CUBA-ESTADOS UNIDOS-CRISIS
Redacción Central
Washington. PLC | Las declaraciones del Departamento de Estado en las últimas horas añaden una capa más al clima de desconfianza que marca la relación entre Washington y La Habana. Después de que Lianys Torres Rivera, máxima representante del régimen cubano en Estados Unidos, afirmara en una entrevista con Reuters que entre ambos gobiernos existe un canal de comunicación pero “no hay una negociación formal”, la respuesta estadounidense fue inmediata y contundente. “No nos sorprende que el régimen cubano esté difundiendo esta propaganda. En realidad, las conversaciones continúan y, hasta el momento, el régimen no ha estado dispuesto a llegar a ningún acuerdo que ayude al pueblo cubano y que, en última instancia, amenazaría su control total”, señaló el Departamento de Estado, según recoge Telemundo.
La frase es reveladora porque desmonta la narrativa que La Habana ha intentado instalar en las últimas semanas: la idea de que existe diálogo, pero que Estados Unidos no muestra voluntad de avanzar. Para Washington, el problema es exactamente el contrario. El régimen cubano, dicen, se sienta a conversar, pero no cruza ninguna línea que implique cambios políticos, reformas estructurales o concesiones que puedan debilitar su poder. En Miami, donde se sigue cada gesto con lupa, esta postura se interpreta como una estrategia para ganar tiempo y sobrevivir a la presión internacional sin modificar nada esencial.
El intercambio reciente entre el secretario de Estado Marco Rubio y el canciller Bruno Rodríguez confirma el deterioro del clima. Rubio calificó al régimen de “recalcitrante”; Rodríguez respondió acusando a Washington de “restrictivo”. Más allá de los adjetivos, el mensaje es claro: las conversaciones existen, pero están atrapadas en un juego de resistencia mutua donde ninguno de los dos actores está dispuesto a ceder primero.

Sebastián Arcos, director del Instituto de Investigaciones sobre Cuba de FIU, lo resume con una frase que circula ya entre analistas y opositores: “El régimen está apostando a que Estados Unidos no se va a mover, y si Estados Unidos no se mueve, ellos se quedan en el poder, aunque sea en el poder de una nación que prácticamente no existe”. La observación es dura, pero describe con precisión la lógica del momento. La Habana insiste en que quiere diálogo, pero solo dentro de los límites que garantizan la continuidad del sistema. Washington endurece sanciones —energéticas, comerciales, financieras— con la expectativa de forzar un cambio, pero sin una estrategia clara para lo que vendría después.
Desde la captura de Nicolás Maduro, la Casa Blanca ha reforzado la presión sobre Cuba, convencida de que la alianza entre ambos regímenes es un eje de estabilidad para el autoritarismo regional. El gobierno cubano denuncia estas medidas como un castigo colectivo y asegura que no cederá ante la coerción. Sin embargo, en el terreno de la percepción, la imagen que proyecta es la de un Estado que resiste, pero que no ofrece soluciones para una población atrapada entre apagones, escasez y un deterioro económico que ya supera los seis años consecutivos.
El contraste entre la retórica oficial y la realidad cotidiana es cada vez más evidente. Mientras La Habana habla de canales de comunicación y reformas económicas, la crisis energética se profundiza, el desabastecimiento se agrava y la migración continúa en niveles históricos. En este contexto, la afirmación del Departamento de Estado de que el régimen “no ha estado dispuesto a llegar a ningún acuerdo” adquiere un peso político significativo: sugiere que, más allá de los gestos diplomáticos, Cuba no está dispuesta a asumir ningún compromiso que implique modificar la estructura de poder.
Para la oposición en Miami, el mensaje confirma lo que llevan meses advirtiendo: que el régimen busca prolongar la crisis sin asumir costos políticos, confiando en que Estados Unidos mantendrá la presión sin avanzar hacia una estrategia más decisiva. Para los cubanos dentro de la isla, atrapados entre sanciones externas y parálisis interna, la disputa entre ambos gobiernos no ofrece una salida inmediata.
La situación, tal como la describen las fuentes citadas, es la de un diálogo que existe solo en apariencia. Washington dice que conversa; La Habana dice que conversa. Pero ninguno de los dos se mueve. Y mientras tanto, el país continúa hundiéndose en una crisis que ya no es solo económica, sino estructural, social y política.
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