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Cuba, el país donde la crisis dejó de ser excepción y se convirtió en rutina

Cuba vive hoy en un estado de normalización del absurdo. Foto © PLC

Estocolmo. PLC Análisis | Cuba vive hoy en un estado de normalización del absurdo. La crisis energética, que comenzó hace años y se agravó con el embargo petrolero de Estados Unidos, ya no se comunica como una emergencia nacional sino como un pronóstico diario, similar al parte meteorológico. Granma publica cada mañana la “afectación prevista” como si anunciara lluvias dispersas: disponibilidad, demanda, déficit, unidades en avería, unidades en mantenimiento, parques solares, patanas fuera de servicio. La oscuridad dejó de ser noticia; es el clima político y social del país.

La naturalización del colapso energético es solo una pieza de un cuadro mayor. Cuba, una isla con tierra fértil, clima favorable y tradición agrícola, importa hoy el 80% de los alimentos que consume, y lo hace principalmente desde Estados Unidos, el “enemigo histórico” al que el discurso oficial acusa de genocida. La paradoja es tan evidente que ya roza lo surrealista: mientras el Gobierno denuncia el embargo, compra pollo, trigo, aceite, medicinas y productos básicos en el mercado estadounidense, porque no puede producirlos ni adquirirlos en otros mercados sin crédito ni solvencia. La libreta de abastecimiento, vigente desde 1962, ya no garantiza ni la mitad de las calorías necesarias para una dieta mínima.

La crisis se ha vuelto paisaje. Los apagones de 12, 18 o 24 horas son parte de la vida cotidiana. Los cubanos duermen en portales, parques o escaleras porque sus casas son hornos sin ventilación. Las universidades organizan cursos semipresenciales porque no hay electricidad ni transporte. Los hospitales operan con plantas eléctricas que fallan. Las escuelas ajustan horarios según la disponibilidad de combustible. El país funciona a medias, y el Gobierno lo comunica como si fuera normal.

A ello se suma la represión, también normalizada. El presidente Miguel Díaz‑Canel insiste en que “en Cuba no hay represión”, pero los hechos lo contradicen. Las protestas por apagones han terminado con detenciones, interrogatorios y vigilancia policial. Activistas, periodistas y ciudadanos comunes son citados, advertidos o encarcelados por publicar críticas en redes sociales. Las marchas espontáneas son disueltas con brigadas de respuesta rápida. Las leyes de comunicación y de seguridad del Estado permiten sancionar casi cualquier expresión disidente. La represión no es masiva, pero es constante, selectiva y suficiente para mantener el miedo. Es una represión de baja intensidad, pero de alta eficacia.

La economía, por su parte, opera en modo de supervivencia. La inflación devora salarios que ya no alcanzan para comprar arroz, aceite o huevos. El transporte público está colapsado. La producción agrícola se desplomó entre 2018 y 2023 en cifras que serían impensables en cualquier país que no estuviera en guerra: 95% menos de carne de cerdo, 87% menos de arroz, 70% menos de frijoles, 58% menos de leche. La industria azucarera, que alguna vez fue el orgullo nacional, produce hoy menos que en el siglo XIX. La pesca, en una isla rodeada de mar, es insignificante. La inversión estatal prioriza hoteles mientras el campo trabaja con bueyes y maquinaria de los años 70.

La crisis demográfica añade otra capa de absurdo: más de dos millones de cubanos han emigrado en los últimos años, dejando al país sin jóvenes, sin fuerza laboral y sin futuro. El Gobierno lo llama “movilidad”, pero es un éxodo. Las calles están llenas de ancianos; las escuelas, vacías; las familias, partidas. Cuba es hoy un país que se apaga, se vacía y se empobrece al mismo tiempo.

El surrealismo cubano no es literario, es político. Un país que podría autoabastecerse de alimentos depende del exterior. Un país que podría producir energía vive en apagón. Un país que proclama justicia social no garantiza lo básico. Un país que niega la represión encarcela a quienes protestan. Un país que se presenta como potencia médica no tiene medicinas. Un país que se dice soberano depende de compras en Estados Unidos. Un país que se declara socialista invierte más en hoteles que en agricultura. Un país que se dice en resistencia vive en resignación.

La crisis dejó de ser un evento y se convirtió en un sistema. La población, agotada, ha aprendido a sobrevivir en la oscuridad, en la escasez y en el silencio. El Gobierno, incapaz de resolver los problemas estructurales, ha optado por administrarlos y normalizarlos. Y el país entero se mueve entre la rutina del absurdo y la esperanza de un cambio que aún no llega.


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