RUSIA-UCRANIA-ESTADOS UNIDOS
Redacción Central
Washington. PLC | La relación entre Washington y Kiev ha entrado en una de sus etapas más delicadas desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania. El presidente estadounidense, Donald Trump, no solo ha defendido su decisión de aliviar la presión económica sobre Rusia para preservar las negociaciones con Moscú, sino que ha lanzado una acusación extraordinariamente dura contra Zelenski: sostiene que el mandatario ucraniano “no quiere poner fin a esta guerra, y probablemente nunca quiso”.
La frase no procede de una filtración ni de una interpretación periodística. Fue escrita por el propio Trump el domingo 18 de octubre en una extensa publicación de Truth Social. En ella justificó su política hacia Rusia argumentando que está negociando la paz y que no pretende adoptar ninguna medida que pueda apartar “imprudentemente” a Moscú de la mesa de conversaciones. Aseguró además que se están consiguiendo “grandes avances” y dejó abierta la posibilidad de aplicar las sanciones posteriormente.
El planteamiento revela una modificación importante en la estrategia estadounidense. Washington parece considerar ahora que preservar la disposición de Rusia a negociar tiene prioridad sobre aumentar inmediatamente el coste económico que Putin paga por continuar la guerra.
Y es precisamente ahí donde comienza el problema para Ucrania.
La guerra comenzó con la invasión rusa a gran escala de febrero de 2022. Sin embargo, la nueva retórica de la Casa Blanca distribuye cada vez más la responsabilidad por la continuación del conflicto y coloca sobre Kiev una parte sustancial de la presión para terminarlo. CBS News subraya ese contexto al informar de las declaraciones de Trump: la guerra que el presidente estadounidense acusa ahora a Zelenski de no querer terminar fue desencadenada por la invasión rusa.
Trump vinculó directamente su decisión sobre Moscú con otro asunto decisivo para la economía estadounidense: el combustible.
El presidente responsabilizó a Ucrania de atacar las refinerías rusas de diésel y sostuvo que esas operaciones están perjudicando seriamente el mercado mundial, incluido Estados Unidos. Según Trump, agricultores, ganaderos y empresas estadounidenses están pagando las consecuencias del encarecimiento del combustible mientras Rusia continúa suministrando millones de barriles de diésel barato al mercado internacional.
La acusación tiene un evidente trasfondo doméstico. A solo unas semanas de las elecciones legislativas estadounidenses, la inflación y el coste de la energía ocupan un lugar importante en la campaña. Meet the Press abrió precisamente su programa del domingo señalando la preocupación de los votantes por la inflación y los precios del combustible.
Para Ucrania, sin embargo, las refinerías tienen una dimensión completamente distinta.
Kiev considera que atacar la infraestructura energética rusa disminuye los recursos económicos y energéticos disponibles para sostener la maquinaria bélica de Moscú. Reuters informó el 15 de octubre que Ucrania había atacado la refinería de Ryazan después de abandonar una breve suspensión de los ataques contra instalaciones energéticas. La planta pertenece a Rosneft y representa cerca del 5 % de la capacidad rusa de refinación, según esa información.
Zelenski aseguró que Ucrania había suspendido durante tres días los ataques contra refinerías a petición de Washington, pero decidió reanudarlos después de denunciar que Rusia continuaba atacando la infraestructura energética ucraniana.
El domingo, Zelenski afirmó que Rusia había atacado los sectores energético, petrolero y gasístico de Ucrania 76 veces durante la semana posterior al anuncio de Trump de una tregua energética. Ni Kiev ni Moscú habían confirmado formalmente la existencia de ese acuerdo anunciado por el presidente estadounidense.
Esta circunstancia introduce una contradicción fundamental en el argumento de Washington.
Trump critica a Ucrania por atacar las instalaciones petroleras rusas alegando las consecuencias económicas internacionales. Kiev responde que Moscú continúa atacando la infraestructura energética ucraniana. Si se pretende establecer una tregua energética como antesala de una negociación de paz, su credibilidad depende inevitablemente de que las restricciones alcancen a ambas partes.
El deterioro de las relaciones entre Washington y Kiev tampoco se limita a las refinerías.
Reuters describió los últimos días como una semana particularmente dañina para las relaciones entre Ucrania y su aliado estadounidense debido a las amenazas sobre el intercambio de inteligencia, el alivio de determinadas sanciones rusas y el acuerdo relacionado con las exportaciones de diésel de Moscú.
Según The Washington Post, el enfrentamiento se ha vuelto cada vez más personal y amenaza con complicar los propios esfuerzos de Trump para negociar el final de la guerra.
La acusación del domingo supone un escalón adicional.
Trump no se limitó a cuestionar una decisión militar determinada de Kiev. Puso en duda directamente la voluntad de paz del presidente ucraniano y vinculó esa supuesta resistencia a terminar la guerra con el enorme respaldo financiero recibido de Europa y anteriormente de la Administración de Joe Biden. Sostuvo además que Ucrania podía haber obtenido un acuerdo más favorable dos años atrás.
