HISTORIA
La Habana. PLC / La historia oficial de la Revolución cubana presenta a sus protagonistas como héroes épicos, jóvenes idealistas que enfrentaron a una dictadura con valentía y sacrificio. Pero detrás de esa narrativa pulida existe otra realidad, documentada por historiadores, archivos policiales y testimonios de los propios líderes revolucionarios: una parte significativa de los llamados héroes del M-26-7 participó en acciones que hoy serían clasificadas como terrorismo político. La propaganda las llamó acción y sabotaje; la historiografía contemporánea las identifica como atentados, incendios provocados, bombas en espacios públicos y ataques armados en zonas civiles.
El movimiento clandestino del M-26-7 desarrolló una estructura urbana que operaba con explosivos, incendios y ataques selectivos. Figuras centrales como Frank País, René Ramos Latour, Faustino Pérez y Armando Hart dirigieron células que colocaron bombas en cines, bares, comercios y estaciones de policía. Los archivos del Buró de Represión de Actividades Comunistas registran decenas de explosiones en La Habana y Santiago de Cuba entre 1957 y 1958, muchas de ellas en espacios donde había civiles. El objetivo era paralizar la ciudad, generar presión social y demostrar que el régimen de Batista no controlaba las calles. La estrategia funcionó, pero su naturaleza es inequívoca: violencia política contra infraestructura civil.
Fidel Castro no colocó bombas personalmente, pero autorizó y defendió estas operaciones como parte de la lucha revolucionaria. Raúl Castro participó en la planificación de acciones armadas en Santiago. Ernesto Guevara, desde la guerrilla, justificó la violencia selectiva y los ajusticiamientos extrajudiciales como herramientas necesarias. Vilma Espín, Haydée Santamaría y Melba Hernández no ejecutaron atentados, pero formaron parte de la logística que sostenía la red clandestina. Incluso figuras que luego serían símbolos de la épica guerrillera, como Camilo Cienfuegos, Juan Almeida o Ciro Redondo, participaron en ataques armados en zonas urbanas durante la fase inicial del movimiento.
El Directorio Revolucionario, considerado también parte del panteón heroico, llevó a cabo acciones aún más contundentes, como el asalto al Palacio Presidencial y múltiples atentados urbanos. La historiografía independiente coincide en que, bajo estándares modernos, estas operaciones encajan en la definición de terrorismo: uso de explosivos en espacios públicos, violencia contra civiles, sabotaje de infraestructura civil y acciones destinadas a intimidar políticamente.
Lo que la propaganda llamó heroísmo, la historia contemporánea identifica como terrorismo político. La diferencia está en quién escribe el relato y con qué propósito.
Hoy, cuando el régimen utiliza la palabra terrorista para criminalizar cualquier protesta, conviene recordar que buena parte de sus héroes fundacionales construyeron su prestigio mediante actos que, bajo cualquier estándar internacional actual, serían clasificados como atentados. La Revolución se legitimó con la violencia que ahora condena. Y esa contradicción, cuidadosamente borrada de los libros oficiales, sigue siendo una de las claves para entender la naturaleza del poder en Cuba.
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