La Habana Vieja volvió a estallar en la noche del sábado. Tras más de cuarenta horas consecutivas sin electricidad, vecinos de varias cuadras salieron a la calle al grito de “¡Libertad!”, en una protesta que se extendió en plena penumbra y que refleja el agotamiento de una población sometida a apagones cada vez más prolongados y a un deterioro acelerado de las condiciones de vida.
Los videos difundidos por residentes y verificados por medios independientes muestran un barrio completamente a oscuras, con personas golpeando cazuelas, encendiendo pequeñas fogatas y señalando la magnitud del apagón: “Mira Mario, esta es Habana Vieja, mira, todo oscuro… 360 grados”, dice una de las voces que grabó las imágenes. El mensaje enviado al periodista Mario Pentón de Noticias Martí, que publicó el video resume el sentimiento generalizado: “Necesitamos que el mundo vea lo que nos hace esta tiranía. La miseria a la que somete al pueblo cubano”.
La protesta estalló en uno de los peores momentos del sistema eléctrico cubano. Según datos oficiales, el país disponía ese día de apenas 1.015 MW para cubrir una demanda estimada de 3.150 MW, lo que generó un déficit de 2.165 MW en el horario nocturno. La Central Termoeléctrica Antonio Guiteras, la mayor del país, sufrió su decimosexta avería del año, quedando fuera de servicio justo en el pico de consumo. A ello se suman 106 centrales de generación distribuida paralizadas por falta de diésel —890 MW perdidos— y otras instalaciones estratégicas inactivas por falta de combustible, que añaden más de 1.200 MW indisponibles.
La crisis energética no solo se agrava: rompe récords históricos. El 25 de junio Cuba registró un déficit absoluto de 2.208 MW, el mayor desde que existen registros. En varias provincias, como Matanzas, algunas comunidades han llegado a acumular hasta 85 horas consecutivas sin electricidad, un síntoma del colapso estructural del sistema.
En La Habana, los cacerolazos se han convertido en un pulso cotidiano. Desde mediados de mayo, las protestas se repiten casi a diario en distintos barrios, con consignas que van desde “¡Corriente y comida!” hasta “¡Abajo la dictadura!”. El Observatorio Cubano de Conflictos registró en mayo 1.311 manifestaciones, un aumento del 29,5% respecto al año anterior y el mayor número mensual documentado.
Lo ocurrido en La Habana Vieja no es un episodio aislado, sino parte de una secuencia creciente de estallidos locales que ya no se limitan al reclamo por la electricidad. En protestas recientes, incluso cuando la luz ha regresado, algunos manifestantes han permanecido en la calle gritando “¡Libertad!”, señal de que el malestar ha trascendido el apagón para convertirse en un cuestionamiento directo al sistema político.
Mientras los barrios populares permanecen a oscuras durante horas o días, hoteles de lujo e instalaciones gubernamentales mantienen electricidad mediante generadores propios, una desigualdad que alimenta aún más la indignación. La Habana Vieja, uno de los territorios más densamente poblados y con mayor deterioro habitacional, se ha convertido en un termómetro del hartazgo social.
La noche del sábado dejó una imagen que resume la crisis: un barrio entero sumido en la oscuridad, con voces que rompen el silencio para reclamar lo que el Estado no puede garantizar. En un país donde la electricidad se ha vuelto un lujo intermitente, la protesta se ha convertido en la única forma de iluminar, aunque sea por un instante, la desesperación de una ciudad que ya no quiere esperar más.
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