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Yo no soy un traidor.

Grupo de médicos cubanos miembros de las brigadas médicas, partiendo hacia un país extranjero. Foto archivo Facebook.

Por: Alejandro Tur Valladares

Foto: Juventud Rebelde.

La Habana, especial para PLC. “Traidor”, “apestado”, “gusano”: Estas son algunas de las frases que forman parte del arsenal de asesinato moral que el régimen cubano emplea en su guerra de trincheras psicológicas contra los médicos que se atreven a decir basta, hasta aquí he llegado.

En el universo del castigo, el exilio es uno de los que más duele. Hay un exilio simbólico, una muerte social en vida, que es igual de cruel y eficaz como para disuadir al que duda, al que piensa en atreverse. Los médicos cubanos que abandonan las misiones internacionalistas, no solo enfrentan la imposibilidad legal de regresar a su país durante ocho años o la retención de sus diplomas. Enfrentan un proceso metódico de estigmatización que los convierte en apátridas afectivos, en figuras demonizadas cuyo nombre se susurran con miedo en la sobremesas de sus colegas en la isla.

En este reportaje, intentaré explorar una de las dimensiones menos documentadas de la “solidaridad” cubana: la máquina de desprestigio, la presión sobre las familias y la construcción del “traidor” como enemigo interno. Porque controlar los cuerpos es importante, pero controlar la narrativa y la vergüenza es esencial para que el sistema no estalle.

Una  etiqueta que mata.

“Traidor”, en la semántica oficial, no solo, es una categoría legal, es un estigma moral que hunde sus raíces en el imaginario patriótico cubano y en una cultura política que idolatra la obediencia y demoniza la disidencia. Cuando el Ministerio de Salud clasifica a un trabajador que abandona el puesto como “desertor”, le cuelga un cartel que equivale a traidor en tiempos de guerra. No hay matices: no importa si la persona huyó por miedo, por explotación laboral o por el simple deseo de decidir su vida de manera autónoma. El relato oficial lo pinta como un apátrida movido por el vil metal o por la manipulación del “imperio”. En los espacios internos de las misiones se difunden listas, se envían circulares y se alienta el repudio colectivo. La CIDH documentó en 2026 que estas prácticas vulneran el derecho al honor y a la dignidad, además de configurar un hostigamiento sistemático.

Pero el estigma no se detiene en la reputación. Tiene efectos materiales y psicológicos profundos. Los profesionales estigmatizados relatan cuadros de ansiedad, depresión y un desgaste emocional extremo al verse señalados por quienes ayer eran sus compañeros. “Cuando escapé, mi propio hermano, que está en misión, me dejó de hablar, Le dijeron que yo era un peligro para su expediente”. Cuenta una médico internacionalista que pidió refugio en España. La deshumanización es completa: el “desertor” deja de ser colega y se convierte en una amenaza que hay que aislar para preservar la pureza de la brigada.

La amenaza invisible: “piensa en tu familia”

Uno de los ejes más crueles y eficaces del sistema de control es la intimidación que utiliza a los familiares como escudos humanos. Numerosos testimonios recopilados por la CIDH, por Prisoners Defenders y por medios independientes describen un patrón: cuando un profesional manifiesta descontento o intención de no regresar junto a la misión, los supervisores no le advierten directamente a él o ella. Le dicen: “Piensa en tu familia”, “¿quién sabe lo que le puede pasar a tu hijo en Cuba si haces una locura?”, por tu culpa pueden perder la vivienda que es medio básico del estado. 

Una enfermera de misión en Bolivia contó a este periodista que un jefe de la misión le mostró una foto reciente de su niña pequeña, sacada de Facebook, y le preguntó:” ¿Quieres que lo pierda todo? “La amenaza nunca fue explícita, pero el mensaje era inequívoco: El Estado tiene el poder sobre los que te importan, así que piensa bien lo que haces.

Human Rights Watch ya había advertido en su informe de 2020 que la presión familiar es un mecanismo coercitivo recurrente, y la CIDH lo califica como “represalias contra terceros”, una violación flagrante de los derechos humanos. Sin embargo, mientras los mecanismos internacionales emiten recomendaciones, la maquinaria del miedo sigue operando en el día a día de las misiones, alimentada por la impunidad y la falta de escrutinio.

