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Nueva ola de cacerolazos y protestas nocturnas En La Habana.

Quema de basura y llantas en La Habana. Foto de arhivo.

La Habana. PLC — La Habana volvió a estallar en la noche, no por un hecho aislado, sino por un hartazgo que se acumula como el calor en los edificios sin ventilación. Los apagones prolongados —que en algunos barrios superan las veinte horas— desencadenaron una nueva cadena de cacerolazos, quema de gomas y protestas espontáneas que se extendieron por San Miguel del Padrón, La Güinera y la zona de Carlos III, tres puntos donde la tensión social ya es parte del paisaje cotidiano.

Los vecinos, exhaustos tras días sin electricidad ni agua, salieron a la calle con una demanda mínima que retrata la magnitud del deterioro: “al menos tres horas de luz”. No pedían soluciones estructurales ni promesas de futuro; pedían sobrevivir la noche. Videos difundidos por residentes muestran calles enteras a oscuras, fogatas improvisadas con neumáticos y grupos de personas golpeando cazuelas mientras gritan consignas contra la gestión gubernamental.

La respuesta oficial no tardó. Patrullas, agentes de civil y brigadas de respuesta rápida se desplegaron en los puntos donde crecían las concentraciones. En algunos casos, los manifestantes fueron obligados a dispersarse; en otros, la policía se limitó a vigilar desde la distancia, consciente de que la represión abierta podría encender un estallido mayor. Pero la vigilancia no se limita a las calles: continúa la presión sobre voces críticas como Manuel Cuesta Morúa, sometido a citaciones, interrogatorios y un cerco policial que busca impedir cualquier articulación opositora en medio del descontento popular.

La crisis energética, lejos de estabilizarse, se ha convertido en el detonante principal de una irritación social que ya no se oculta. La termoeléctrica Guiteras sigue fuera de servicio, el sistema eléctrico opera al borde del colapso y el Gobierno evita ofrecer cifras claras sobre la magnitud real del déficit. En los barrios, la sensación es otra: la vida cotidiana se ha vuelto una carrera de resistencia entre el calor, la oscuridad y la incertidumbre.

Las protestas de anoche no fueron masivas, pero sí significativas. No hubo líderes visibles ni convocatorias previas; fueron estallidos espontáneos, nacidos del cansancio y la desesperación. Y aunque el Gobierno intenta contenerlos antes de que se multipliquen, el malestar se expande como una grieta que recorre la ciudad. Cada apagón prolongado, cada noche sin agua, cada patrulla que vigila una esquina, alimenta la percepción de que el país ha entrado en un punto crítico.

En La Habana, la oscuridad ya no es solo física. Es también política y emocional. Y en esa oscuridad, el sonido de las cazuelas se ha convertido en el lenguaje de una ciudadanía que, aun con miedo, empieza a perder la paciencia.


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