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Cuba en modo supervivencia: cómo funciona un país cuando la electricidad desaparece

Sin electricidad, la economía cubana se sostiene apenas por inercia. Foto © PLC

Estocolmo. PLC | La vida en Cuba se ha convertido en un ejercicio permanente de resistencia. Los apagones que superan las 24 horas —y en muchos casos se extienden por días completos— no son ya episodios excepcionales, sino parte estructural de la cotidianidad. La crisis energética, agravada por la falta de combustible tras la interrupción de suministros externos y el embargo petrolero impuesto desde Estados Unidos, ha obligado al país a operar en un estado de emergencia continua.

Sin electricidad, la economía cubana se sostiene apenas por inercia. Las fábricas paralizan turnos completos, los talleres mecánicos trabajan solo cuando hay luz, y la producción agrícola depende de métodos precarios: bombas de agua detenidas, sistemas de riego apagados, refrigeración inexistente. La industria del tabaco —una de las pocas fuentes de divisas que el Gobierno intenta proteger— funciona a medias, priorizada por decreto mientras otras actividades quedan suspendidas.

El sector servicios vive una distorsión aún más profunda. Oficinas estatales y centros administrativos operan en horarios reducidos o intermitentes. El teletrabajo, impuesto como medida de emergencia, se vuelve una paradoja en un país donde la conexión depende de la electricidad que falta. Los bancos sufren colapsos constantes: sin luz no hay pagos digitales, no hay extracción de efectivo, no hay trámites. La economía se ralentiza hasta casi detenerse.

El transporte, por su parte, ha entrado en una fase de sustitución forzada. Con la gasolina racionada y el diésel prácticamente desaparecido, el Gobierno ha cancelado rutas de autobuses, reducido el transporte público y suspendido el suministro de combustible incluso para aerolíneas durante semanas completas. En La Habana, la movilidad depende cada vez más de triciclos eléctricos y bicitaxis, vehículos improvisados que se han convertido en la columna vertebral del desplazamiento urbano. Pero incluso estos medios alternativos enfrentan su propia paradoja: necesitan cargarse, y los apagones prolongados complican su funcionamiento.

La población se adapta como puede. Caminar largas distancias se ha vuelto norma. Las noches sin luz se llenan de velas, dominó en las aceras y calles en penumbra. La venta de insumos básicos —velas, agua, alimentos— se ha convertido en un mercado paralelo indispensable para sobrevivir. En barrios enteros, las familias duermen en portales o pasillos para escapar del calor sofocante cuando los ventiladores y refrigeradores quedan inutilizados por días. La falta de electricidad arrastra la falta de agua: sin bombeo, miles de hogares quedan secos durante jornadas completas.

La crisis energética no es solo un problema técnico: es un fenómeno social que redefine la vida diaria. La movilidad se reduce a lo esencial. La alimentación depende de lo que no requiera refrigeración. La comunicación se interrumpe. La economía informal se expande para llenar los vacíos que el Estado no puede cubrir. Y la tensión social crece: cacerolazos, protestas nocturnas, concentraciones espontáneas en barrios donde la desesperación supera el miedo.

El Gobierno insiste en que las medidas de emergencia —racionamiento, teletrabajo, cierre de hoteles, suspensión de servicios— buscan proteger la producción de alimentos y la generación eléctrica. Pero la magnitud del colapso supera cualquier paliativo. Cuba enfrenta una crisis energética que paraliza la economía, erosiona la vida cotidiana y empuja a la población a una supervivencia creativa, precaria y agotadora.

En la práctica, el país funciona porque los cubanos se las arreglan. Porque improvisan. Pero la pregunta de fondo —cuánto tiempo puede sostenerse una sociedad en estas condiciones— permanece abierta, y cada apagón prolongado la vuelve más urgente.


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