CUBA-HISTORIA
Redacción Central – Análisis
Estocolmo. PLC Análisis | Octubre de 1962 permanece como uno de los momentos más peligrosos de la historia contemporánea. Durante trece días, el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear después de que Estados Unidos descubriera que la Unión Soviética estaba instalando misiles nucleares en Cuba, a escasa distancia del territorio estadounidense.
La Crisis de los Misiles terminó mediante una negociación entre John F. Kennedy y Nikita Jrushchov. Moscú aceptó desmontar y retirar los misiles soviéticos desplegados en Cuba. Washington asumió el compromiso de no invadir la Isla y, paralelamente, mediante un entendimiento mantenido en secreto, aceptó retirar posteriormente los misiles Júpiter instalados en Turquía.
Aquello evitó una guerra de consecuencias imprevisibles y estableció, además, una frontera histórica en las relaciones entre Washington y La Habana.
Porque antes de octubre de 1962 Estados Unidos sí había participado activamente en esfuerzos destinados a acabar con el Gobierno de Castro. La invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, y la Operación Mongoose pertenecen a esa fase anterior de la confrontación.
Durante la propia Crisis de los Misiles, Washington contempló alternativas militares mucho más graves. Kennedy tuvo sobre la mesa opciones que incluían ataques contra las instalaciones soviéticas e incluso una invasión de Cuba. Finalmente optó por el bloqueo naval, denominado oficialmente “cuarentena”, y por una salida negociada.
El acuerdo alcanzado con Jrushchov modificó el escenario. La parte referente a Turquía permaneció secreta durante años, hasta que la desclasificación de documentos permitió conocer con mayor precisión el intercambio que facilitó la solución de la crisis.
Por eso no debe proyectarse automáticamente la política estadounidense anterior a octubre de 1962 sobre las décadas posteriores. Después de la crisis, Washington mantuvo y amplió su política de presión económica, aislamiento y contención del régimen cubano, pero el enfrentamiento estratégico entró en una etapa distinta.
Y es precisamente allí donde comienza una de las mayores contradicciones de la narrativa histórica del castrismo.
Cuba quedó protegida por el equilibrio surgido de la Crisis de los Misiles, pero el Gobierno de Castro no utilizó esa seguridad para encerrarse dentro de sus fronteras. Por el contrario, convirtió la política exterior cubana en una de las más intervencionistas de América Latina durante la Guerra Fría.
La Revolución aspiraba a proyectarse internacionalmente.
Desde los años sesenta, La Habana promovió o respaldó movimientos revolucionarios en América Latina y África. Che Guevara intentó impulsar la lucha armada en el Congo y posteriormente en Bolivia. Cuba proporcionó respaldo a organizaciones insurgentes latinoamericanas y convirtió el llamado “internacionalismo” en parte esencial de su política exterior.
Pero fue en África donde esa política alcanzó dimensiones militares extraordinarias.
En Angola, Cuba intervino desde 1975 en apoyo del MPLA y su presencia se prolongó hasta 1991. Decenas de miles de militares cubanos estuvieron desplegados durante distintas etapas del conflicto, en una de las mayores operaciones militares exteriores emprendidas por un país latinoamericano durante el siglo XX.
Después llegó Etiopía. Durante la guerra del Ogadén de 1977-1978, fuerzas cubanas combatieron en apoyo del Gobierno etíope frente a Somalia. Análisis estadounidenses desclasificados identificaban entre las motivaciones de La Habana tanto las convicciones revolucionarias de Castro como la alianza estratégica con Moscú y la voluntad de garantizar el triunfo de gobiernos aliados de Cuba y la Unión Soviética.
La presencia cubana alcanzó también otros escenarios africanos y Oriente Medio. Hubo apoyo e intervención en Argelia y el Congo y participación cubana junto a Siria en el contexto de la guerra árabe-israelí de 1973.
En América Latina el método fue generalmente diferente. No se trataba de enviar grandes contingentes militares como en Angola, sino de apoyar movimientos revolucionarios y organizaciones guerrilleras que pretendían alcanzar el poder mediante las armas.
Todo esto obliga a revisar críticamente una narrativa cultivada durante décadas por el Gobierno cubano: la de una pequeña nación pacífica permanentemente acosada por una potencia imperial.
Cuba fue, indiscutiblemente, objeto de acciones hostiles estadounidenses. Pero fue también protagonista activa de la Guerra Fría.
La Habana apoyó revoluciones, intervino militarmente fuera de sus fronteras y convirtió su alianza con la Unión Soviética en instrumento para adquirir una influencia internacional inmensamente superior a la que correspondía al tamaño de la Isla.
La génesis del embargo debe contemplarse también dentro de ese contexto.
Las tensiones económicas comenzaron a agravarse después de las nacionalizaciones realizadas por el Gobierno revolucionario, incluidas propiedades estadounidenses, las disputas sobre las compensaciones, las restricciones comerciales y el progresivo alineamiento de La Habana con Moscú. La Administración de Dwight Eisenhower inició las restricciones económicas y John F. Kennedy amplió formalmente el embargo comercial en febrero de 1962.
El embargo no apareció, por tanto, aislado de los acontecimientos políticos y estratégicos de aquellos años.
Pero tampoco debe falsificarse la historia en dirección contraria. Documentos estadounidenses desclasificados demuestran que Washington pretendió utilizar la presión económica para generar dificultades internas que debilitaran al Gobierno revolucionario. Décadas después, el resultado obliga a reconocer que las sanciones no consiguieron democratizar Cuba ni acabar con el régimen.
Ese fracaso no elimina, sin embargo, las razones de seguridad que explican históricamente la profunda desconfianza estadounidense hacia La Habana.
En 1962, la Unión Soviética consiguió instalar armas nucleares en territorio cubano. En las décadas siguientes, Cuba envió militares a conflictos extranjeros y apoyó movimientos revolucionarios en diversos continentes. La discusión historiográfica sobre cuánto de aquella política respondía directamente a los intereses soviéticos y cuánto a las propias ambiciones internacionales de Castro continúa siendo pertinente. Las investigaciones muestran que existieron ambos componentes.
Precisamente por eso resulta demasiado simplista describir toda la política estadounidense hacia Cuba como producto de una obsesión irracional de Washington contra la Revolución.
La cuestión actual es diferente: determinar si una política diseñada fundamentalmente para las realidades de la Guerra Fría continúa siendo eficaz más de seis décadas después.
Se puede considerar que Estados Unidos tenía razones justificadas para establecer un cordón de seguridad frente a un régimen estrechamente aliado con Moscú, que permitió el despliegue de armas nucleares soviéticas y que posteriormente desarrolló una activa política de intervención exterior. Pero de ahí no se desprende automáticamente que todas las sanciones establecidas durante aquel período continúen siendo hoy instrumentos eficaces o convenientes.
La memoria histórica tampoco puede ser selectiva. El régimen cubano recuerda constantemente Bahía de Cochinos, las operaciones encubiertas estadounidenses, el embargo y la hostilidad de Washington. Tiene derecho a incorporarlos a su relato histórico porque ocurrieron.
Lo que no puede hacer es detener el reloj en octubre de 1962.
Después vinieron Angola, Etiopía, el Congo, Oriente Medio y el apoyo a movimientos revolucionarios latinoamericanos. Cuba dejó de ser únicamente escenario de la confrontación entre las superpotencias para convertirse en uno de sus protagonistas.
El mismo régimen que convirtió el principio de no intervención en uno de sus principales argumentos contra Estados Unidos pasó décadas interviniendo, directa o indirectamente, en conflictos y movimientos políticos fuera de sus fronteras.
La Crisis de los Misiles dejó al mundo una lección sobre los peligros de llevar la confrontación ideológica hasta el límite. También estableció un precario equilibrio que contribuyó a evitar que Cuba se convirtiera nuevamente en escenario de una confrontación militar directa entre Washington y Moscú.
Cuba proyectó durante décadas soldados, armas, asesores, ideología e influencia política hacia otros países. Esa historia forma parte inseparable de la Revolución, aunque resulte incómoda para quienes prefieren presentar al régimen exclusivamente como víctima.
Hoy puede y debe discutirse si el embargo estadounidense continúa teniendo sentido, si determinadas sanciones perjudican principalmente a los ciudadanos o si seis décadas de presión han demostrado los límites de esa estrategia.
Pero esa discusión será intelectualmente honesta únicamente si se acepta toda la historia.
Washington no fue inocente. La Habana tampoco.
Y cuando el régimen cubano exige que el mundo juzgue la política estadounidense por sus actos de hace sesenta años, debe estar igualmente dispuesto a que el mundo juzgue los suyos.
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