Se trata de una acusación particularmente grave porque modifica quién aparece ante la opinión pública estadounidense como obstáculo para la paz.
Durante años, el razonamiento occidental fue que la presión económica debía dirigirse contra Rusia para elevar el coste de la invasión y obligar al Kremlin a negociar. La posición expresada ahora por Trump invierte parcialmente esa lógica: retener determinadas sanciones contra Moscú para que Putin permanezca negociando y aumentar simultáneamente la presión política sobre Zelenski para que acepte una salida.
Trump introdujo además un segundo argumento geopolítico. Afirmó que Rusia está haciendo muy poco para ayudar a Irán en comparación con lo que potencialmente podría hacer y que desea mantener esa situación.
La frase sugiere que la política de Washington hacia Moscú ya no está determinada exclusivamente por Ucrania. La relación de Rusia con Irán y los intereses estadounidenses en Oriente Medio entran también en el cálculo de la Casa Blanca.
Para Putin, esta evolución supone una oportunidad considerable.
Moscú obtiene alivio sobre determinadas sanciones, recupera posibilidades comerciales relacionadas con el diésel y contempla cómo Washington incrementa públicamente la presión sobre Kiev. Reuters señala que las fricciones han provocado preocupación por la posibilidad de que Trump adopte nuevas restricciones sobre armas o inteligencia para Ucrania o alcance más acuerdos económicos con Rusia.
Zelenski ha respondido intentando evitar una ruptura definitiva con Washington.
En su entrevista dominical con Meet the Press, el mandatario ucraniano expresó su deseo de que Trump y su Administración permanezcan del lado de Ucrania. Al mismo tiempo, advirtió que sería un “error histórico” que Washington se colocara del lado de Putin y recordó que Rusia es el país agresor y ocupante.
Ese mismo domingo, Zelenski conversó con los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner. Posteriormente aseguró que Ucrania estaba dispuesta a trabajar de manera “constructiva” y “honesta” para conseguir resultados y sostuvo que una parte considerable del futuro diplomático depende de la posición estadounidense.
Es una respuesta considerablemente más prudente que el ataque lanzado desde Truth Social.
Kiev conoce perfectamente el riesgo de un enfrentamiento abierto con la Casa Blanca. Estados Unidos continúa siendo fundamental en ámbitos militares, tecnológicos y de inteligencia. Una ruptura política tendría consecuencias que Ucrania difícilmente podría compensar con ayuda europea a corto plazo.
Pero existe también un límite para las concesiones de Zelenski: aceptar que Ucrania sea presentada como principal obstáculo para terminar una guerra iniciada por Rusia supondría asumir el marco político defendido ahora por Trump.
Ahí se encuentra la verdadera trascendencia de la publicación del domingo.
El debate ya no gira únicamente alrededor de cuántos territorios podría conservar Rusia, qué garantías recibiría Ucrania o qué sanciones serían levantadas después de un posible acuerdo. Está comenzando a decidirse algo anterior: a quién considera Washington responsable si las negociaciones fracasan.
La publicación de Trump ofrece por primera vez una respuesta inequívoca y extremadamente peligrosa para Kiev: el presidente estadounidense está dispuesto a señalar públicamente a Zelenski.
Para Putin, difícilmente podría existir una circunstancia diplomática más favorable. El dirigente ruso ya no necesita convencer solo a Occidente de que las sanciones deben relajarse. Puede comprobar cómo el propio presidente estadounidense argumenta públicamente que endurecerlas podría perjudicar la paz.
La paradoja resulta difícil de ignorar: Rusia inició la invasión y continúa atacando Ucrania, pero Washington está aumentando la presión política sobre el país invadido para conseguir el final de la guerra. Reuters confirmó este domingo las denuncias ucranianas de decenas de ataques rusos contra su sector energético durante la semana, aunque esas cifras proceden del propio Zelenski.
Trump terminó su publicación con una frase en mayúsculas: “I WANT THIS WAR END!”, dejando inequívoca su voluntad declarada de concluir el conflicto.
La cuestión decisiva, sin embargo, ya no es solamente si Trump puede conseguir la paz. Es qué paz está dispuesto a aceptar, cuánto deberá conceder Ucrania para obtenerla y hasta dónde está dispuesto Washington a rehabilitar económica y políticamente a Putin para lograrla.
Ese cambio de perspectiva puede acabar teniendo consecuencias mucho mayores que el último enfrentamiento verbal entre Trump y Zelenski. Si la Casa Blanca ha pasado de presionar principalmente al agresor a presionar crecientemente al agredido, no estamos únicamente ante otra discusión entre dos presidentes.
Estamos ante un posible cambio de eje en la política estadounidense sobre la guerra de Ucrania.
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