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En Cuba, el Día Internacional de las Personas Mayores es una burla cruel

Los mayores son el grupo más vulnerable del país. La pensión media ronda los 2.000 a 2.200 pesos, equivalentes a cinco o seis dólares al tipo de cambio informal. Foto © PLC

Redacción Central

La Habana. PLC- Análisis | El primero de octubre, Día Internacional de las Personas Mayores, llega a Cuba envuelto en actos oficiales, mensajes de congratulación y reportajes de la prensa estatal que celebran supuestos avances en la atención a la tercera edad. La agencia IPS reproduce declaraciones de funcionarios y organizaciones afines que hablan de “protección”, “acompañamiento” y “políticas inclusivas”. Pero la realidad que viven los mayores en la Isla es exactamente la contraria: precariedad extrema, abandono institucional y una crisis económica que golpea con más fuerza a quienes ya no pueden defenderse.

Cuba es el país más envejecido de América Latina. Más del 23% de la población supera los 60 años y la tendencia se acelera por el éxodo masivo de jóvenes. En teoría, este escenario debería convertir a la tercera edad en prioridad nacional. En la práctica, los mayores son el grupo más vulnerable del país. La pensión media ronda los 2.000 a 2.200 pesos, equivalentes a cinco o seis dólares al tipo de cambio informal. Incluso con los aumentos anunciados para 2025, la mayoría de los jubilados no supera los diez o doce dólares mensuales. La canasta básica, por persona, supera los 12.000 pesos. La ecuación es brutal: la pensión cubre apenas una fracción mínima de lo necesario para alimentarse, sin contar medicamentos, transporte, electricidad o productos de higiene.

Foto © PLC

La escena cotidiana es el verdadero retrato del país. Ancianos que venden cigarros sueltos, bolsas de nylon o cualquier objeto recuperado de la basura. Personas mayores que caminan kilómetros porque no pueden pagar un ómnibus. Jubilados que esperan horas en farmacias vacías para descubrir que el medicamento que necesitan no llegará ese mes. La frase que se escucha en barrios de Santiago, Camagüey o La Habana es siempre la misma: “Si compro jabón, no como”. No es una metáfora: es la vida diaria de cientos de miles de cubanos.

Mientras tanto, los medios oficialistas celebran el Día Internacional de las Personas Mayores con actos simbólicos, conversatorios y promesas de programas sociales que nunca se materializan. La narrativa insiste en que el Estado “no abandona a nadie”, pero la realidad es que la supervivencia de los mayores depende de remesas, familiares emigrados o trabajos informales que deberían ser impensables para personas de 70 u 80 años. El Gobierno presenta como logro la posibilidad de que los jubilados cobren pensión y salario simultáneamente, cuando en realidad es una confesión: la pensión no alcanza para vivir.

La crisis energética agrava aún más la situación. Los apagones prolongados afectan a quienes necesitan refrigeración para medicamentos, ventilación para problemas respiratorios o simplemente luz para moverse con seguridad. La escasez de transporte público deja a muchos mayores aislados, incapaces de llegar a consultas médicas o a los pocos mercados donde aún se encuentran productos básicos. La inflación pulveriza cualquier ingreso fijo y convierte cada día en una carrera de resistencia.

El discurso oficial sobre la tercera edad es, en esencia, una operación de maquillaje. Se habla de “programas comunitarios”, “casas de abuelos” y “atención diferenciada”, pero la infraestructura está colapsada, los recursos son mínimos y el personal especializado es insuficiente. La mayoría de los centros para mayores funcionan como depósitos humanos donde no hay comida, medicamentos ni condiciones mínimas. La soledad, el deterioro físico y la desesperanza son parte del paisaje.

El Día Internacional de las Personas Mayores debería ser una jornada para reconocer la dignidad de quienes sostuvieron el país durante décadas. En Cuba, se ha convertido en un ejercicio de propaganda que oculta la tragedia de un sector que vive en la frontera de la indigencia. La tercera edad no es prioridad: es víctima. Y mientras el Gobierno celebra, los mayores sobreviven como pueden, en un país donde envejecer se ha convertido en una condena.


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