Por: Alejandro Tur Valladares.
La Habana. Análisis PLC — Durante más de dos siglos, el azúcar fue el alma de la economía cubana. La expresión “más dulce que el azúcar” no era solo una metáfora: entre las décadas de 1950 y 1980, la isla llegó a producir más de 8 millones de toneladas anuales, financiando infraestructuras, educación, salud y buena parte de las importaciones del país. Sin embargo, el período 2014-2023 ha presenciado algo que hubiera parecido impensable hace apenas tres décadas: el colapso casi total de una industria que pasó de generar divisas a consumirlas, de ser motivo de orgullo nacional a convertirse en un lastre insostenible. Este artículo analiza, con datos duros y fuentes contrastadas, cómo la zafra azucarera cubana se desplomó desde algo más de 8 millones de toneladas, un record nacional alcanzado allá por los años 70, hasta niveles tan modestos como 1,7 millones de toneladas en el 2014 y de ahí hasta mínimos históricos de 350.000 toneladas en la última contienda, obligando al país a importar el azúcar que antes exportaba masivamente.
El punto de partida: una inercia agotada
En 2014, la producción de azúcar crudo en Cuba se movía alrededor de 1,7-1,9 millones de toneladas. A primera vista, podría parecer una cifra respetable, pero el contexto era desolador: representaba menos del 25% de los históricos 8 millones de toneladas de 1989. Aunque todavía alcanzaba para cubrir el consumo interno estimado entre 600.000 y 700.000 toneladas y dejar un remanente exportable, los cimientos del sector ya mostraban grietas profundas.
Los datos de FAOSTAT evidenciaban una realidad ineludible: el área cosechada de caña se había reducido de forma sostenida desde los años noventa, con una superficie agrícola que menguaba año tras año mientras otros cultivos ganaban terreno o las tierras quedaban simplemente ociosas. Los rendimientos por hectárea se mantenían estancados y sistemáticamente por debajo del promedio mundial, reflejo de una mecanización insuficiente, un uso casi nulo de fertilizantes y semillas poco mejoradas genéticamente. La industria no estaba en mejor situación: la mayoría de los ingenios operaban con tecnología obsoleta, sufrían pérdidas de sacarosa en el proceso fabril y acumulaban paradas frecuentes que multiplicaban los costos por tonelada producida.
Lo más alarmante era la percepción oficial implícita: aunque Cuba todavía no necesitaba importar azúcar de forma sistemática, en los informes sectoriales ya se reconocía que la agroindustria no generaba las divisas ni el empleo de antaño. El modelo mostraba signos inequívocos de agotamiento, pero nadie anticipaba entonces la magnitud del derrumbe que se avecinaba.
Los primeros tambaleos (2015-2016)
El año 2015 marcó el primer descenso significativo. La producción cayó a aproximadamente 1,6 millones de toneladas, un retroceso de dos dígitos respecto al ejercicio anterior. Las causas no fueron coyunturales, sino estructurales: la reducción del área cosechada comenzó a traducirse en menos caña disponible por hectárea, y la escasa reposición de plantaciones dejó extensas superficies con caña envejecida y de bajo rendimiento. Las carencias de insumos —combustible, fertilizantes, piezas de repuesto— se agudizaron, afectando cada eslabón de la cadena: desde la preparación de tierras y la siembra hasta el corte, la carga y el transporte de la caña hasta los ingenios.
En el frente laboral, la situación era igualmente grave. Los obreros agrícolas enfrentaban jornadas extenuantes con equipos deteriorados, salarios que perdían poder adquisitivo mes a mes y escasos incentivos para permanecer en el sector. No sorprende que muchos comenzaran a emigrar hacia otras actividades económicas o directamente hacia el exterior. La zafra seguía cumpliendo los compromisos básicos, pero el margen de seguridad se estrechaba peligrosamente.
Sorprendentemente, 2016 trajo un leve respiro. La producción repuntó hasta cerca de 1,8 millones de toneladas, favorecida por mejores condiciones climáticas y cierta reorganización de la campaña. Sin embargo, los datos desagregados mostraban que el aumento no provenía de mejoras tecnológicas ni de una expansión del área sembrada, sino de factores puntuales. Los ingenios lograron moler más días efectivos, pero continuaban arrastrando baja eficiencia energética y roturas frecuentes. Aun así, el país todavía podía cumplir, aunque con tensión, su acuerdo de exportar unas 400.000 toneladas anuales a China, además de otras ventas menores a mercados tradicionales. Este año demostró algo crucial: incluso con un clima favorable, la estructura del sector no permitía una recuperación sostenida.
