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Kushner y Witkoff en Kiev: una diplomacia sin brújula en medio de bombardeos y señales contradictorias

La diplomacia estadounidense parece más preocupada por reconstruir canales con Moscú que por garantizar que cualquier acuerdo respete la soberanía ucraniana. Foto redes sociales. Kushner y Witkoff en Kiev.

Berlín. PLC | La visita de Jared Kushner y Steve Witkoff a Kiev, inmediatamente después de su octava ronda de conversaciones en Moscú, confirma que la mediación estadounidense impulsada por Donald Trump sigue atrapada en una paradoja: se mueve, pero no avanza. Los enviados especiales llegaron a Ucrania con “energías renovadas” y “nuevas ideas” procedentes del Kremlin, pero sin una propuesta concreta que permita evaluar si existe un camino real hacia un alto el fuego. Las declaraciones públicas de ambos, centradas en generalidades y en la idea de una “situación en la que todos ganen”, revelan más la filosofía empresarial de Trump que una estrategia diplomática capaz de enfrentar la complejidad del conflicto.

Las fuentes internacionales coinciden en que las conversaciones en Moscú fueron “útiles” pero no produjeron ningún acuerdo específico. Según análisis publicados el 6 de septiembre, los encuentros con Putin se desarrollaron en tres niveles simultáneos: contención de la guerra, redefinición de la relación bilateral entre Washington y Moscú y exploración de un eventual retorno de Rusia a ciertos marcos económicos y de seguridad internacionales . Sin embargo, los puntos centrales del conflicto —territorios ocupados, garantías de seguridad para Ucrania, secuencia de concesiones y papel de Europa— permanecen sin consenso. La formación de una “zona limitada de posible acuerdo” es apenas incipiente y, por ahora, insuficiente para hablar de avances reales.

El viaje a Kiev, presentado como un gesto de equilibrio diplomático, estuvo marcado por un hecho que contradice cualquier narrativa de distensión: Rusia bombardeó los dos aeropuertos de la capital ucraniana justo cuando los enviados estadounidenses se dirigían a la ciudad, obligándolos a viajar en tren. Estos ataques se produjeron después de que ambos países hubieran acordado abstenerse de golpear las capitales mientras los mediadores estuvieran presentes. La violación inmediata de ese compromiso revela la fragilidad del proceso y la distancia entre la retórica de Moscú y su comportamiento militar.

La visita también se inscribe en un contexto de diplomacia fragmentada. En rondas anteriores, celebradas en Washington en marzo, Ucrania insistió en revertir la exención temporal de sanciones petroleras otorgada por la administración Trump, que permite a terceros países comprar crudo ruso sin penalización. Esa medida fue celebrada por Moscú y criticada por activistas pro-ucranianos como una retirada unilateral del marco de “máxima presión” . La tensión entre Kiev y Washington se ha hecho visible desde 2025, cuando Trump calificó a Zelenski como “el principal obstáculo para la paz”, una afirmación que el gobierno ucraniano rechazó de inmediato.

En este escenario, la insistencia de Kushner en que el acuerdo debe “beneficiar tanto a Rusia como a Ucrania” refleja una visión que ignora la asimetría fundamental del conflicto: uno de los países es el agresor y el otro, la víctima de una invasión. La idea de una “situación en la que todos ganen” puede funcionar en negociaciones comerciales, pero aplicada a una guerra de ocupación corre el riesgo de legitimar las ambiciones territoriales del Kremlin. La diplomacia estadounidense parece más preocupada por reconstruir canales con Moscú que por garantizar que cualquier acuerdo respete la soberanía ucraniana.

El tono personalista de las conversaciones tampoco ayuda. Witkoff llegó a decirle a Putin que presumirá de estas reuniones cuando se jubile, asegurándole que sus recuerdos “estarán en lo más alto de la lista”. Ese tipo de declaraciones, más propias de una relación de negocios que de una negociación de guerra, alimentan la percepción de que la mediación estadounidense está marcada por vínculos personales y comerciales, no por una estrategia institucional coherente.

Mientras tanto, Ucrania sigue enviando señales de buena voluntad. Según reportes internacionales, Zelenski ordenó detener los ataques aéreos durante la visita de los enviados y pidió a Moscú hacer lo mismo, en un gesto unilateral de desescalada . La respuesta rusa fue el bombardeo de los aeropuertos. Ese contraste resume el estado actual del proceso: Ucrania intenta abrir espacio para la diplomacia; Rusia lo cierra con misiles.

La mediación de Kushner y Witkoff se ha convertido en un ejercicio de shuttle diplomacy sin brújula, donde los gestos simbólicos sustituyen a los avances concretos y donde la narrativa de “optimismo cauteloso” oculta la ausencia de resultados. La paz sigue lejos, no por falta de conversaciones, sino porque las conversaciones no están enfrentando los elementos esenciales del conflicto. Mientras Moscú prueba los límites de la paciencia internacional con ataques calculados y Washington oscila entre presiones y concesiones, Ucrania continúa pagando el precio de una guerra que no se detiene.


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