Medios oficiales y redes sociales: la hoguera virtual

La estigmatización se amplifica con un coro mediático disciplinado. Periódicos como Granma o programas de la televisión cubana no mencionan casos concretos de “desertores” con nombres y apellidos, pero publican artículos genéricos donde asocian la deserción con la “traición a la patria”, el oportunismo y la manipulación imperialista. La narrativa es binaria: el que cumple y regresa es un héroe; el que se queda en el extranjero o escapa es un mercenario sin escrúpulos.

En paralelo, los grupos cerrados de WhatsApp y Telegram de las misiones se convierten en tribunales informales donde se difunden rumores, capturas de pantalla y mensajes de desprecio. Las personas que rompen con las misiones son expuestas como “apestados”, “gusanos” y “mal agradecidos”, creando un ambiente de linchamiento moral que inhibe cualquier atisbo de solidaridad entre compañeros. “Lo peor no fue perder el pasaporte. Lo peor fue leer lo que escribían de mi gente con la que había compartido guardias y tristezas”, recuerda un anestesiólogo que salió de la misión de Angola y hoy reside en Portugal.

Este uso de la vergüenza como arma no es improvisado. Es una herramienta de control social que el régimen ha refinado durante décadas, aplicada ahora a un colectivo estratégico. El objetivo es doble: disuadir a los que aún están dentro y aislar a los que se van, para que su experiencia no se convierta en fuente de contagio rebelde.

La metamorfosis del verdugo: el “jefe de misión” como policía y juez

Para que el sistema de estigmatización funciones, necesita operadores en el terreno. Los llamados “jefes de misiones” son, en muchos casos, profesionales de la salud que asumen funciones de vigilancia y control político. Reportan directamente a las estructuras del Partido y de la Seguridad del Estado, y tiene capacidad para decidir permisos, sanciones y hasta la temida “desvinculación”. No todos ejercen su papel con sadismo, pero el sistema los coloca en una posición que corrompe la ética médica: deben priorizar la lealtad ideológica sobre el bienestar del personal.

Varios desertores han relatado que sus antiguos jefes fueron los primeros en difundir sus fotos con mensajes denigrantes, en amenazarlos con represalias y en presionar a sus familias. “Era médico como yo, pero se comportaba como un comisario político. Una vez me dijo: “Aquí tú no eres doctor, eres un recurso, un soldado que obedece sin cuestionar”; esa frase nunca se me va a olvidar”, confiesa una pediatra que abandonó la misión de Brasil en 2019.

El contrarelato que crece: organizaciones de “desertores” y memoria silenciada

Frente a ese régimen de terror psicológico, ha empezado a emerger una resistencia organizada. Iniciativas como “No somos desertores” reivindican la dignidad de los profesionales que decidieron romper con las misiones y documentan violaciones de derechos humanos. Aunque sus miembros actúan con mucha preocupación, han logrado visibilizar la realidad que La Habana niega y ofrecer un espacio de contención emocional y apoyo legal a quienes sobreviven en el exilio.

Estos movimientos, sin embargo, operan bajo presión constante. Sus portavoces denuncian ciberataques, campañas de desprestigio en redes sociales y el mismo tipo de amenazas veladas que reciben los desertores. Pero su mera existencia quiebra el monopolio  del relato oficial. Ahora el mensaje contranarrativo es claro. “No somos traidores, somos sobrevivientes de un sistema que mercantiliza la vocación médica y castiga la libertad con la soledad y el olvido”.

En resumen, el exilio forzado, la retención salarial y la prohibición de regresar, son el brazo duro de la represión, pero la estigmatización es su cuerpo blando, e igual de eficaz. Convierte al médico en un paria, a la familia en rehén y a la solidaridad en un sujeto tan hermoso como siniestro. Mientras el régimen siga teniendo el poder de imponer las palabras y hacer que la sociedad repita el himno, los “héroes de la patria” que huyen seguirán siendo apestados sin nombre. Y esa violencia silenciosa, que no sangra pero aplasta, es quizás la máxima evidencia de que la solidaridad oficial es, en realidad, una fábrica de desarraigo que se sostiene gracias al miedo.


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