El quiebre productivo (2017-2019)
El año 2017 representó un punto de inflexión. La producción se desplomó hacia el entorno de 1,1 millones de toneladas, un quiebre claro respecto a la primera mitad de la década. La sequía, combinada con eventos meteorológicos adversos y campos mayoritariamente envejecidos, redujo drásticamente la oferta de caña por hectárea. Los rendimientos agrícolas cayeron por debajo de niveles ya de por sí bajos, evidenciando falta de preparación de tierras, escaso control de malezas y una fertilización prácticamente inexistente. En la industria, la falta de piezas de repuesto y mantenimiento provocó que muchos centrales no alcanzaran los días de molienda planificados. Por primera vez, las publicaciones especializadas y las propias fuentes oficiales comenzaron a hablar abiertamente de “crisis estructural”, no solo de una mala zafra pasajera.
2018 trajo una leve recuperación hasta 1,3 millones de toneladas, pero insuficiente para volver a los niveles de inicios de la década. La superficie de caña seguía reduciéndose lentamente según los registros de FAOSTAT, mientras otros cultivos ganaban espacio o las tierras quedaban ociosas. Con esta producción, Cuba ya tenía dificultades para cumplir simultáneamente el consumo interno y los compromisos de exportación, especialmente con China. Los trabajadores industriales enfrentaban turnos con poca caña, paradas constantes y falta de equipos de protección, deteriorando la moral y la productividad. La zafra dejó de ser un “orgullo nacional” para convertirse en un problema de gestión y de imagen.
El estancamiento se consolidó en 2019, con una producción que rondó 1,2 millones de toneladas, estableciendo una meseta baja pero preocupante. Los rendimientos por hectárea se mantenían por debajo de estándares aceptables, y la caña competía en desventaja con otros cultivos más rentables y con menores exigencias de infraestructura. La eficiencia fabril no mejoraba: muchos ingenios operaban con coeficientes de extracción inferiores a los estándares internacionales, lo que implicaba que se necesitaba más caña para obtener la misma tonelada de azúcar. El sector generaba cada vez menos divisas, mientras requería importar combustible, piezas y químicos, aumentando la presión sobre las cuentas externas del país. La industria azucarera dejó de ser un motor económico y se convirtió en un sector que apenas se sostenía a sí mismo.
La crisis abierta (2020-2021)
La combinación de la pandemia de COVID-19 y el endurecimiento de las sanciones económicas golpeó con toda su fuerza al sector en 2020. La producción cayó a alrededor de 850.000 toneladas, por primera vez claramente por debajo del millón. Las divisas disponibles se redujeron drásticamente, limitando la importación de fertilizantes, pesticidas, combustible y piezas de repuesto. Se redujo aún más el área cosechada, y muchos jóvenes abandonaron el campo ante la falta de perspectivas. Los ingenios tenían dificultades crecientes para completar sus plantillas. Con un consumo interno histórico de 600.000-700.000 toneladas, el margen para exportar se estrechó al mínimo, y el país comenzó a valorar importaciones puntuales para no romper contratos externos. La zafra dejó de ser una fuente confiable de azúcar incluso para la propia economía nacional.
La crisis se hizo explícita en la zafra 2020-2021. Reuters estimó entonces que la producción podría situarse por debajo del millón de toneladas, quizá en torno a 900.000, lo que habría sido la primera vez desde 1908. El plan oficial era de 1,2 millones de toneladas, pero la realidad quedó muy por debajo, con todas las provincias productoras atrasadas. Con un acuerdo de 400.000 toneladas anuales para China y un consumo interno de 600.000-700.000, el país prácticamente se quedó sin excedentes exportables. Las condiciones de trabajo se deterioraron aún más: falta de transporte, alimentación deficiente en los campamentos, equipos viejos y salarios que perdían poder adquisitivo agravaron la desmotivación. La zafra dejó de ser un amortiguador económico y se convirtió en un factor más de vulnerabilidad sistémica.
