohetes especializados. El golpe industrial compromete la capacidad de Moscú para sostener el programa espacial en el corto y mediano plazo.
Los objetivos oficiales ya son inalcanzables. El Kremlin aspiraba a tener 250 satélites en órbita para 2027 y 900 para 2035. Hoy solo existen 32, y apenas 12 operan a las altitudes previstas. Esto ofrece a las unidades rusas ventanas de conexión de apenas 90 minutos diarios sobre Ucrania, insuficientes para sostener operaciones modernas que dependen de enlaces digitales constantes. El Instituto para el Estudio de la Guerra había instado a Moscú a acelerar el despliegue después de que SpaceX desactivara los terminales Starlink no autorizados utilizados por tropas rusas, una interrupción que paralizó la estructura de mando en varias líneas del frente. Pero los intentos de acelerar el programa han fracasado de manera evidente.
El colapso de Rassvet es más que un problema técnico: es una demostración de los límites reales del poder militar ruso en la era digital. La guerra moderna depende de comunicaciones seguras, rápidas y estables. Sin ellas, los ejércitos pierden coordinación, precisión y capacidad de respuesta. El Kremlin intentó construir un sustituto de Starlink y terminó con una constelación que no puede mantenerse en órbita. El fracaso revela una brecha tecnológica profunda y una incapacidad industrial que contrasta con la propaganda de autosuficiencia que Moscú intenta proyectar.
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