CUBA-HISTORIA
Redacción Central
La Habana. PLC | Durante más de seis décadas, el Gobierno cubano ha convertido la medicina, la investigación científica y la industria farmacéutica en piezas centrales de su relato político. Laboratorios, vacunas, medicamentos y centros de biotecnología aparecen habitualmente presentados como conquistas que comenzaron prácticamente desde cero después de enero de 1959.
La historia, sin embargo, es bastante más compleja.
Cuando Fidel Castro llegó al poder, Cuba no era un país sin farmacias, laboratorios, médicos ni tradición científica. Existía una industria farmacéutica nacional, convivían en el mercado empresas cubanas y extranjeras y funcionaba una extensa red privada de farmacias. La nacionalización revolucionaria no creó ese entramado original. Se apropió de buena parte de él, lo reorganizó bajo propiedad estatal y, décadas más tarde, construyó sobre esa base un sector biotecnológico diferente y mucho más especializado.
Una investigación publicada por la Association for the Study of the Cuban Economy ofrece cifras particularmente reveladoras sobre lo que existía antes de las expropiaciones. Los autores Juan Luis Aguiar Muxella y Luis Ernesto Mejer Sarrá sostienen que fueron expropiadas 2.260 farmacias, 60 fabricantes de medicamentos y 262 laboratorios cubanos. A ellos añaden 21 laboratorios estadounidenses, tres alemanes, tres suizos, dos españoles, dos canadienses y establecimientos franceses, neerlandeses e italianos. Los autores fundamentan parte de esos datos en el Directorio Telefónico de La Habana y las provincias de enero de 1959.
Son cifras que, por su procedencia y por haber sido divulgadas por investigadores vinculados al exilio, deben tratarse como lo que son: una reconstrucción histórica que requiere distinguir entre laboratorios de diversa escala, fabricantes propiamente dichos y establecimientos farmacéuticos. Pero incluso las fuentes publicadas dentro del sistema institucional cubano confirman el punto fundamental: la actividad farmacéutica comercial y productiva existía antes de la Revolución.
Un trabajo aparecido en Mediciego, publicación vinculada a la Universidad de Ciencias Médicas de Ciego de Ávila, reconoce expresamente que durante el período anterior a 1959 las farmacias y empresas de medicamentos se ocupaban de “la comercialización y producción de fármacos”. El estudio documenta que solamente en el municipio de Ciego de Ávila había 11 farmacias desde la década de 1940, que en 1956 sumaban 27 y que 28 fueron intervenidas después del triunfo revolucionario.
El fenómeno tampoco surgió en los años cincuenta.
La historia de la farmacia cubana se remonta a siglos atrás. Un estudio académico de Armando Rangel Rivero publicado por Asclepio, revista del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, reconstruye el desarrollo de la farmacia cubana desde la época colonial hasta 1950 y demuestra la existencia de una larga evolución profesional, académica y científica anterior al castrismo.
Entre los nombres históricos aparece Francisco Taquechel Mirabal, cuya farmacia y laboratorio fueron fundados en 1898 en la calle Obispo de La Habana y adquirieron prestigio por sus productos. Una reconstrucción histórica sitúa además a Ernesto Sarrá Hernández, Teodoro Johnson Anglada y Francisco Taquechel Mirabal entre los protagonistas del negocio farmacéutico y de laboratorios de aquella Cuba.
Es decir, varias décadas antes de que la propaganda pudiera hablar de una “potencia médica socialista”, ya había en la República empresarios farmacéuticos, laboratorios, profesionales especializados y una industria de medicamentos.
También había ciencia.
El desarrollo médico cubano anterior a 1959 produjo figuras que continúan formando parte del propio panteón científico reconocido actualmente por las instituciones estatales.
Ángel Arturo Aballí Arellano, graduado de Medicina en 1901, realizó estudios y trabajos en hospitales de Estados Unidos y amplió posteriormente su formación en Francia, Italia y Alemania. A su regreso desarrolló la pediatría cubana, creó en el Hospital Nuestra Señora de las Mercedes el primer servicio de clínica infantil del país y organizó un laboratorio clínico, un departamento de dietética y un laboratorio de anatomía patológica. Una página institucional del propio sistema cubano de salud reconoce además que bajo su dirección se introdujeron técnicas diagnósticas y terapéuticas avanzadas para aquella época.
Esta tradición obliga a desmontar una simplificación muy extendida: confundir los avances científicos producidos después de 1959 con el supuesto nacimiento de la medicina y de la industria farmacéutica cubanas.
