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LA REVOLUCIÓN QUE NO FUE DEL PUEBLO

Destrozos de una tienda después de un atentado terrorista del M-26-7 en La Habana de 1958. Foto archivo

Estocolmo. PLC /A finales de los años cincuenta, Cuba vivía bajo un régimen autoritario que había traicionado la Constitución de 1940 y gobernaba con los métodos típicos de las dictaduras caribeñas de la época. Sin embargo, la vida cotidiana del país mostraba una realidad que hoy resulta incómoda para el discurso oficial: existía una prensa diversa, partidos políticos activos, sindicatos autónomos, universidades con autonomía real y un espacio público donde la crítica era posible. La censura era intermitente, no estructural; la represión era selectiva, no total. La Cuba de Batista era una dictadura, pero no un Estado totalitario. Y esa diferencia explica por qué la sociedad cubana de entonces era mucho más libre que la que existe hoy.

La lucha de Fidel Castro contra Batista no comenzó como un movimiento de masas, ni como una insurrección popular. Comenzó con atentados, sabotajes y guerra de guerrillas. El M‑26‑7 desarrolló una estructura clandestina que colocó bombas en cines, bares, comercios y estaciones de policía; incendió almacenes y atacó infraestructura civil para paralizar ciudades y generar presión política. La propaganda revolucionaria bautizó estas acciones como “acción y sabotaje”, pero la historiografía contemporánea las clasifica como violencia política organizada. El Directorio Revolucionario, también elevado al panteón heroico, llevó a cabo operaciones aún más contundentes, como el asalto al Palacio Presidencial y múltiples atentados urbanos. La lucha armada fue decisiva, pero no fue un levantamiento popular.

El pueblo cubano no derrocó a Batista. La caída del régimen se produjo por una combinación de desgaste político, fracturas internas, presión internacional y el avance militar de la guerrilla, que nunca superó unos pocos miles de combatientes. La mayoría de los cubanos observó la guerra desde la distancia, con miedo, incertidumbre y expectativas. Cuando Batista huyó el 1 de enero de 1959, la población recibió a los rebeldes con entusiasmo, pero ese entusiasmo no fue el motor de la victoria. Fue la consecuencia de un vacío de poder y de la esperanza de un cambio democrático que nunca llegó.

Los primeros meses de la Revolución estuvieron marcados por un clima de euforia nacional. La promesa de restaurar la Constitución de 1940, convocar elecciones libres y reconstruir la institucionalidad republicana generó un apoyo amplio y transversal. Pero esa promesa se evaporó rápidamente. En menos de dos años, el nuevo gobierno desmanteló la prensa independiente, ilegalizó los partidos, subordinó los sindicatos, intervino las universidades y construyó un aparato de control político que Batista nunca tuvo. La dictadura militar de los cincuenta fue sustituida por un sistema totalitario que penetró todos los espacios de la vida social y que aún hoy define la existencia de los cubanos.

La historia oficial insiste en presentar la Revolución como una epopeya popular contra la tiranía. La evidencia histórica muestra otra cosa: un movimiento armado minoritario que utilizó métodos violentos, una población que no participó directamente en la caída del régimen y un proceso político que, en lugar de democratizar el país, instauró un sistema más rígido, más cerrado y más duradero que el que pretendía sustituir. La libertad que existía en la Cuba de los cincuenta, limitada pero real, desapareció bajo un modelo que convirtió la política en obediencia y la ciudadanía en disciplina.

Hoy, cuando el régimen intenta reescribir su origen y justificar su permanencia, conviene recordar que la Revolución no nació de un levantamiento popular, sino de una guerra de guerrillas y de una estrategia de sabotaje urbano. Y conviene recordar también que las expectativas que acompañaron su triunfo fueron traicionadas por un poder que nunca devolvió la libertad que prometió. La historia de Cuba es más compleja que la propaganda, y entenderla es indispensable para comprender por qué el país sigue atrapado en un sistema que se impuso en nombre de la libertad y terminó destruyéndola.


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