CUBA-EXPORTADOR DE REVOLUCIONES
Por Marta Pérez
Estocolmo. PLC. Opinión | Durante demasiado tiempo se ha querido presentar a la dictadura cubana como un problema exclusivamente interno: un régimen autoritario que viola los derechos de los cubanos, pero cuya naturaleza represiva terminaría en las costas de la isla.
La historia demuestra algo muy diferente.
El castrismo nunca se conformó con controlar Cuba. Desde sus primeros años convirtió al Estado cubano en instrumento de un proyecto político internacional que envió soldados a guerras extranjeras, entrenó revolucionarios, apoyó movimientos guerrilleros y puso a Cuba al servicio de los intereses estratégicos de la Unión Soviética.
Por eso considero que la discusión abierta nuevamente en Washington sobre el peligro que representa el régimen cubano para la seguridad regional no puede despacharse simplemente como “retórica estadounidense”.
Hay hechos históricos que obligan, como mínimo, a tomarla en serio.
Angola: cuando La Habana decidió hacer la guerra en África.
Angola es probablemente la demostración más contundente.
Antes incluso del gran despliegue militar de 1975, Cuba llevaba años apoyando al MPLA. Documentos desclasificados del Departamento de Estado estadounidense estimaban que varios centenares de cuadros del movimiento habían recibido entrenamiento cubano y que, para octubre de 1975, había entre 1.200 y 1.900 militares cubanos en Angola.
La intervención crecería enormemente durante los años siguientes. La propia narrativa oficial cubana reconoce la participación de cientos de miles de cubanos, entre militares y personal civil, durante los años que duró la intervención.
La Habana denominó aquello “internacionalismo”. Yo prefiero plantear una pregunta mucho más sencilla:
¿Quién autorizó al régimen a disponer de las vidas de miles de cubanos para librar una guerra a miles de kilómetros de nuestra patria?
No fueron los ciudadanos.
No existió un debate parlamentario democrático. No hubo oposición legal. No hubo prensa independiente capaz de fiscalizar aquella decisión. No hubo elecciones en las que el pueblo pudiera sustituir a los responsables si rechazaba su política exterior.
Fidel Castro decidió y Cuba obedeció.
También debemos reconocer el contexto histórico: las fuerzas cubanas combatieron contra adversarios respaldados por la Sudáfrica del apartheid. Ocultar ese elemento debilitaría, en lugar de fortalecer, nuestra argumentación.
Pero reconocerlo no convierte automáticamente en democrática ni legítima la decisión de una dictadura de enviar a sus ciudadanos a una guerra extranjera.
Etiopía: Angola no fue una excepción
Después llegó Etiopía.
En la guerra del Ogadén, fuerzas cubanas participaron junto a Etiopía dentro de una estructura militar en la que la Unión Soviética desempeñaba un papel central.
Documentación estadounidense desclasificada describe unidades cubanas participando directamente en operaciones militares y una estructura de planificación en la que intervenían soviéticos, cubanos y etíopes.
Aquí aparece una característica fundamental para comprender al castrismo:
Cuba se convirtió en una herramienta de proyección internacional del bloque soviético muy superior a lo que cabría esperar de un país pequeño y económicamente dependiente.
Ese precedente importa hoy.
América Latina también conoció la exportación revolucionaria
La intervención castrista no se limitó a África ni requirió siempre divisiones militares.
Durante diferentes períodos de la Guerra Fría, Cuba proporcionó distintos grados de entrenamiento, apoyo político, refugio, propaganda y asistencia a organizaciones revolucionarias de izquierda en América Latina.
El alcance de esa participación varió considerablemente según el país y la época. La documentación histórica muestra además que el apoyo directo cubano a insurgencias armadas disminuyó en determinados períodos.
Ese matiz es importante.
Pero reconocer los matices tampoco significa borrar la historia: el régimen cubano utilizó recursos y estructuras del Estado para respaldar movimientos revolucionarios fuera de las fronteras nacionales.
2026: Washington vuelve a señalar el peligro
Ese pasado adquiere especial relevancia ahora.
El 29 de enero de 2026, el presidente Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva 14380, Addressing Threats to the United States by the Government of Cuba, declarando que determinadas políticas, prácticas y acciones del régimen cubano constituyen una amenaza “inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional y la política exterior estadounidense.
