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Trump retrocede en Groenlandia: la crisis que él mismo creó se desinfla y refuerza a la OTAN

Los comentaristas daneses han sido directos. Torsten Jansen, de TV2, califica el resultado como una “derrota espectacular” para las ambiciones de Trump de convertir Groenlandia en territorio estadounidense. Foto de las protestas contra la injerencia de EE. UU. en Groenlandia, en la capital Nuuk / Facebook

Redacción Central

Copenhagen. PLC | El acuerdo que Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia prevén firmar la próxima semana sobre la seguridad en la isla ártica marca un giro significativo en una crisis que, durante meses, tensó a la OTAN y puso en cuestión la estabilidad del Ártico. Lo que comenzó como una ofensiva verbal de Donald Trump —con insinuaciones de compra, anexión e incluso la posibilidad de una acción militar— termina ahora en un entendimiento que, según analistas daneses y suecos, representa una derrota política para el presidente estadounidense y un triunfo para la arquitectura de seguridad transatlántica.

Trump sostiene en Truth Social que el acuerdo será válido “para siempre” y que permitirá a Washington establecer una “gran presencia militar” en Groenlandia, además de impedir que cualquier adversario tenga actividad en la isla. Sin embargo, desde Copenhague y Nuuk las declaraciones son más prudentes y, sobre todo, más reveladoras: el pacto está “casi” listo, pero se firmará dentro de los cauces diplomáticos habituales, y reconoce explícitamente los intereses de Groenlandia y su papel en la cooperación internacional. Nada en el tono de los gobiernos nórdicos sugiere la cesión de soberanía que Trump insinuó en sus meses de retórica maximalista.

Los comentaristas daneses han sido directos. Torsten Jansen, de TV2, califica el resultado como una “derrota espectacular” para las ambiciones de Trump de convertir Groenlandia en territorio estadounidense. Jacob Heinel Jensen, corresponsal de Berlingske, ironiza con que no se le diga al presidente que quien ha salido victorioso es el Reino de Dinamarca. La razón es sencilla: el acuerdo de defensa vigente desde los años cincuenta ya otorgaba a Estados Unidos amplias facultades militares en la isla. Lo que ahora se presenta como un logro histórico podría haberse obtenido sin crisis diplomática alguna.

Los expertos suecos coinciden. Niklas Granholm, director de investigación del FOI, subraya que no existe base para afirmar que el nuevo acuerdo prohibirá bases rusas o chinas en Groenlandia, porque esa posibilidad nunca estuvo sobre la mesa. Estados Unidos, de hecho, ya podía garantizar ese escenario bajo el marco anterior. La diferencia es política, no jurídica: la tensión creada por Trump obligó a los aliados europeos a enviar tropas a Groenlandia en señal de respaldo y a demostrar que la OTAN no toleraría una amenaza a la soberanía de un Estado miembro. La crisis llegó a un punto en el que se temió que un ataque estadounidense a Dinamarca —por absurdo que pareciera— pudiera fracturar la alianza.

El acuerdo que ahora se perfila desactiva ese riesgo. Preserva la integridad territorial de Dinamarca y Groenlandia, garantiza que la isla podrá decidir su futuro político sin presiones externas y mantiene la cooperación estratégica con Estados Unidos incluso en un escenario de independencia groenlandesa. Para Washington, es un resultado funcional; para la OTAN, un alivio; para Dinamarca y Groenlandia, una reafirmación de soberanía. Para Trump, en cambio, supone un retroceso respecto a sus exigencias iniciales, que incluían mapas con Groenlandia integrada en Estados Unidos y la convicción de que la población local aceptaría encantada esa anexión.

La reacción de la OTAN confirma la lectura europea. La alianza celebró el acuerdo como un avance para la seguridad y la estabilidad en el Ártico, y es previsible que tanto su secretario general como líderes europeos lo presenten como una muestra de la “capacidad negociadora” de Trump, una fórmula diplomática para evitar nuevas tensiones antes de la firma. Pero el fondo es claro: la crisis se ha resuelto dentro del marco multilateral, no mediante la presión unilateral estadounidense.

Nada de esto elimina las tensiones geopolíticas en el Ártico. Rusia, Estados Unidos y China siguen disputándose influencia en una región estratégica marcada por rutas marítimas emergentes, recursos naturales y posiciones militares clave. Groenlandia, como recuerda Granholm, es una pieza central en esa evolución. Pero el acuerdo que se perfila demuestra que, incluso en un contexto de competencia global, la soberanía de los pequeños actores y la cohesión de las alianzas pueden imponerse a los impulsos de un líder que creyó posible reconfigurar el mapa del Ártico a golpe de declaración.


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