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Cuba entra en su fase más crítica: un país exhausto ante el colapso económico y social

La PNR, la policía cubana reprime durante un acto multitudinario en La Habana. Foto de Archivo / Facebook

La Habana. PLC Análisis / Cuba atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia reciente. La combinación de un aparato productivo paralizado, un sistema energético al borde del derrumbe y una población sometida a niveles inéditos de precariedad ha configurado un escenario que analistas internacionales describen como “insostenible”. El país vive entre apagones interminables, escasez de alimentos, hospitales sin recursos y un éxodo que no cesa. La crisis, que durante años avanzó de forma gradual, ha entrado ahora en una fase acelerada y visible incluso para los aliados tradicionales del régimen.

El turismo, durante décadas la principal fuente de divisas, se ha desplomado hasta cifras que el propio Gobierno evita mencionar. Hoteles semivacíos, aerolíneas que reducen vuelos y cadenas internacionales que abandonan la isla dibujan un panorama desolador. La advertencia de Alemania, que desaconseja viajar a Cuba por la falta de combustible, la inseguridad y la imposibilidad de usar tarjetas internacionales, ha sido un golpe simbólico y económico. La ocupación hotelera, por debajo del 10%, confirma que el modelo turístico estatal, gestionado por conglomerados militares, ha perdido atractivo y viabilidad.

La crisis energética es el corazón del colapso. Con un déficit que supera los 2.000 megavatios, más de la mitad del país queda a oscuras durante horas. La falta de electricidad paraliza industrias, deteriora alimentos, impide operar hospitales y alimenta un clima de frustración social que se expresa en colas interminables, protestas espontáneas y un creciente sentimiento de abandono. La vida cotidiana se ha convertido en una sucesión de estrategias de supervivencia.

En paralelo, la emergencia humanitaria se agrava. Obispos y organizaciones independientes alertan de personas que pasan días sin comer y de desmayos en espacios públicos. Los hospitales carecen de agua, medicamentos y materiales básicos. La pobreza extrema alcanza a casi nueve de cada diez cubanos, según mediciones independientes. La inflación pulveriza salarios que ya no cubren ni una mínima parte de la canasta básica. El Estado, sin recursos y sin credibilidad, responde con controles, propaganda y detenciones selectivas.

En el plano internacional, las sanciones de Estados Unidos contra el conglomerado militar que controla buena parte de la economía cubana han profundizado el aislamiento del régimen. Washington apunta directamente a Miguel Díaz‑Canel y al entorno de Raúl Castro, mientras La Habana intenta retener inversiones extranjeras que se evaporan ante la inseguridad jurídica y la inviabilidad operativa. La reciente reaparición pública de Raúl Castro, tras su imputación en EE. UU., ha sido interpretada como un gesto defensivo más que como una señal de fortaleza.

La sociedad cubana, exhausta, vive entre la resignación y el hartazgo. La oposición, aunque fragmentada y reprimida, insiste en que el país se acerca a un punto de inflexión. Voces como la de Rosa María Payá sostienen que “nunca se ha estado tan cerca del cambio”, mientras el Gobierno intenta proyectar normalidad en medio de un deterioro que ya no puede ocultar.

Cuba se asoma a un escenario incierto. El colapso económico, la crisis energética y el desgaste político convergen en un momento en que la población ha perdido la confianza en las promesas oficiales. El país, atrapado entre la escasez y la falta de horizonte, enfrenta una pregunta que ya no puede posponerse: cómo salir de un modelo que ha dejado de funcionar incluso para quienes lo administran.


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