EDITORIAL
Estocolmo. PLC / Las dictaduras totalitarias rara vez se derrumban por agotamiento interno. La historia demuestra que los regímenes que controlan todos los resortes del poder —la fuerza, la economía, la información, la vida cotidiana— pueden prolongarse durante décadas incluso en medio de crisis profundas. Cuba es un ejemplo extremo: un sistema que ha sobrevivido al colapso soviético, al aislamiento regional, a la ruina económica y a la emigración masiva. Sin embargo, la ausencia de multitudes en la plaza de la Revolución, un espacio que durante décadas fue el escenario simbólico del poder castrista, revela una transformación silenciosa que merece análisis.
El caso de Nicolae Ceaușescu en Rumanía es la excepción que muchos evocan. Su régimen cayó en cuestión de días, precipitado por un estallido popular que se convirtió en una revuelta nacional. Pero ese desenlace no fue espontáneo: llegó después de años de deterioro económico, fracturas internas en el Partido, pérdida de control territorial y una crisis de legitimidad que se aceleró cuando el propio Ceaușescu intentó demostrar fuerza convocando a una multitud que terminó rebelándose. La caída fue rápida, pero el proceso que la hizo posible fue largo.
Cuba no está en ese punto. El régimen mantiene el control absoluto de las fuerzas armadas, la policía política, los tribunales y los medios de comunicación. La plaza de la Revolución ya no se llena, pero no porque exista un rechazo organizado, sino porque el Gobierno ha dejado de convocar grandes actos públicos que podrían exponer su debilidad. La ausencia de multitudes no es señal de apertura, sino de cautela: el castrismo sabe que la concentración masiva es un arma de doble filo. En un país exhausto, hambriento y sin expectativas, reunir a miles de personas implica el riesgo de que la obediencia se transforme en protesta.
La comparación con Rumanía es útil para entender lo que Cuba no es. Ceaușescu cayó cuando el pueblo perdió el miedo y su régimen el control. En Cuba, el miedo sigue siendo una herramienta eficaz. Las protestas del 11 de julio de 2021 demostraron que existe un malestar profundo, pero también que el régimen conserva la capacidad de reprimir con rapidez y contundencia. Las condenas masivas, las penas desproporcionadas y la vigilancia digital han creado un entorno donde la protesta espontánea es cada vez más difícil.
La plaza vacía es, sin embargo, un síntoma. Durante décadas, el castrismo utilizó ese espacio como escenario de poder: discursos interminables, desfiles militares, celebraciones revolucionarias. Hoy, el Gobierno evita ese tipo de demostraciones. La razón es simple: ya no puede garantizar la imagen de unanimidad que antes proyectaba. La crisis económica, los apagones, la inflación, la escasez y la emigración masiva han erosionado la capacidad del régimen para movilizar a la población. La plaza vacía no es un acto de resistencia, pero sí un indicador de que la maquinaria simbólica del poder está desgastada.
Las dictaduras totalitarias no se caen solas porque su estructura está diseñada para evitar precisamente eso. Controlan la narrativa, monopolizan la violencia, fragmentan a la sociedad y convierten la supervivencia en un ejercicio individual. Pero también dependen de rituales de legitimidad. Cuando esos rituales se debilitan —cuando la plaza ya no se llena, cuando la propaganda ya no convence, cuando el miedo ya no paraliza del todo— el régimen entra en una fase distinta: no de caída inmediata, sino de vulnerabilidad acumulada.
Cuba vive hoy en esa zona gris. No hay señales de fractura en la cúpula militar, ni divisiones abiertas en el Partido, ni un movimiento opositor capaz de coordinar acciones nacionales. Pero hay algo que antes no existía: un vacío simbólico. La plaza de la Revolución, que durante décadas fue el corazón del poder, es ahora un espacio sin multitudes, sin fervor y sin narrativa. En un régimen que ha construido su identidad sobre la movilización permanente, la ausencia de gente es un mensaje silencioso.
La historia enseña que las dictaduras no caen por sí solas, pero también que ninguna es eterna. La caída de Ceaușescu fue inesperada solo para quienes miraban la superficie. En Cuba, la superficie muestra plazas vacías, discursos cada vez más defensivos y un país que se desangra por la emigración. El castrismo sigue en pie, pero su capacidad de proyectar fuerza se ha reducido. La plaza vacía no derriba al régimen, pero revela que el régimen ya no puede llenar la plaza.
Descubre más desde Prensa Libre Cuba
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.








