Por Marta Pérez
Estocolmo. PLC — Durante más de seis décadas, el régimen cubano ha construido un discurso basado en la igualdad, la justicia social y el sacrificio colectivo. Sin embargo, la realidad demuestra que en Cuba existen dos países muy distintos: uno para la cúpula del poder y otro para los once millones de cubanos que sobreviven entre apagones, escasez y pobreza.
Mientras el ciudadano común dedica horas a buscar alimentos, medicamentos o transporte, la élite gobernante vive protegida de las carencias que dice combatir. Esa contradicción no es un accidente: es una característica del sistema.
El socialismo para el pueblo, los privilegios para la élite
El régimen insiste en que todos los cubanos deben resistir y hacer sacrificios por la patria. Sin embargo, los propios dirigentes rara vez experimentan las dificultades que padecen quienes gobiernan.
Durante los últimos años se han multiplicado las imágenes y reportajes sobre familiares de altos dirigentes disfrutando de viajes internacionales, vehículos de lujo, restaurantes exclusivos y estilos de vida muy alejados de la realidad del cubano promedio.
Uno de los casos más conocidos es el de Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, cuyas publicaciones en redes sociales exhibiendo automóviles de lujo, fiestas y negocios privados provocaron una fuerte indignación entre los cubanos, especialmente en medio de la peor crisis económica de las últimas décadas.
Mientras millones de personas apenas logran conseguir alimentos básicos, algunos miembros de la familia de quienes dirigieron la Revolución muestran una realidad completamente diferente.
El verdadero poder económico
Aunque el régimen continúa culpando casi exclusivamente al embargo estadounidense de la crisis económica, rara vez habla del enorme poder empresarial concentrado en manos del conglomerado militar GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.).
GAESA controla una parte muy importante de la economía nacional mediante empresas dedicadas al turismo, el comercio, la construcción, la logística, las tiendas en divisas, la actividad inmobiliaria, los puertos y otros sectores estratégicos.
Diversos análisis de economistas e investigadores coinciden en que buena parte de las divisas que ingresan al país pasan por empresas administradas por este conglomerado militar.
Mientras hospitales, escuelas y centrales eléctricas se deterioran por falta de inversión, el régimen ha destinado durante años miles de millones de dólares a construir hoteles de lujo, incluso cuando el turismo atraviesa uno de sus peores momentos.
La prioridad parece clara: proteger las fuentes de ingresos controladas por la élite antes que mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.
Los guardianes del control político
La doble moral también alcanza a las organizaciones encargadas de mantener el control social.
Gerardo Hernández, coordinador nacional de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), insiste frecuentemente en la necesidad de fortalecer estas organizaciones y mantener la vigilancia revolucionaria en cada barrio.
Sin embargo, para muchos cubanos los CDR hace tiempo dejaron de ser organizaciones comunitarias para convertirse en estructuras dedicadas principalmente al control político, la movilización ideológica y la vigilancia de quienes expresan opiniones diferentes.
Mientras se exige lealtad absoluta al ciudadano, el propio régimen no acepta la transparencia que reclama a los demás.
Sin prensa libre no hay rendición de cuentas
En cualquier democracia, la prensa puede investigar el patrimonio de los gobernantes, los conflictos de interés y el uso de los recursos públicos.
En Cuba eso no ocurre.
No existen declaraciones públicas de patrimonio para los altos dirigentes.
No hay auditorías independientes sobre las principales empresas estatales.
No existe acceso ciudadano a la información financiera de los conglomerados controlados por el Estado o las Fuerzas Armadas.
Tampoco hay libertad para que periodistas independientes investiguen posibles casos de corrupción sin exponerse a la persecución o al exilio.
La ausencia de transparencia permite que los privilegios permanezcan ocultos mientras la propaganda oficial continúa hablando de igualdad.
Dos Cubas
Hoy existen dos Cubas.
La Cuba del pueblo, donde las familias sobreviven con salarios insuficientes, soportan apagones diarios, hospitales sin recursos y una emigración masiva que desintegra hogares.
Y la Cuba de la élite gobernante, donde el acceso a mejores condiciones de vida, recursos, influencia y poder permanece reservado para una minoría estrechamente vinculada al régimen.
La Revolución prometió eliminar los privilegios.
Terminó creando una nueva clase privilegiada.
Mientras el pueblo recibe discursos sobre resistencia y sacrificio, quienes ocupan la cima del poder continúan administrando buena parte de la economía nacional, disfrutando de beneficios inaccesibles para la mayoría y sin responder ante una prensa libre ni ante instituciones verdaderamente independientes.
La mayor desigualdad en Cuba ya no es únicamente económica.
Es política.
Y mientras esa realidad permanezca intacta, cualquier discurso oficial sobre igualdad seguirá siendo, para millones de cubanos, una muestra más de la profunda doble moral del régimen.
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