La Habana atraviesa uno de los episodios más severos de la crisis energética que asfixia a Cuba desde hace meses. Barrios enteros de la capital permanecieron más de 26 horas consecutivas sin electricidad, un récord incluso para los estándares de un sistema eléctrico colapsado. La Unión Eléctrica (UNE) reconoció que el pasado jueves hasta el 64% del país quedó fuera del servicio durante el pico nocturno, una cifra que ilustra la magnitud del derrumbe.
En municipios como Cerro, Diez de Octubre, Marianao y San Miguel del Padrón, los apagones se extendieron desde la madrugada del miércoles hasta bien entrada la tarde del jueves, sin aviso previo y sin cronogramas que permitan a la población organizarse. La falta de electricidad arrastró también la interrupción del suministro de agua, lo que multiplicó el malestar en zonas densamente pobladas donde las reservas domésticas se agotaron en pocas horas.
La respuesta ciudadana no tardó. En varias calles se escucharon cacerolazos, gritos de protesta y discusiones con brigadas estatales que intentaban contener los ánimos. Aunque la policía mantuvo un despliegue discreto, vecinos reportaron patrullas circulando de forma constante y agentes filmando concentraciones espontáneas.
La UNE atribuyó el colapso a la salida simultánea de varias termoeléctricas y a la falta de combustible para los motores de respaldo. El déficit llegó a 1.890 MW, una cifra que supera con holgura la capacidad disponible del sistema. La empresa estatal reconoció que la situación seguirá siendo “muy compleja” en los próximos días debido a la inestabilidad de las plantas y a la imposibilidad de garantizar el abastecimiento de diésel.
El deterioro energético coincide con un clima social cada vez más tenso. La prolongación de los apagones en La Habana —tradicionalmente protegida para evitar estallidos— marca un punto de inflexión. La capital, donde vive casi una quinta parte de la población del país, se ha convertido en el epicentro del descontento. La falta de luz paraliza comercios, destruye alimentos, impide el funcionamiento de hospitales y deja a miles de familias sin ventilación en medio del calor sofocante de junio.
A la crisis eléctrica se suma la escasez de combustible, que mantiene al transporte público en mínimos, y la inflación desbordada que golpea a los hogares. En redes sociales, los cubanos denuncian que la situación es “insostenible” y que el Gobierno no ofrece soluciones reales más allá de llamados a la resistencia y promesas de reparaciones que nunca llegan.
Mientras tanto, el Ejecutivo intenta proyectar una imagen de control. Funcionarios de la UNE aseguraron que trabajan “sin descanso” para reincorporar unidades generadoras, pero evitaron ofrecer fechas concretas. La población, sin embargo, percibe que el deterioro avanza más rápido que cualquier intento de recuperación.
La Habana vuelve a encender velas, improvisar fogones y dormir en portales para escapar del calor. La oscuridad, que antes era un síntoma de la crisis, se ha convertido en su metáfora más precisa: un país que se apaga mientras la vida cotidiana se reduce a esperar, sin certezas, el regreso de la electricidad.
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