Fuente oficial: Orden Ejecutiva de la Casa Blanca — Addressing Threats to the United States by the Government of Cuba
La administración Trump señala específicamente las relaciones del régimen con Rusia, China e Irán y sostiene que La Habana ha profundizado determinadas formas de cooperación militar y de inteligencia con adversarios estratégicos de Estados Unidos.
Combine también precisar que: estas son afirmaciones y evaluaciones oficiales de la administración estadounidense. La existencia de la orden es un hecho; las acusaciones concretas contenidas en ella deben contrastarse y evaluarse según las evidencias disponibles.
Pero tampoco estamos obligados a ignorarlas.
No estamos ante una frase pronunciada durante un mitin electoral. Estamos ante una posición formal de la actual administración estadounidense sobre la seguridad nacional.
El problema no terminó con la Unión Soviética
Aquí está, a mi juicio, la cuestión central.
En el siglo XXI, un Estado no necesita enviar 20.000 soldados a otro país para ejercer influencia o representar un riesgo para sus vecinos.
La proyección de poder contemporánea también puede realizarse mediante inteligencia, cooperación militar, asesoramiento, propaganda, influencia política, tecnología, operaciones de información y alianzas estratégicas.
Y Cuba ocupa una posición geográfica excepcional en el Caribe.
Si un régimen con el historial internacional del castrismo profundiza su cooperación estratégica con potencias autoritarias enfrentadas a las democracias occidentales, considero perfectamente legítimo que los países de las Américas presten atención.
No porque Donald Trump lo diga.
Porque la historia cubana obliga a hacerlo.
El régimen nunca tuvo derecho a convertir Cuba en su propiedad
Existe además una dimensión que considero todavía más importante.
Cada soldado enviado a Angola o Etiopía era cubano.
Cada recurso destinado a aquellas intervenciones pertenecía, en última instancia, a Cuba.
Y cada una de aquellas grandes decisiones internacionales se tomó en nombre de un pueblo al que simultáneamente se le negaba el derecho elemental de elegir libremente a sus gobernantes.
Ese es el hilo conductor del sistema.
El castrismo se apropió del país.
Decidió quién podía hablar.
Quién podía publicar.
Quién podía organizarse políticamente.
Quién podía salir de Cuba.
Y también decidió dónde debían combatir los cubanos y qué revoluciones extranjeras merecían los recursos de nuestra nación.
Por eso rechazo que aquellas intervenciones sean presentadas simplemente como capítulos románticos del llamado “internacionalismo cubano”.
La solidaridad verdadera es voluntaria. La obediencia impuesta por una dictadura no lo es.
Una Cuba libre también significa unas Américas más seguras
No debemos afirmar que la Cuba empobrecida de 2026 posee la misma capacidad de intervención militar que tuvo durante la Guerra Fría.
No es necesario exagerar para denunciar al castrismo.
El argumento contra el régimen es suficientemente fuerte cuando se sostiene sobre hechos.
Existe un precedente histórico documentado de intervención militar cubana, apoyo a movimientos revolucionarios y utilización de Cuba dentro de las estrategias geopolíticas de la Unión Soviética.
Y ahora existe una administración estadounidense que ha elevado formalmente sus preocupaciones sobre las actividades y alianzas internacionales del régimen al nivel de la seguridad nacional.
Cada acusación concreta deberá probarse.
Cada información deberá verificarse.
Pero sería igualmente irresponsable olvidar la historia y aceptar nuevamente la idea de que lo que ocurre en Cuba solamente afecta a los cubanos.
La dictadura cubana ha demostrado durante más de seis décadas que sus ambiciones políticas nunca terminaron necesariamente en las costas de la isla.
La democratización de Cuba, por tanto, no es únicamente una necesidad para nosotros, los cubanos.
Una Cuba democrática significaría una nación donde ningún gobernante pueda enviar soldados a una guerra extranjera sin rendir cuentas; donde los recursos públicos no puedan utilizarse para exportar una ideología; y donde las alianzas internacionales respondan al interés nacional y no a la supervivencia de un partido único.
La futura Cuba no necesita exportar revoluciones.
Necesita recuperar su propia libertad.
Y una Cuba libre, democrática y soberana no solamente será mejor para los cubanos.
También contribuirá a unas Américas más estables, democráticas y seguras.
Descubre más desde Prensa Libre Cuba
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.












Sé el primero en comentar