El fondo del abismo (2022-2023)
La campaña 2021-2022 produjo apenas alrededor de 474.000 toneladas, apenas el 52% del plan y casi la mitad de la ya mala zafra anterior. El grupo estatal AZCUBA y el diario Granma atribuyeron el desastre a la falta de insumos —fertilizantes, pesticidas, combustible, oxígeno industrial, piezas— y a problemas de “administración, disciplina laboral y tecnológica”. Los datos son elocuentes: se dispuso de solo una fracción de los herbicidas y pesticidas necesarios; la caña se cosechó con baja calidad y alto nivel de impurezas, reduciendo el rendimiento industrial. Con menos de 500.000 toneladas, el país apenas pudo garantizar la azúcar normada a la población y no logró cumplir el compromiso con China, lo que obligó a recurrir a importaciones desde Brasil y Francia para cubrir parte de la demanda. El azúcar, que antes financiaba importaciones, pasó a ser un producto que consume divisas. El simbolismo es demoledor.
El año 2023 confirmó la tendencia más pesimista. El propio gobierno reconoció que la zafra sería aún menor que la de 2022, con un plan de unas 455.000 toneladas y solo 23 centrales en operación —doce menos que el año anterior—. AZCUBA anunció un nuevo “modelo de negocios” que concentra recursos en menos ingenios, con énfasis en eficiencia y economía circular, pero sobre una base productiva extremadamente reducida. La producción real, según reportes posteriores, rondó las 350.000 toneladas. Cuba se vio obligada a importar azúcar para cubrir su propio consumo, algo impensable décadas atrás. El impacto social ha sido inmediato: atrasos en la distribución de la cuota racionada, desaparición del azúcar de los mercados estatales y precios prohibitivos en el mercado informal, golpeando especialmente a los hogares de bajos ingresos. La zafra ha dejado de ser un sector estratégico para convertirse en un símbolo de la crisis económica general.
Las causas profundas: más allá de la coyuntura
¿Qué explica este colapso en apenas una década? Los factores transversales son múltiples y se retroalimentan. En primer lugar, la desinversión crónica: décadas sin renovación integral de ingenios, maquinaria agrícola ni sistemas de riego han dejado una infraestructura obsoleta y poco fiable. En segundo lugar, la escasez de insumos y divisas: las sanciones económicas, la caída del turismo y la crisis cambiaria han limitado severamente la importación de fertilizantes, pesticidas, combustible y piezas, reduciendo tanto el rendimiento agrícola como el industrial. En tercer lugar, los problemas de gestión y organización: las propias fuentes oficiales reconocen deficiencias en administración, disciplina laboral y planificación, que se traducen en atrasos, pérdidas de caña en el campo y baja eficiencia fabril.
A estos factores se suma el éxodo laboral: salarios poco competitivos, malas condiciones de trabajo y falta de perspectivas han provocado la salida de obreros calificados y técnicos, debilitando irreversiblemente el capital humano del sector. Finalmente, la caña ha perdido atractivo frente a otros cultivos o actividades, y una parte de las tierras históricamente cañeras ha quedado ociosa o subutilizada, como reflejan los datos de FAOSTAT y la Oficina Nacional de Estadística e Información de Cuba.
Las consecuencias para Cuba son múltiples y graves. En el plano económico, el país ha perdido una fuente tradicional de divisas y un producto exportable emblemático, al tiempo que ahora debe importar azúcar, agravando la escasez de divisas y la vulnerabilidad externa. En el territorio, se ha producido un notable deterioro de las economías locales en zonas cañeras, con desempleo, migración interna y abandono de comunidades rurales que durante generaciones vivieron del dulce negocio. En el frente alimentario e industrial, el gobierno enfrenta serias dificultades para garantizar el azúcar de la canasta básica y para abastecer industrias que dependen de derivados de la caña, como bebidas, ron, fármacos y generación de energía.
En síntesis, la zafra azucarera cubana ha pasado en diez años de ser un sector debilitado pero funcional a convertirse en un sector en crisis crónica, que ya no sostiene ni el consumo interno y que obliga al país a comprar en el exterior lo que antes exportaba masivamente. La pregunta que queda flotando es inquietante: si el azúcar —ese producto que construyó la economía cubana moderna— no ha podido salvarse, ¿qué futuro le espera al resto de los sectores productivos de la isla? ¿La producción de este año será todavía inferior? La respuesta, por ahora, permanece tan amarga como el café sin el dulce que ya escasea en las mesas cubanas.
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