CUBA-MEDIO AMBIENTE
Redacción Central
La Habana. PLC | Cuba confirmó por primera vez la presencia en su litoral de una especie de microalga tóxica asociada a la ciguatera, una intoxicación alimentaria frecuente en zonas tropicales y subtropicales. El hallazgo proviene de un estudio internacional en el que participaron especialistas del Centro de Estudios Ambientales de Cienfuegos, junto a instituciones científicas de España y México, cuyos resultados fueron publicados en la revista ACS Environmental Au.
La investigación identificó seis especies del género Gambierdiscus, productoras de ciguatoxinas, tras analizar muestras tomadas en el litoral habanero. Entre ellas destaca la detección inédita de Gambierdiscus australes en aguas cubanas y del mar Caribe, mientras que Gambierdiscus caribaeus fue la especie más común en las muestras procesadas. En total, los equipos científicos lograron aislar 35 cepas monoclonales de microalgas bentónicas.
Los análisis químicos revelaron además la presencia de metabolitos como la gambierona y la 44‑metilgambierona, compuestos que amplían el mapa de biodiversidad tóxica en la región y confirman que el Caribe alberga una variedad mayor de la que se había documentado hasta ahora. El estudio contó con financiamiento de la Agencia de Energía Nuclear y Tecnologías de Avanzada, así como con el respaldo de programas de investigación españoles y del proyecto europeo BlueShellfish.
La ciguatera es una intoxicación causada por el consumo de peces contaminados con ciguatoxinas, sustancias que se acumulan en los tejidos de especies que habitan arrecifes y zonas costeras. Los síntomas pueden incluir náuseas, vómitos, diarrea, dolor abdominal, hormigueo, entumecimiento, debilidad muscular y alteraciones cardiovasculares como la bradicardia. Aunque no suele ser mortal, su impacto en la salud es significativo y puede prolongarse durante semanas.
La confirmación de estas microalgas en aguas cubanas introduce un nuevo elemento de riesgo para la pesca y el consumo de especies marinas en la isla, en un contexto donde la vigilancia ambiental y la seguridad alimentaria ya enfrentan tensiones estructurales. El estudio abre la puerta a futuras investigaciones sobre la distribución de estas toxinas, su impacto en la cadena alimentaria y la necesidad de fortalecer los sistemas de monitoreo costero.
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