Estocolmo. PLC — La liberación de Manuel Cuesta Morúa, uno de los opositores más respetados del país, ha destapado un episodio que revela la crudeza de los métodos represivos del Estado cubano. El dirigente del Consejo para la Transición Democrática en Cuba regresó a su casa tras horas de desaparición forzada y lo hizo con un relato que ha estremecido a la sociedad civil: golpes, amenazas de muerte y un abandono deliberado en una zona despoblada de Artemisa. “Fue una trampa”, denunció, al explicar que todo comenzó con una citación falsa en la estación policial de Zanja.
Según su testimonio, agentes de la Seguridad del Estado lo detuvieron con violencia, lo esposaron y lo introdujeron en una patrulla donde recibió amenazas directas: “Te vamos a pegar un tiro en la cabeza si sigues apoyando las protestas”. En lugar de trasladarlo a un centro de detención, lo llevaron por la Autopista Nacional hasta un área boscosa, donde continuaron las agresiones, le rompieron el carnet de identidad y lo abandonaron sin documentos ni dinero. Cuesta Morúa logró regresar a La Habana por sus propios medios.
La historia de Cuesta Morúa se ha convertido en un símbolo incómodo para el Gobierno cubano. Su relato, directo y sin eufemismos, expone un patrón de intimidación que ya no se oculta y que busca frenar, a cualquier costo, el resurgir de la protesta ciudadana. En un país exhausto, donde la calle vuelve a hablar, la denuncia del opositor marca un punto de inflexión que La Habana no podrá ignorar.
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