EUROPA-OTAN
Redacción Central
Estocolmo. PLC | La guerra que nadie dice querer comienza a ocupar cada vez más espacio en los discursos de quienes tienen la responsabilidad de impedirla. Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN en Europa, eligió el Foro de Seguridad de Varsovia para enviar una advertencia inequívoca: si algún adversario ataca territorio de la Alianza, encontrará una respuesta militar destinada no solo a detener la ofensiva, sino a destruir la capacidad que permita sostenerla.
“Si alguien es tan estúpido como para atacarnos, lucharemos”, afirmó el general estadounidense el lunes 12 de octubre. Grynkewich no mencionó directamente a Rusia, aunque el destinatario resultaba difícil de confundir. El Concepto Estratégico aprobado por la OTAN en 2022 identifica a Rusia como la amenaza más significativa para la seguridad de la Alianza.
La importancia del discurso no reside tanto en su contundencia verbal como en lo que revela sobre la evolución de la estrategia aliada. Grynkewich formuló una doctrina resumida en tres acciones: bloquear, debilitar y quebrar una eventual agresión. Si el ataque continuara, la respuesta no quedaría necesariamente circunscrita a las unidades que hubieran atravesado la frontera. También alcanzaría al sistema militar que las sostiene, controla y abastece.
Se trata de la lógica clásica de la disuasión expresada con una franqueza poco habitual: convencer al adversario de que el precio de atacar será muy superior a cualquier ganancia imaginable.
Pero el mensaje de Varsovia contiene también una aparente contradicción. El máximo responsable militar aliado insiste en que el conflicto no es inminente ni inevitable y recuerda que la OTAN es una alianza defensiva. Al mismo tiempo, explica públicamente cómo reaccionaría ante una agresión. La preparación para una guerra que se pretende evitar se convierte así en uno de los instrumentos para preservar la paz.
La dureza del discurso no surge en el vacío. Gobiernos europeos acusan a Moscú de incrementar acciones de sabotaje, incursiones de drones y ciberataques. Rusia rechaza esas acusaciones. Associated Press recoge, entre otros episodios, un incendio provocado contra una empresa de defensa de Estonia y un intento frustrado de atacar una aeronave ucraniana en un aeropuerto alemán.
Ahí aparece una de las dificultades centrales para la seguridad europea. La frontera entre paz y conflicto se ha vuelto más imprecisa. Un ataque convencional contra un miembro de la OTAN resultaría relativamente sencillo de identificar. Mucho más complicado es determinar cómo responder a ciberataques, sabotajes o acciones encubiertas cuya autoría puede ser difícil de demostrar inmediatamente.
La otra incertidumbre procede paradójicamente del principal aliado militar europeo.
Las declaraciones de Grynkewich se producen mientras persisten entre los aliados europeos dudas sobre el compromiso de la Administración de Donald Trump con la defensa colectiva. Reuters señala que esas inquietudes continúan después de que el presidente estadounidense anunciara recientemente un acuerdo con Vladimir Putin para permitir que Rusia suministre diésel a los mercados mundiales y renovara sus críticas al presidente ucraniano Volodymyr Zelensky.
Ese contraste es probablemente más relevante que la retórica bélica de Varsovia. El general estadounidense que dirige militarmente la defensa de Europa transmite continuidad, capacidad de respuesta y compromiso aliado, mientras las decisiones políticas de Washington siguen provocando interrogantes entre algunos gobiernos europeos.
La disuasión depende precisamente de eliminar esas dudas. No basta con disponer de soldados, aviones, misiles y planes militares. Para que funcione, el posible adversario debe estar convencido de que los aliados utilizarán realmente esos recursos si uno de ellos es atacado.
Por eso las palabras de Grynkewich tienen dos destinatarios. El primero es Moscú: atacar a un miembro de la OTAN no produciría una victoria rápida sino una confrontación con el conjunto de la Alianza. El segundo está dentro de la propia OTAN: Europa necesita convencerse de que el principio de defensa colectiva continúa siendo creíble.
Vladimir Putin, por su parte, ha afirmado que Rusia no tiene intención de atacar ningún país europeo y que desea una coexistencia pacífica. Los gobiernos europeos siguen recibiendo esas declaraciones con desconfianza, después de que Moscú formulara afirmaciones similares antes de la invasión de Ucrania en 2022.
La cuestión decisiva, por tanto, no es si Grynkewich ha amenazado a Putin. Esa interpretación simplifica un problema mucho mayor. Lo significativo es que la OTAN está intentando demostrar públicamente que posee una estrategia para una guerra que asegura no considerar inevitable.
Europa vuelve a enfrentarse así a una vieja paradoja de la seguridad: para reducir las posibilidades de una guerra debe convencer a su adversario de que está preparada para librarla.
Y en esa ecuación existe una variable que ningún general puede controlar desde un cuartel general militar. No está en Moscú sino en Washington. Mientras la OTAN intenta hacer inequívoca su respuesta frente a una eventual agresión, la imprevisibilidad política de Donald Trump introduce precisamente aquello que la disuasión trata de eliminar: la duda.
Descubre más desde Prensa Libre Cuba
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

















Sé el primero en comentar