Pulsa «Intro» para saltar al contenido

El error histórico del exilio cubano: confiar en que Estados Unidos liberaría a Cuba

La historia ha demostrado una y otra vez que Washington nunca ha estado dispuesto a asumir ese costo, y que la libertad de Cuba no ha sido, ni es, una prioridad estratégica para la política estadounidense. Foto © PLC

Por Humberto López y Guerra

Estocolmo. PLC. Opinión | Desde 1959, el exilio cubano ha vivido aferrado a una convicción que, repetida durante décadas, terminó convirtiéndose en una forma de autoengaño político: la idea de que Estados Unidos, por razones morales, estratégicas o geopolíticas, acabaría interviniendo para liberar a Cuba del régimen instaurado por Fidel Castro. Esa expectativa, alimentada por la Guerra Fría, por la retórica anticomunista y por la cercanía geográfica, se convirtió en un mito fundacional del exilio. Pero la historia ha demostrado una y otra vez que Washington nunca ha estado dispuesto a asumir ese costo, y que la libertad de Cuba no ha sido, ni es, una prioridad estratégica para la política estadounidense.

Hoy, con Donald Trump nuevamente en la Casa Blanca, ese viejo error reaparece con fuerza. Sectores del exilio, especialmente los concentrados en Miami, vuelven a depositar sus esperanzas en que una administración republicana será la que finalmente “resuelva” el problema cubano. La narrativa es conocida: Trump es impredecible, duro, pragmático, y podría hacer lo que otros presidentes no hicieron. Pero esta expectativa, más emocional que racional, repite el mismo patrón histórico: confiar en que un presidente estadounidense actuará por Cuba, cuando la evidencia demuestra que ningún mandatario —demócrata o republicano— ha estado dispuesto a cruzar la línea de la intervención directa.

Parte de este fenómeno se explica por la estructura política del exilio en Miami. Allí, los descendientes de cubanos que ya no vivieron la isla, pero heredaron la causa, han logrado posiciones de poder en el Partido Republicano y en el Congreso. Marco Rubio y María Elvira Salazar son los rostros más visibles de esa narrativa, pero no están solos. A su alrededor existe una constelación de políticos cubano‑americanos que, desde distintos niveles, han influido en la política hacia Cuba: Mario Díaz‑Balart y Carlos Giménez en la Cámara de Representantes; Ted Cruz en el Senado; Nicole Malliotakis en Nueva York; Maxwell Alejandro Frost desde el ala demócrata; y figuras históricas como Ileana Ros‑Lehtinen, Lincoln Díaz‑Balart y Mel Martínez, que durante décadas moldearon el discurso del exilio en Washington. A ellos se suman actores de política exterior como Mauricio Claver‑Carone, Alejandro Mayorkas o Carlos Pascual, y líderes locales como Francis Suárez y Tomás Regalado, que han convertido a Miami en un laboratorio político del exilio.

La presencia de todos estos nombres genera la ilusión de que Cuba es un tema central en la agenda estadounidense. Pero la realidad es otra. Ninguno de ellos, por influyente que sea, puede forzar a Estados Unidos a intervenir militarmente ni a ejecutar acciones directas para derribar al régimen de La Habana. Su poder es real, pero limitado. Su influencia es visible, pero insuficiente. La política exterior estadounidense responde a intereses nacionales, no a causas morales heredadas del exilio. Y Cuba, desde hace décadas, dejó de ser un interés estratégico para Washington. Ni la crisis humanitaria, ni la represión, ni el colapso económico han cambiado esa ecuación.

La historia reciente de Europa del Este ofrece una lección que el exilio cubano rara vez asume: los pueblos que lograron liberarse de dictaduras comunistas lo hicieron porque se levantaron desde dentro. Polonia, Rumanía, Alemania Oriental: todos esos procesos tuvieron un elemento externo, sí, pero la chispa decisiva fue interna. La caída del Muro de Berlín no fue obra de Washington, sino de los alemanes orientales que se lanzaron a las calles. Y aun así, es cierto que nada de eso habría sido posible sin la Perestroika de Gorbachov, sin un cambio estructural en el poder que sostenía a esos regímenes. La libertad llegó porque coincidieron dos fuerzas: la presión popular y la fractura del sistema que los dominaba.

En Cuba, esa combinación aún no existe. El régimen mantiene cohesión interna, control militar y un aparato represivo eficaz. Pero el error del exilio ha sido esperar que la fractura venga de afuera, que Estados Unidos haga el trabajo que solo el pueblo cubano puede iniciar. Ningún país liberará a Cuba. Ningún presidente estadounidense arriesgará vidas, recursos y estabilidad regional para resolver un conflicto que Washington considera manejado mediante sanciones y presión diplomática.

La libertad de Cuba solo será posible cuando el pueblo cubano, dentro de la isla, decida levantarse. Cuando la presión interna alcance un punto en que el régimen ya no pueda sostenerse. Cuando la sociedad cubana, agotada por décadas de crisis, encuentre la fuerza colectiva para romper el miedo. El exilio puede apoyar, denunciar, presionar, acompañar. Pero no puede sustituir la acción interna. Y Estados Unidos, por más que algunos quieran creerlo, no será el actor que derribe la dictadura.


Descubre más desde Prensa Libre Cuba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *