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La odisea de la infancia en Cuba

En un país donde una botella de aceite cuesta la mitad del salario, ¿cómo puede una persona invertir 500 pesos diarios en un refresco? Foto © Frank Abel /PLC

Por Frank Abel – Prensa Libre Cuba

La Habana. PLC. Opinión | Ser niño o niña en Cuba es una de las tareas más difíciles —y más tristes— que puede enfrentar un ser humano en esta pequeña isla del Caribe. Comer caramelos, galleticas, chocolates o cualquier confitura es un lujo que pocos padres pueden permitirse. Y ni hablar de los juguetes: incluso los más simples superan con facilidad los mil pesos.

Pocos niños cubanos tienen acceso a esas cosas. El elevado costo de la vida hace que para muchas familias sea imposible ofrecerles a sus hijos gustos tan elementales. No es falta de voluntad: es la obligación de escoger entre poner un plato de comida en la mesa o comprar algo que les haga felices. Lo otro, aunque duela y provoque lágrimas, tiene que esperar a que aparezca una oportunidad.

En un país donde una botella de aceite cuesta la mitad del salario, ¿cómo puede una persona invertir 500 pesos diarios en un refresco? Mucho menos costear un paseo, que además de la inevitable merienda incluye el precio del transporte. Si el pasaje de una sola persona en un taxi puede llegar a costar mil pesos, ¿cómo se supone que una familia pueda moverse?

No es que los padres cubanos sean exigentes o “ingreídos” y necesiten viajar en taxi para llevar a sus hijos a pasear. Lo que sucede es que, hoy, el transporte público prácticamente no existe. Ver un ómnibus es casi un milagro. Incluso para ir al trabajo la gente tiene que hacer maravillas.

Como a todos los niños del mundo, a los niños cubanos les gustan los dibujos animados y otros programas de televisión. Pero disfrutarlos —además de la pobre programación— es casi imposible en un país donde la mayor parte del tiempo no hay corriente. Y cuando la hay, muchas veces la señal televisiva no llega por problemas del servicio eléctrico. Usted podría decir: “Bueno, tienen Internet”. Pero ahí el asunto se complica aún más.

Acceder a Internet se ha convertido en uno de los problemas más críticos para los cubanos. La conexión es lenta y mala, y su costo es elevado. A esto se suman las limitaciones impuestas por la estatal Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (ETECSA). La situación llega al extremo de que cada cliente tiene derecho solo a 6 GB mensuales a precios “normales”; el resto debe pagarse a tarifas exorbitantes.

En fin, los niños cubanos viven en medio de un cerco impuesto por el propio gobierno de su país. Tienen derecho a la educación, pero los centros escolares están en pésimas condiciones, y la alimentación en ellos es insuficiente. Tienen derecho a la salud, pero no hay medicinas; o mejor dicho, las hay en el mercado negro, porque la corrupción las desvía hacia allí y no hacia las farmacias ni los hospitales. Tienen derecho a la niñez porque nacieron niños, pero no a la felicidad.

Otros, no pocos, ni siquiera tienen derecho a crecer en su país. El capricho de quienes lo han destruido y usurpado durante más de sesenta años ha obligado a sus padres a emigrar, dejando atrás una infancia que nunca debió convertirse en una odisea.


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