Cuba amaneció otra vez en penumbras. La termoeléctrica Antonio Guiteras, la más grande del país y símbolo de un sistema energético exhausto, volvió a romperse apenas tres días después de haber sido reconectada. La avería, ocurrida el 15 de junio, desencadenó apagones masivos que se extendieron por toda la isla y dejaron a millones de personas sin electricidad en medio de un calor insoportable. La escena se repite con una frecuencia que ya no sorprende a nadie, pero que cada vez golpea más fuerte a una población agotada por la precariedad.
La crisis energética, que el Gobierno intenta atribuir a factores externos, se agrava por las recientes sanciones de Estados Unidos contra CUPET, la petrolera estatal. La medida, anunciada el 11 de junio, limita aún más la capacidad del régimen para adquirir combustible y repuestos, y explica en parte la cadena de fallos que ha convertido al sistema eléctrico cubano en un castillo de naipes. Cada avería de la Guiteras provoca un colapso inmediato, y cada colapso empuja al país un poco más hacia la parálisis.
Mientras la oscuridad se extiende, el deterioro del sistema de salud se hace más visible. En las últimas horas, medios independientes han documentado escenas que retratan un país en descomposición: consultorios abandonados en La Habana donde los vecinos viven entre aguas negras; pacientes que esperan más de doce horas por una cama de terapia intensiva; niños que aguardan cirugías críticas en hospitales sin luz estable. La medicina cubana, durante décadas presentada como emblema nacional, se enfrenta hoy a una escasez que ya no puede ocultarse.
La violencia social también crece. Un nuevo feminicidio en La Habana, reportado en las últimas horas, se suma a una tendencia alarmante que organizaciones independientes vienen denunciando desde hace meses. La inseguridad, antes minimizada por el discurso oficial, se ha convertido en un síntoma más de un país donde las instituciones se desmoronan y la vida cotidiana se vuelve impredecible.
En el plano internacional, la presión contra el régimen se intensifica. En las últimas 24 horas, opositores y juristas han anunciado nuevas alianzas para preparar escenarios de transición democrática, mientras en Lituania se ha solicitado suspender fondos europeos destinados a La Habana. La narrativa internacional sobre Cuba se endurece: El País describió hace apenas unos días a la isla como un país “al borde del abismo” en su enésima apertura económica, una frase que resume el sentimiento creciente de que el modelo cubano ya no tiene margen para reformas cosméticas.
El terremoto del 8 de junio, cuyas réplicas aún se sienten en el occidente del país, añadió un elemento más a la sensación de fragilidad. Aunque el sismo no dejó daños graves, su impacto psicológico fue inmediato: un país que vive entre apagones, escasez y colapso institucional no está preparado para enfrentar desastres naturales.
La suma de estos hechos —apagones interminables, hospitales colapsados, violencia creciente, sanciones internacionales y un Estado incapaz de responder— dibuja un panorama que ya no puede describirse como crisis coyuntural. Cuba vive un deterioro estructural que se acelera día tras día, y las últimas 24 horas han sido una muestra más de un país que se hunde en la oscuridad literal y política.
En las calles, la gente habla en voz baja, pero habla. En las redes, el descontento se multiplica. Y en el exterior, los gobiernos que durante años miraron hacia otro lado empiezan a tomar nota. La pregunta ya no es si Cuba está al borde del abismo, sino cuánto tiempo más podrá sostenerse sin caer.
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