El poder y los relojes suizos en Cuba: tradición, símbolos y rutas ocultas de acceso
CUBA-CORRUPCIÓN
REPORTAJE
Estocolmo. PLC Reportaje | La presencia de relojes suizos de lujo en la élite cubana no es un fenómeno nuevo ni accidental. Es un símbolo histórico de poder que atraviesa generaciones, desde los tiempos de Fidel Castro hasta la cúpula militar y política actual. Pero mientras las estadísticas oficiales de comercio entre Suiza y Cuba muestran un desplome dramático en las importaciones de relojes durante 2026, la evidencia visual y testimonial indica que los altos cargos y la familia Castro siguen luciendo piezas de alto valor. La contradicción revela un sistema de acceso paralelo, opaco y profundamente ligado a la estructura del poder en la isla.
En 2025, Suiza exportó a Cuba 1,4 millones de francos en relojes. La cifra, aunque modesta en términos globales, es suficiente para incluir relojes de lujo en cantidades pequeñas pero significativas. Un Rolex Submariner ronda los 10.000 francos; un Day‑Date, el modelo preferido por líderes políticos en todo el mundo, supera los 30.000; un Patek Philippe Nautilus puede alcanzar los 60.000. Con 1,4 millones de francos, Cuba pudo haber importado decenas de relojes de gama alta o una combinación de piezas de lujo y relojes de gama media. Las estadísticas aduaneras no distinguen marcas ni modelos, pero el volumen permite la posibilidad real de que parte de esas importaciones correspondiera a relojes destinados a la élite.
La tradición está documentada. Fidel Castro usaba dos Rolex simultáneamente y regalaba relojes suizos a sus hombres de confianza como gesto de lealtad. En la cultura interna del poder revolucionario, el reloj suizo se convirtió en un emblema silencioso de jerarquía. No era ostentación: era señal de pertenencia al círculo más estrecho. Ese código simbólico sobrevivió al fundador y se trasladó a la nueva generación de dirigentes.
Las imágenes públicas lo confirman. Miguel Díaz‑Canel ha sido fotografiado con relojes suizos de gama media y alta. Luis Alberto Rodríguez López‑Callejas, el fallecido jefe de GAESA, lucía piezas de lujo reconocibles. Su hijo, Raúl Guillermo Rodríguez Castro (El Cangrejo), Generales, ministros y altos funcionarios exhiben relojes que no se corresponden con los salarios oficiales ni con la austeridad que el discurso estatal exige a la población. La élite cubana sigue usando relojes suizos de lujo, incluso cuando el comercio oficial se desploma.
La caída de las importaciones en 2026 es abrupta. En el primer semestre, Suiza exportó apenas 357.000 francos en relojes a Cuba, una cifra demasiado baja para sostener un mercado formal de lujo. La explicación está en la crisis financiera cubana y en el miedo de los bancos internacionales a procesar pagos vinculados a la isla. Las empresas suizas reportan impagos sistemáticos, transferencias bloqueadas y operaciones rechazadas por temor a sanciones estadounidenses. El comercio oficial se asfixia, pero el acceso de la élite a bienes de lujo no desaparece: simplemente se desplaza hacia canales informales.
Los relojes de lujo que aparecen en las muñecas de los dirigentes cubanos quizá no llegan por importación estatal. Tal vez llegan por rutas paralelas: viajes personales a Panamá, México o Emiratos; compras en zonas francas; intermediarios privados; operaciones de GAESA que no figuran en estadísticas suizas. El colapso del comercio formal no afecta a quienes tienen acceso a estas vías alternativas.
Mientras la población enfrenta apagones, escasez y una inflación que devora salarios, los relojes suizos siguen marcando el tiempo en las oficinas del poder. No son solo objetos de lujo: son recordatorios de una estructura jerárquica que se reproduce incluso en medio del colapso económico. La tradición iniciada por Fidel Castro persiste, pero ahora se sostiene en un sistema de acceso clandestino que escapa a las estadísticas y a la transparencia.
El desplome de las importaciones suizas muestra el deterioro del comercio formal, pero no el fin de los privilegios. En Cuba, el tiempo del poder sigue corriendo en relojes suizos, aunque el país ya no pueda pagarlos oficialmente. Es una metáfora precisa de la crisis: el reloj del Estado se detiene, pero el de la élite sigue funcionando.
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