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Cuba: el país donde nada alcanza, nada funciona y el mito ya no engaña a nadie

Manifestantes en Cuba protestan en las calles, enfrentando represión y largas colas en un contexto de crisis política. Imagen PLC generada por IA.

EDITORIAL. PLC ‒ Cuba llega a 2026 convertida en la negación de todo lo que durante décadas proclamó ser. La educación que se vendió como vanguardia nunca fue comparable a la occidental: estuvo siempre subordinada a la propaganda política, diseñada para moldear obediencia y no pensamiento crítico. La salud, presentada como potencia mundial, sobrevive hoy entre hospitales sin agua, sin medicamentos y sin personal suficiente. Y los años en que “todo estaba mejor” no fueron fruto del modelo, sino de los subsidios millonarios de la Unión Soviética, que financiaron durante tres décadas la ilusión de un país autosuficiente. Sin Moscú, el sistema se desplomó.

La vida cotidiana es la prueba más brutal del fracaso. El salario medio en Cuba ronda los 6.830 CUP, equivalentes a 15–17 dólares mensuales, mientras que el costo de vida básico supera los 100–150 dólares. La ecuación es imposible: un cubano necesita entre seis y ocho salarios estatales para cubrir lo indispensable. El Estado paga el 10 % de la vida real. El resto depende de remesas, inventos, colas interminables y un mercado informal que es la verdadera economía del país.

La educación se desangra por el éxodo de maestros; las escuelas carecen de materiales básicos y los programas siguen anclados en consignas de los años setenta. La salud, que alguna vez fue símbolo nacional, se ha convertido en un sistema de emergencia permanente: apagones en hospitales, falta de insumos, pacientes que deben llevar desde las sábanas hasta las jeringuillas. La propaganda insiste en la “resistencia”, pero la población vive en un estado de precariedad que ningún país de América Latina toleraría.

En libertades, Cuba ocupa el último lugar del hemisferio. Más de 650 presos políticos del 11J siguen encarcelados. La censura, la vigilancia y el miedo forman parte de la vida diaria. Criticar al gobierno puede costar el empleo, la libertad o la posibilidad de viajar. Mientras la región discute reformas fiscales, transición energética o digitalización, Cuba sigue atrapada en debates que el resto del continente dejó atrás hace décadas: cómo evitar un apagón, cómo conseguir pollo, cómo impedir que los jóvenes se vayan.

Y se van. Más de un millón de cubanos han abandonado el país desde 2022. El éxodo es el referéndum silencioso que el gobierno no puede manipular. Es la prueba irrefutable de que el modelo no funciona, de que la vida en Cuba se ha vuelto incompatible con cualquier expectativa de futuro.

El mito de la vanguardia se ha derrumbado. Lo que queda es un país exhausto, empobrecido y sin horizonte, donde la supervivencia se ha convertido en una prueba diaria de resistencia. Cuba no necesita consignas: necesita un futuro. Y ese futuro, hoy, no existe.


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