Pulsa «Intro» para saltar al contenido

El exilio que dispara hacia adentro: cómo ciertos sectores de Miami terminan reforzando la narrativa del régimen cubano

La intransigencia política puede ser una virtud cuando se dirige hacia el poder, pero se convierte en un problema cuando se dirige hacia las víctimas del poder. Foto Facebook

Estocolmo. PLC / La llegada de Luis Manuel Otero Alcántara a Miami, después de cinco años de prisión y once días de desaparición forzada, ha puesto en evidencia una fractura que el exilio cubano arrastra desde hace décadas: la tendencia de algunos sectores a desconfiar, cuestionar y atacar a quienes salen de Cuba obligados por la Seguridad del Estado. Es una intransigencia que se presenta como pureza política, pero que en la práctica termina siendo funcional al régimen que se pretende combatir.

Las críticas contra Otero Alcántara no se centraron en su activismo, su resistencia ni su encarcelamiento. Se concentraron en detalles menores: la casa donde el régimen lo mantuvo antes de expulsarlo, el reloj barato que llevaba al llegar a Miami, la cerveza o el ron que tomó en sus últimos días con su familia. Esa fijación con lo accesorio revela un patrón: para ciertos sectores del exilio, ningún opositor que salga de Cuba es suficientemente puro. Todo gesto es sospechoso, todo detalle es una señal de posible colaboración, toda imagen es una prueba de indulgencia. Es un tribunal moral que nunca absuelve y que rara vez comprende la complejidad del destierro forzado.

Lo que muchos no parecen advertir es que esta reacción es exactamente lo que la Seguridad del Estado busca. El régimen sabe que la legitimidad de un opositor se construye también en el exilio, y por eso diseñó la puesta en escena de la casa de Guanabo: una vivienda cómoda, con piscina, donde Otero Alcántara pudiera ser fotografiado o descrito en un entorno que provocara sospechas. El objetivo era claro: sembrar dudas, dividir al exilio, erosionar la credibilidad del artista y convertir su salida en un arma contra él mismo. La estrategia funcionó parcialmente porque encontró terreno fértil en un sector del exilio que lleva años desconfiando de todo y de todos.

La intransigencia política puede ser una virtud cuando se dirige hacia el poder, pero se convierte en un problema cuando se dirige hacia las víctimas del poder. El exilio cubano ha sido históricamente un espacio de resistencia, pero también de purismo extremo, donde cada figura que llega desde la isla debe pasar por un examen de pureza revolucionaria invertida. Ese examen no existe en ninguna otra diáspora política del mundo. Ningún opositor venezolano, nicaragüense o iraní es recibido con la sospecha automática que enfrenta un cubano recién expulsado por la Seguridad del Estado.

El resultado es un círculo vicioso: el régimen reprime, encarcela y destierra; el exilio recibe, pero una parte del exilio sospecha; el régimen utiliza esa sospecha para desacreditar al opositor; y el opositor queda atrapado entre dos fuegos. En ese juego, la Seguridad del Estado no necesita inventar campañas: solo necesita provocar la duda inicial. El resto lo hace la intransigencia interna.

Otero Alcántara respondió con serenidad y transparencia. Explicó que la casa de Guanabo fue un intento del régimen de suavizar su salida y de controlar su imagen. Aclaró que el reloj era una copia barata y anunció que lo subastará para ayudar a los presos políticos. Pero más allá de las explicaciones, lo que queda es la evidencia de un fenómeno más profundo: el exilio cubano, en su sector más rígido, sigue atrapado en una lógica de sospecha que debilita a quienes deberían fortalecer.

La pregunta es si esa intransigencia es una forma de defensa o una forma de daño. Porque cuando un opositor que ha sufrido prisión, tortura y destierro debe justificar hasta el color de su camisa, el problema no es él: el problema es el ecosistema político que lo recibe. Y cuando ese ecosistema reproduce las narrativas del régimen, aunque sea sin intención, termina siendo parte del problema que dice combatir.

La llegada de Otero Alcántara debería haber sido un momento de unidad, de reconocimiento y de apoyo. En cambio, para algunos se convirtió en una oportunidad para cuestionar, dividir y sospechar. El régimen cubano no necesita hacer mucho para debilitar a sus opositores: basta con que ciertos sectores del exilio sigan disparando hacia adentro.


Descubre más desde Prensa Libre Cuba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *