PREMIO NOBEL DE LA PAZ
Redacción Central
Estocolmo. PLC | El anuncio del Premio Nobel de la Paz 2026 terminó revelando una realidad que muchos expertos habían anticipado: Donald Trump nunca estuvo cerca de ganar el galardón que deseaba con desesperación. A pesar de las al menos 14 nominaciones impulsadas por aliados conservadores y gobiernos extranjeros, el comité noruego otorgó el premio a la jurista sudafricana Navi Pillay, una figura de prestigio internacional que ha dedicado décadas a la defensa de los derechos humanos y la rendición de cuentas por crímenes de guerra.
La edición de este año reunió a 287 candidatos —208 personas y 79 organizaciones—, una cifra confirmada por el Instituto Nobel Noruego. Entre ellos figuraban líderes políticos, organizaciones humanitarias, activistas y tribunales internacionales. Pero desde el inicio, los analistas coincidieron en que Trump tenía posibilidades prácticamente nulas. Sus intervenciones en Venezuela, la guerra en Irán y otros conflictos lo convertían en una opción incompatible con los criterios del jurado, que históricamente evita premiar a figuras polarizantes o directamente involucradas en escaladas bélicas.
El contexto global fue determinante. Investigadores de la Universidad de Uppsala registraron el mayor número de conflictos estatales desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con guerras simultáneas en Ucrania, Sudán, Yemen, Irán y Oriente Medio. El comité noruego, compuesto por cinco miembros designados por el Parlamento, examinó con especial atención a quienes actuaron en medio de estas crisis y a las comunidades que sostuvieron la vida civil bajo fuego cruzado. En ese escenario, las candidaturas más sólidas no provinieron de figuras políticas ruidosas, sino de redes humanitarias que operaron contra todo pronóstico.
Las Salas de Respuesta a Emergencias de Sudán (ERR), Médicos Sin Fronteras, Save the Children y ACNUR estuvieron entre las favoritas. También destacaron candidaturas vinculadas a la guerra en Ucrania, como la del presidente Volodímir Zelenski, el defensor de la infancia Mykola Kuleba y los grupos que trabajaron para rescatar a menores secuestrados.
La lista incluyó también a la Corte Penal Internacional, a la Estación Espacial Internacional y a diversas iniciativas de base que enfrentaron la violencia estatal con resistencia pacífica. Entre ellas figuraron los ciudadanos surcoreanos y los habitantes de Minneapolis, nominados por su valentía colectiva frente a autoridades armadas. La política noruega Julie E. Stuestøl justificó su propuesta afirmando que “así se manifiesta el verdadero valor democrático: decenas de miles de personas que hacen frente a las amenazas con la no violencia y el cuidado mutuo”.
Frente a este panorama, la campaña de Trump resultó contraproducente. Su frustración por haber sido ignorado en ocasiones anteriores, sumada a su implicación en conflictos internacionales, lo convirtió en una opción inviable para el jurado. Los expertos recordaron que el comité suele resistir presiones políticas y evita premiar a figuras que buscan activamente el galardón. Las casas de apuestas coincidieron: rara vez hay un favorito claro y, cuando lo hay, no suele ser un líder que intenta capitalizar el premio para fines políticos.
El Nobel de la Paz, según sus directrices, se concede a quienes hayan contribuido de manera decisiva a la fraternidad entre naciones y a la reducción de la violencia organizada. En un mundo marcado por guerras prolongadas, crisis humanitarias y tecnologías militares cada vez más autónomas, el comité se inclinó hacia quienes sostuvieron la vida en medio del colapso. Navi Pillay encarnó ese principio: su trayectoria en la ONU, en la Corte Penal Internacional y en la defensa de víctimas de genocidio la convirtió en una elección coherente con el espíritu del premio.
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