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32 años después del Maleconazo: Cuba vuelve a hervir y el régimen vuelve a tener miedo

Por Marta Pérez | Prensa Libre Cuba

Estocolmo. PLC / El 5 de agosto de 1994 miles de cubanos rompieron uno de los grandes tabúes de la dictadura: salieron a la calle y gritaron su descontento frente al poder.
Treinta y dos años después, Cuba vuelve a vivir entre apagones, escasez, desesperación y protestas. Cambian los rostros y las generaciones, pero permanece una pregunta que el régimen nunca ha conseguido responder: ¿cuánto tiempo puede gobernarse un país únicamente mediante el control, la propaganda, la represión y la emigración de quienes ya no soportan vivir así?
El Maleconazo no fue simplemente una protesta provocada por la falta de comida o electricidad. Fue la explosión política de una sociedad que llevaba demasiado tiempo acumulando frustración.
Y esa es precisamente la razón por la que recordarlo hoy resulta tan incómodo para el poder.

1994: cuando el miedo se rompió en el Malecón

Cuba atravesaba entonces el llamado Período Especial. La desaparición de la Unión Soviética había dejado al descubierto la enorme dependencia económica del sistema cubano.
Había apagones, hambre, transporte prácticamente paralizado y una población agotada.
El 5 de agosto, la frustración explotó en La Habana.
Human Rights Watch describió posteriormente aquella manifestación espontánea como la mayor expresión de sentimiento antigubernamental ocurrida desde la llegada de Fidel Castro al poder en 1959.
Pero ocurrió algo todavía más importante.
Por unas horas, el régimen perdió uno de sus instrumentos fundamentales de control: el miedo.
Los cubanos descubrieron que podían salir a la calle.
Después llegó la represión y, poco después, otra vieja válvula de escape del castrismo: la emigración. Más de 30.000 cubanos abandonaron posteriormente la Isla durante la crisis de los balseros.
En lugar de transformar el país, se permitió que una parte de los desesperados se marchara.
La presión disminuyó.
El sistema sobrevivió.

Foto de El Nuevo Herald del 5 de agosto de 1994

2026: la historia vuelve a parecerse demasiado

Hoy Cuba no vive oficialmente un “Período Especial”.
Pero pregúntenle a cualquier familia que pase horas —o días— sin electricidad qué diferencia encuentra.
Pregúntenle al jubilado cuya pensión apenas alcanza para sobrevivir.
A la madre que busca medicamentos.
Al trabajador cuyo salario pierde valor frente a los precios.
Al cubano que necesita agua, transporte o alimentos y tiene que dedicar buena parte de su vida simplemente a “resolver”.
El deterioro del sistema eléctrico se ha convertido en uno de los símbolos más visibles del fracaso.
Y apenas dos días antes de este aniversario, el 3 de agosto de 2026, Cuba volvió a sufrir un apagón nacional tras un nuevo colapso de la red eléctrica.
No es un problema aislado.
Es la imagen de un país cuyo Estado exige controlarlo todo, pero cada vez demuestra menos capacidad para garantizar lo elemental.

Las protestas están regresando una y otra vez

Durante 2026 las protestas por los apagones y las condiciones de vida se han repetido en distintos lugares del país.
En La Habana se han escuchado nuevamente las cazuelas.
En diferentes barrios los ciudadanos han salido a reclamar electricidad y mejores condiciones.
Son protestas que muchas veces pueden parecer pequeñas comparadas con el Maleconazo o con el levantamiento nacional del 11 de julio de 2021.
Pero sería un error medir su importancia solamente contando cuántas personas aparecen en cada video.
Lo verdaderamente relevante es la frecuencia.
El cubano protesta, vuelve a su casa y días después otro barrio protesta.
Una provincia reclama y después aparece otra.
Un apagón provoca una concentración y las imágenes llegan inmediatamente a miles de teléfonos.
El régimen puede dispersar una manifestación.
Lo que no puede hacer fácilmente es eliminar las causas que están produciendo todas las demás.

Del Maleconazo al 11J: algo cambió para siempre

Entre el 5 de agosto de 1994 y el 11 de julio de 2021 transcurrieron casi 27 años.
Pero el 11J cambió la percepción de toda una generación.
Ese día las protestas no quedaron limitadas al Malecón habanero. Se extendieron por numerosas localidades de Cuba y una palabra atravesó las calles:
Libertad.
El régimen respondió con detenciones, procesos judiciales y duras condenas.
El mensaje pretendía ser inequívoco: quien desafíe al poder pagará las consecuencias.
Sin embargo, cinco años después, los cubanos continúan protestando.
Quizás no simultáneamente en todo el país.
Quizás todavía no con la dimensión del 11J.
Pero protestan.
Y cada persona que sale de su casa sabiendo que puede ser detenida representa una pequeña derrota para un sistema construido sobre el miedo.