También sería históricamente incorrecto ir al extremo contrario y sostener que la Cuba de 1958 poseía una industria equivalente a la sofisticada biotecnología que posteriormente desarrolló el Estado. No la tenía.
La propia trayectoria posterior permite comprobarlo. Una reseña sobre cooperación industrial explica que a finales de los años setenta Cuba todavía dependía de importaciones de vacunas y medicamentos y que en 1978 comenzó un proyecto de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, UNIDO, con participación de la compañía india Sarabhai Chemicals, para establecer una planta de síntesis química destinada a producir medicamentos genéricos. La instalación fue inaugurada en 1981.
Ese dato introduce una paradoja histórica interesante. Si la Revolución supuestamente había construido desde sus inicios una autosuficiente industria farmacéutica, ¿por qué veinte años después necesitaba cooperación internacional para instalar capacidades de síntesis química y ampliar la producción de medicamentos genéricos?
Desde los años ochenta, y especialmente con la creación de nuevos centros de investigación, Cuba realizó una apuesta considerable por la ingeniería genética, los anticuerpos monoclonales, las vacunas y otros productos biotecnológicos. Esa etapa produjo capacidades científicas que no existían con el mismo nivel tecnológico en 1958. Negarlo sería sustituir una propaganda por otra.
Pero también resulta insostenible afirmar que antes de 1959 prácticamente no existía una industria farmacéutica digna de ese nombre.
Incluso una fuente oficial cubana como EcuRed, aunque describe los laboratorios anteriores a 1959 de manera muy crítica y sostiene que muchos eran artesanales, admite que en el país se elaboraban medicamentos y que una parte importante del mercado estaba atendida por subsidiarias de compañías farmacéuticas transnacionales.
La discusión, por tanto, no consiste en determinar si toda la medicina se producía nacionalmente. Evidentemente no era así. Cuba importaba medicamentos, como por otra parte lo hacen hasta hoy numerosos países con industrias farmacéuticas importantes.
El verdadero asunto es otro: existía un sector farmacéutico nacional que fue nacionalizado.
La dimensión empresarial de la economía prerrevolucionaria tampoco era insignificante. El libro “Las empresas de Cuba 1958”, de Guillermo Jiménez Soler, obra publicada precisamente por la Editorial de Ciencias Sociales de Cuba, identificó 1.384 empresas representativas entre las existentes en 1958. De las seleccionadas, 295 pertenecían a la industria no azucarera y la mayoría eran propiedad de ciudadanos cubanos; 102 de las empresas incluidas pertenecían a extranjeros.
En el ámbito farmacéutico ocurrió después lo que sucedió con buena parte de esa economía privada: propiedad, instalaciones y empresas pasaron a manos estatales.
La investigación de ASCE señala que, además de farmacias, fabricantes y laboratorios, la Asociación Farmacéutica de Cuba fue intervenida el 18 de marzo de 1961. La misma documentación registra que la revista farmacéutica de 1958 contenía una relación de 3.624 farmacéuticos registrados en el país.
Ese último dato es especialmente incómodo para el relato del “año cero”. Un país con miles de profesionales registrados, centenares de laboratorios según esa fuente, fabricantes de medicamentos y más de dos mil farmacias no era un desierto farmacéutico esperando que la Revolución lo descubriera.
Era un sector existente que cambió radicalmente de modelo y de propietario.
La Revolución puede atribuirse la creación posterior de determinadas instituciones, la formación de nuevas generaciones de científicos, la inversión pública realizada en biotecnología y algunos medicamentos desarrollados bajo el sistema estatal. Pero no puede adjudicarse retrospectivamente la creación de una tradición científica y farmacéutica que la precedía por muchas décadas.
Esa diferencia resulta esencial para comprender la historia contemporánea de Cuba.
Después de 1959 hubo continuidad, ruptura y creación. Hubo instalaciones y conocimientos heredados; hubo expropiaciones y desaparición de la empresa farmacéutica privada; y hubo también, posteriormente, inversiones estatales que condujeron a una industria biotecnológica específica.
Reducir todo ese proceso a la frase “logro de la Revolución” no es historia. Es propaganda.
Cuba tenía médicos eminentes antes de Fidel Castro, tenía investigación médica, tenía farmacéuticos formados universitariamente, tenía farmacias, fabricantes y laboratorios, y tenía empresas nacionales que habían surgido sin necesidad de un Estado comunista.
La verdadera historia de la industria farmacéutica cubana, por tanto, no comienza el 1 de enero de 1959.
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