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El régimen fabrica su relato: los sobrevivientes del tiroteo en aguas cubanas hablan bajo custodia y el caso se hunde en contradicciones

La exhibición de los sobrevivientes no aclara el caso. Lo oscurece. Y confirma, una vez más, que en Cuba la verdad nunca se busca en las declaraciones oficiales, sino en aquello que el régimen intenta ocultar detrás de ellas. Foto Belly of the Beast.

Redacción Central

Estocolmo. PLC | La exhibición pública de cuatro de los cinco sobrevivientes de la fallida incursión armada de febrero en aguas cubanas no revela la verdad del operativo: revela la estrategia del régimen. Por primera vez desde su captura, la Seguridad del Estado permitió que los detenidos fueran entrevistados por el medio Belly of the Beast, pero lo hizo bajo condiciones que anulan cualquier apariencia de transparencia. Los prisioneros fueron trasladados con uniformes naranjas, esposados, vigilados por altos mandos del MININT y sin acceso a abogados. En ese escenario controlado, sus testimonios —leídos con atención— no aclaran el caso: lo desmoronan.

Los cuatro hombres entrevistados, José Manuel Rodríguez Castelló, Christian Ernesto Acosta Guevara, Leordán Enrique Cruz Gómez y Conrado Galindo Sariol, ofrecen versiones incompatibles sobre casi todo: quién financió la operación, quién la organizó, quién reclutó a quién, quién disparó primero, quién sabía realmente lo que estaba ocurriendo y quién actuó bajo presión. El quinto detenido, Amijail Sánchez González, no habló, y el medio advierte que no se sabe si se negó o si no se le permitió hacerlo. La operación, que según el relato más enfático buscaba provocar un levantamiento armado de 72 horas para solicitar una intervención militar estadounidense, aparece en estas declaraciones como un proyecto improvisado, mal entrenado y sin cadena de mando clara. Las inconsistencias son tan profundas que no permiten reconstruir una narrativa coherente, pero sí permiten entender el objetivo del régimen: mostrar un grupo desorganizado, dividido y vulnerable, útil para reforzar el discurso del enemigo externo y justificar la represión interna.

Las contradicciones son reveladoras. Uno de los detenidos insiste en que fue obligado a subir a la embarcación. Otro se arrepiente y califica la misión de locura. Un tercero mantiene una postura desafiante y asegura que volvería a intentarlo. Todos coinciden en que los entrenamientos ocurrieron en una finca cerca de Fort Myers, pero la activista a la que atribuyen la propiedad niega cualquier vínculo. Algunos dicen haber sido reclutados por redes sociales y canales del exilio, cuyos administradores también se desmarcan. La cadena de mando dentro de la embarcación es un rompecabezas: nadie parece saber quién dirigía realmente la operación.

El régimen, sin embargo, sí sabe lo que quiere mostrar. Las entrevistas se realizaron en presencia del fiscal del caso y del jefe de investigaciones de delitos contra la Seguridad del Estado. No hubo abogados. No hubo seguimiento independiente. No hubo garantías procesales. La prensa internacional fue invitada no para investigar, sino para presenciar una puesta en escena cuidadosamente diseñada. Los detenidos hablan, pero hablan dentro de un guion donde cada palabra está condicionada por la vigilancia, el miedo y la ausencia de derechos.

El caso, tal como lo presenta el Gobierno, pretende demostrar que Cuba enfrenta una amenaza armada financiada desde el exterior. Pero lo que realmente demuestra es la fragilidad del relato oficial. Si la operación fue tan seria como afirma el régimen, ¿por qué los testimonios son tan contradictorios? Si los detenidos son tan peligrosos, ¿por qué se les exhibe ante la prensa sin juicio, sin abogados y sin garantías? Si el Estado busca esclarecer los hechos, ¿por qué controla cada detalle del proceso y mantiene a los acusados en prisión preventiva durante meses sin acceso regular a defensa?

Los cinco sobrevivientes y un presunto cómplice en la Isla enfrentan cargos de terrorismo que podrían llevarlos a penas de hasta 30 años de cárcel. Tras semanas de interrogatorios en Villas Marista, permanecen en el Combinado del Este. Pero lo que se ha visto no es un proceso judicial: es un proceso político. El régimen no intenta esclarecer un tiroteo; intenta construir un enemigo. No busca justicia; busca narrativa. Y en esa narrativa, los detenidos no son individuos con historias contradictorias: son piezas de un libreto que justifica la espiral represiva y la retórica de plaza sitiada.


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