Foto del Maleconazo Wikipedia

Ya no basta con culpar al enemigo externo

Durante más de seis décadas el régimen cubano ha perfeccionado una explicación para prácticamente cualquier fracaso: Estados Unidos.
Las sanciones estadounidenses existen y tienen consecuencias económicas. Las actuales restricciones energéticas también agravan seriamente la crisis cubana.
Pero ningún análisis serio puede convertirlas en una explicación universal para seis décadas de errores internos.
Washington no decidió que Cuba tuviera un sistema económico centralizado durante décadas.
Washington no prohibió durante generaciones la existencia de una oposición política legal.
Washington no impide elecciones multipartidistas en Cuba.
Washington no encarcela a un cubano por enfrentarse políticamente al Partido Comunista.
Y Washington tampoco decidió durante décadas dónde invertir los recursos nacionales ni las prioridades económicas del Estado cubano.
El embargo puede discutirse.
Las sanciones pueden discutirse.
La política estadounidense hacia Cuba puede y debe discutirse.
Lo que no puede aceptarse es que esas discusiones sirvan para borrar la responsabilidad de quienes han gobernado Cuba sin alternancia política desde 1959.

La emigración no puede seguir siendo la solución

Aquí aparece quizás la comparación más dolorosa con 1994.
Cuando la presión social aumenta, Cuba pierde ciudadanos.
Ocurrió después del Maleconazo.
Ha ocurrido nuevamente durante la profunda crisis de los últimos años.
Se marchan jóvenes, profesionales, familias enteras y personas que simplemente han perdido la esperanza de construir una vida digna dentro de su propio país.
Para el poder, cada ciudadano desesperado que emigra puede significar un problema menos en las calles.
Para Cuba significa exactamente lo contrario.
Significa perder parte de su futuro.
La solución de la crisis cubana no puede ser vaciar Cuba de cubanos.

El problema ya no es solamente económico

El régimen quisiera reducir las protestas a electricidad, comida o combustible.
Pero Cuba tiene un problema mucho más profundo.
Es un problema de libertad y de poder.
¿Por qué un cubano no puede elegir entre diferentes proyectos políticos?
¿Por qué un partido debe tener constitucionalmente una posición superior al ciudadano?
¿Por qué expresar oposición al sistema puede convertir a una persona en objetivo de vigilancia o represión?
¿Por qué después de más de seis décadas el poder continúa temiendo unas elecciones realmente libres?
Una termoeléctrica puede repararse.
Puede llegar petróleo.
Puede aparecer un nuevo crédito internacional.
Puede incluso producirse temporalmente cierta recuperación económica.
Pero nada de eso resolverá la cuestión fundamental:
los cubanos siguen sin poder decidir libremente quién gobierna Cuba.

El próximo estallido no tiene fecha

Nadie puede afirmar responsablemente cuándo ocurrirá otra protesta nacional.
Puede ser dentro de meses.
Puede tardar años.
También puede comenzar, como tantas veces ocurre en la historia, por un acontecimiento aparentemente pequeño.
Lo que sí sabemos es que las condiciones que alimentaron el Maleconazo no desaparecieron con el Maleconazo.
Las que provocaron el 11J tampoco desaparecieron con la represión del 11J.
Y las protestas de 2026 demuestran que el descontento continúa vivo.
El régimen puede controlar la televisión.
Puede controlar los periódicos.
Puede vigilar internet.
Puede detener opositores.
Puede intentar convertir cada protesta en un supuesto complot extranjero.
Pero existe algo mucho más difícil de controlar:
la experiencia cotidiana de millones de cubanos.
Cuando una persona abre el refrigerador y no tiene comida, la propaganda pierde fuerza.
Cuando lleva horas sin electricidad, un discurso no enciende la luz.
Cuando el salario no alcanza, ninguna consigna oficial llena la mesa.
Y cuando alguien descubre que su vecino también está cansado, el miedo comienza a cambiar de lado.

5 de agosto: recordar también es resistir

El Maleconazo debe recordarse no como una curiosidad histórica, sino como una advertencia.
En 1994 los cubanos demostraron que incluso una sociedad sometida durante décadas al control político podía perder el miedo.
En 2021 demostraron que ese grito podía extenderse por toda Cuba.
En 2026 siguen demostrando, barrio tras barrio y protesta tras protesta, que la inconformidad no ha desaparecido.
Treinta y dos años después, el régimen continúa en el poder.
Pero también continúa allí aquello que nunca consiguió eliminar completamente:
el deseo de libertad.
Cuba no necesita otro éxodo.
No necesita otra generación obligada a escoger entre callar, ir a prisión o abandonar su país.
Cuba necesita instituciones democráticas, pluralismo político, libertad de expresión, libertad de asociación, presos políticos en libertad y elecciones libres.
El Maleconazo ocurrió hace 32 años.
Las razones para gritar “Libertad” siguen presentes.
Y mientras esas razones existan, ninguna dictadura debería confundir el silencio momentáneo de las calles con la aceptación del pueblo cubano.


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